domingo, 30 de abril de 2023

 Horacio Santana

Novela


Él. . .López


El transcurso del tiempo quiso detenerte. La sensatez, abolió la pretenciosa historia de muerte y traición.

Las almas no se acallan con sobrepeso encima.






Colonia del Sacramento

Edición Artesanal e Independiente






















Para la presente edición

Diagramación total Gabino Santana

Diagramación de tapa Gabino Santana

Copyright Horacio Santana Él. . . López

Inscripto Biblioteca Nacional Lº 30   Fº 347a   

Impresión Artesanal  e Independiente

Depósito Legal N° 15315

Impreso en Rosenthal esq. Fray Bentos Colonia

Tel. 45224096

Email: lastejas@hotmail.com






















“. . .la realidad, es más rica que la frondosa imaginación del hombre. . .”

Eleuterio Fernández Huidobro

                                                                                     

                                                                                    5-12-2006

                                                    Canal TVEO Sodre

                                                                      Uruguay


















 







































 




  (. . .)



-    ¡Reacciona, hijo de puta! -  Lacónico y tirano el grito del médico deshollina paredes que no se habían pintado por años. No había tiempo para ello. Tampoco lo habría por muchos años  más.

-    ¡Déjenlo morir en paz!- Con aullidos, detrás de la pared de hilo arrugado, que los separaba, su esposa rompía en guerra intransigente contra el médico que arremetía con sustancias dentro del cuerpo de Amaranto.   

Ella sobrellevaba dolores sublimes del estado inconsciente, que consciente e instantáneamente vivía.

Tirados ambos y sus compañeros por docenas sobres camastros, deshacían días, horas, sueños, ensueños, dolores. . ., eran dominados por torturas. Ya casi expiraban, pero la vida es dura, métrica, dantesca, era verdaderamente recordatorio de últimos bocados de aire y el limbo mental los sustraía. . . 




















25 de octubre de 1966 


- Margarita. ¿Estaremos en condiciones de seguir nuestros estudios?

- Son años difíciles los venideros. 

- Sí, papá está por ascender a General de la División de Ejercito III, conduce a sus subordinados de una manera muy peculiar.

- Estimo Amaranto que, si tu padre se juega por una coalición de izquierda reflexionando sobre el eje temático y las disposiciones que legó nuestro prócer, nosotros desde nuestros lugares sociales, tú en Licenciatura sobre Antropología y yo en Ciencias Sociales, Abogacía, lucharemos de la mejor manera dentro del Movimiento al que fuimos reclutados a trabajar.

Ambos tomando un café con medias lunas en un bar de Mercedes y Olimar, entreverados entre olor a alcoholes de grapas uruguayas no muy bien destiladas en los alambiques de cobres que mal graduaron orujos y aguas azucaradas y olor de cafés colombianos que por entonces estaban de moda, molidos a la vista; aún no sabían que expondrían  sus vidas en Montevideo.

El Movimiento Revolucionario Oriental había nacido un poco con ellos.  Otros actores jóvenes, no descreían tampoco de la lucha revolucionaria que se estaba gestando. En  principio sobre papeles estudiados detalladamente y mas tarde sobre acontecimientos posteriores en los que empuñarían hasta las armas en forma defensiva, que era la forma de utilizarse, según el legado de la organización.













































( . . . )



- Mátenme hijos de puta. ¿En  dónde estoy? ¿Qué hago? ¿Qué haces dolor. . .? Yo seré. . . ¡Qué estúpidos. . .!  Híncale más milico perro, que tu  picana es muy superficial para mi endurecido cuero. . . ¿Ya has pasado líquido infernal, pretendidamente quemante de ideas. . .? Sí, soy yo. No otro. Mi movimiento serpenteante es lo que hay delante de ti, de tu genocida presidente. El Movimiento por ahora es el aire, moléculas trashumadas de colores, chocantes, que se posan dentro de mis pulmones y purifican el aire de mi república. Las venas hinchan y no deshinchan. ¡Padre prosigue tu lucha! ¡Despiértame! ¡No aflojes Amaranto, te lo pido yo mismo, por mí mismo, por la integridad Oriental!






















25 de octubre de 1966


- Sí Margarita, creo que es el lugar de trabajo - El humo del  café impregnaba el lugar, penetraba en los ojos. Sus manos entrelazadas a la altura de las cabezas y apoyadas en los codos, demostraban a un veterano sentado sobre un taburete del bar, que Amaranto y Margarita se amaban en la profundidad del ser sexual de cada uno de ellos. Mientras tanto las hojas de los árboles recién brotadas y con empuje desprendían la primavera y les golpeaban el vidrio como queriendo entrar - Me duelen las piernas. Estas cuadras desde Facultad me agotan, pero me devuelven el sentir de la sangre oriental dentro de mí, cuando nos reunimos aquí.

- ¿Dentro del gremio, crees que podremos reclutar a alguien para nuestra célula? - Preguntaba ella, mientras otro, sentado en un taburete, sorbía un trago de vino tinto que le teñía momentáneamente el bigote amarillo blancuzco con vetusto olor a tabaco. Luego, dormitaba recostado al mostrador de mármol. El mozo charlaba de la situación del país con el dueño gallego que hervía huevos para dejarlos duros.

- Alfredo, Alfredo es la persona indicada. Él estudia fervorosamente sociología, es inteligente y va de frente. En nuestro sector debemos de golpear duro contra este sistema perverso, demoníaco, que se encuentra en el gobierno.  Hablaré con él en Facultad, estimo que de acuerdo a sus estudios sabrá entender nuestro sistema y a que pretendemos arribar

Amaranto cambió de asiento. Junto a ella, miró el lugar anterior ahora vacío, apoyó primeramente la cabeza en el vidrio, se acercó, posó sus dedos calientes sobre la frente de ella y recorrió con sagacidad amorosa las mejillas. Entonces, los labios de Margarita mordieron los de él con fruición. Los ojos celestes y marrones se perdieron dentro de una fogata de sudor y semblanza pasionaria. El ventilador de hierro como armadura terrible y dura, sin embargo les aireaba la situación.

- Estaremos en condiciones de lucha, cuando el 

reclutamiento sea efervescente. Cuando el sistema celular corrija cuadernos mal redactados por los políticos al servicio de Estados Unidos, habiendo ganado la lucha.

- Sí amor. ¿Piensas que podremos ir a nuestro frente de 

batalla hoy? - Decididamente ella, enredó sus dedos 

finos, delicados, en el pelo de Amaranto mientras el    

vidrio también enfriaba su nuca.

El momento invitaba a ambos para ascender tres escalones del ómnibus número cinco con destino a Manga. Los dejaría a unas cuadras del norte montevideano. Casi escondidos detrás del Hipódromo de Maroñas, muy cerca de Avenida Cuchilla Grande, poseían entre los más desposeídos una pequeña habitación de bloques de hormigón, sin revocar y techo de zinc.  Ellos y las humedades penetraban las tardes, las noches y mañanas. De allí surgían estudios casi terminados, besos que circunvalaban desde zonas oscuras a senos febriles, desde dedos calmando dolores inguinales y acompañando erecciones súbitas por horas, a semen desparramado en partes interiores y exteriores ya mordisqueadas sobre muslos cansados. Allí dentro, el olor a guiso oriental, carrero, calmaba por instantes el hambre y devolvía energía para desatar un nuevo amor instantáneo, un amor de pareja joven. Pareja prometedora de estudios sociales orientales. Desde lo sepultado en nuestras tierras hasta los discursos defensores de derechos individuales. Así como la lucha armada, de armas defensivas, en salvaguarda de nuestra orientalidad. Todo se daba allí. La ventana cuadriculada de vidrios avisores delataba los movimientos del Batallón de Caballería, que por ella se dejaba ver.  Cuatro tablas oficiaban de estantería para libros de antropología, sociología, demografía, historia mal contada y de la extraída de diarios latifundistas y expedicionarios. También la verdadera, la que nuestro máximo General José Artigas, veía para el futuro oriental. Así como Códigos Tributarios, de Comercio, Civiles, todos eran mudos testigos y pacientes espectadores del arribo de Amaranto y Margarita en sus estudios universitarios. 

Porque amor y sabiduría confeccionan la patria. 


































( . . . )



- ¡Amaranto! ¡No te vayas a morir! ¡No por favor! - Suave 

y dulce, firme y gritona,  con sus finos dedos, la abogada 

rasguñaba las telas de lienzo de separación en aquel 

terrible hospital de sangre.

- ¡Ven conmigo señor! ¡Apiádate! ¡Este soy yo. . . 

Amaranto! ¡No aflojes carajo! No emitas juicio 

Amaranto. ¡Es un orden oriental! Prosigue callado. . .

No emitas palabra. . . ¡Tus palabras, pueden perjudicar al 

pueblo oriental!

- Sigues callado hijo de puta. ¡Enfermero! ¡Hágalo          

reaccionar. . .! - Se dio vuelta al irse, demostrando fiereza hasta con su túnica desvencijada y de perfil profirió gritos: - ¡Éste no emite palabra, pero qué le pasa. . .! ¡Párenlo! ¡Después. . ., inmersión!

- Doctor, pero es que hace cuatro días que está boca abajo  y con sus piernas hacia arriba. Sólo emite gritos desesperados diciendo que no va hablar. Desde que fue hallado hace un mes, de acuerdo a sus indicaciones ha comido en cuatro oportunidades y después. . .

- ¡Después que. . .!

- Sólo suero, doctor. . . en los momentos que lo permite, si no se lo arranca.

Se retiraba detrás de la orden genocida, cuando escuchó al detenido.

- Aguanta subconsciente. Estoy vivo y eso es un  privilegio de oriental bien parido. No existe sufrimiento. 

¡Escucha subconsciente! ¡Subconsciente de 

Amaranto: Tus torturadores están de orgía, están 

felices. Mírame a la cara y dime: ¡Aguanta 

hermano Amaranto! Y yo te diré: ¡No sé hasta 

cuándo subconsciente!

Y te diré también: ¡. . . estoy en el limbo. . ., estoy subconsciente. . .!

Volvió, su asquerosa túnica tapó el rostro del muchacho, escupió hacia un costado y le incriminó:

- ¡Párate hijo de puta!  

- ¿Dónde? - Preguntó el inconsciente.

- Ahí en el patio

- Hay sol. . . - Palabras huecas, casi dormidas fueron emitidas por Amaranto

- ¡Te voy a refrescar con agua de sal!

- No sé. . .

- ¡A ver enfermero!

- Sí, doctor. . .

- ¡Doctor Coronel!, Llévatelo al patio. ¿Y esta cretina de la cama 25. . ., averigua?

- Es la mujer  del que mandó de plantón. Del de la cama 20, señor.

- ¿Estás consciente conchuda?

- ¡Sí! - Enfática, ruda, consciente, hembra, original, quieta, no dejó amedrentarse. . .

- Encapúchala bien y ponla en el otro frente. ¡Entendiste, enfermero!

- Sí, doctor - El médico torturador se retiró del ambiente y el enfermero oye.

- Voy sola. 

- ¡No me comprometas, ponte la capucha!

- ¿Y el suero? - Aunque fuerte un dejo de resignación trasmitió la personalidad de Margarita.

- Ya te lo saco

Sabía lo que era esperar. . .













3 de diciembre de 1967


- ¿Amor, estás aquí. . .?

- Sí querida, en el baño - Gritó Amaranto. Su pequeña habitación, ya poseía un espacio de un metro veinte por un metro donde realizar sus necesidades y bañarse. Cuando habían ingresado, sólo poseían la pieza para dormir. Un antiguo tanque galvanizado para quince litros de agua caliente y una roseta que se abría con una piola, era la ducha.

- Sabes Amaranto, hace ya dos meses que no menstruo.

- Me embarga la alegría mi amor - Respondió él.

- Sí, vengo de la Sede del Movimiento Revolucionario Oriental. Conversando con Claudia que dio su examen final de medicina ayer y cree que aprobó, casualmente la pregunta final a defender fue, sobre las condiciones en que queda el sistema hormonal femenino en los momentos posteriores a la fecundización. 

- ¿Allí te enteraste? - La abrazó, la besó, sus manos recorrieron una y otra vez los vellos pubianos de Margarita y se echaron sobre la cama - Entonces seremos tres veces felices, los dos casi recibidos, nuestra República Oriental victoriosa socialmente y nosotros, orgullosos de nuestro embrión oriental.

- Sí mi amor - Mientras ella insertaba sus manos, aún pegajosas de sudor apretado, adquirido en los ómnibus, en los cueros de asientos y los depositaba sobre el cuerpo desnudo de su compañero recién bañado, proseguía diciendo - Cuando Claudia, me habló de su examen, recapacité y le pedí consejos. Me dijo que fuera a consultar con la compañera y Ginecóloga Dra. Benítez, militante de aquí muy cerca, el Barrio de Manga. Hablé con ella por teléfono y solícitamente me comenzará a atender en su domicilio.

- Con nuestro futuro hijo mi amor, trabajo social, estudios. ¡Ay Margarita, Margarita, cuánta felicidad! Estar en tantos frentes de batalla a la vez y que todo va surgiendo bien - El compañerismo matrimonial, militante, exuberante y parsimonioso, permitía el crecimiento del futuro oriental.

Esta vez un puchero criollo, levantó vitaminas de madre y padre. Dos días más tarde, Margarita comenzó a atenderse con la doctora Benítez. Fueron ambos. La compañera militante dio las primeras indicaciones y a la salida caminaron felices las calles de Maroñas. Se encerraron, el olor a humedad no los perjudicaba. Estudiaron sus últimos exámenes, mientras la ventana de vidrios cuadriculados seguía delatando al Cuartel de Caballería.

A la tarde del otro día, en la casa paterna de Amaranto, el futuro General del Estado Oriental y fundador del nuevo partido político de la nación Amplia Mayoría.  Lisandro López, recibía a su hijo, su nuera y su futuro nieto. Fue un momento de mucha distensión familiar, de armonía, paz y reflexiones hacia la patria.   

- Coronel no creo justo, pero sí necesario, anteponer un estado de ánimo que, fluye en algunos rincones orientales de mi cuerpo. Ahora con nuestro hijo dentro de mí, en pleno desarrollo y crianza, se retuercen temores, contradicciones, que como ser humano podremos fingir, aunque sólo en parte. Se hace imprescindible preguntar en este momento si: ¿Podemos dialogar sobre la objetividad de formas? - El Coronel escuchaba a su nuera con formalidad militar. Suponía  las preguntas de Margarita. Él, como viejo conocedor del ambiente político miraba la muchacha, como hija, nuera, militante, en su cerebro sostenía que ella hablaría respecto del pueblo, de progreso, de cambio de situación, de la justicia social. . . - ¿Coronel, siente corresponsabilidad entre su lucha interna y la nuestra como movimiento social? ¿Si así fuera entonces, cuando logremos el triunfo, no habrá sido en vano haber dejado atrás a mis familiares, a mi pretérita memoria de vida y será orgulloso el futuro en que, se reproducirá la historia de José Gervasio Artigas, de su Artigas, por el que usted se formó en su carrera militar?

- Sí querida, debo decirte que tu breve narración de preguntas, concuerda fielmente con mi pensamiento, el de mi hijo y de nuestra familia. Han crecido los momentos de lucha intensa dentro de mí y algunos oficiales superiores, creemos en la posibilidad de cambio. Jamás discuto el contenido de la propuesta nacional, tampoco atribuyo a alguien por falta de conocimiento el infortunio por la que pasa la masa social oriental. Entonces, nos hemos propuesto no ocultar nuestro dolor interior por los más jóvenes, los marginados. Vivamente y sin enojos, desde que emprendí la retirada de mi pueblo natal en Tacuarembó para iniciar el Liceo Militar, un matiz de causalidad y apreciativo para con mis gobernantes de turno y mis superiores, han conformado en mí un carácter de confesión muy marcado. Los pequeños momentos de desazón, han sido cambiados por ilusiones para  comenzar a estar junto a ustedes, de saberlos fuertes al calor del pueblo. No temas. Tu hijo vendrá a ser el nieto presentido hace años y el ser donde residirá vuestro sacrificio, el de nuestra familia, el de la tuya por que no, será el nieto enrostrado de claridad para las futuras generaciones - Ella y Amaranto, se miraron y estrecharon en un abrazo a Lisandro López, mientras tanto él proseguía: - Ustedes firmes en sus acciones, no pueden ni deben dejar de entender que este es un año clave para el pueblo oriental. Presiento que el actual gobierno terminará siendo un declarado enemigo y que nos están mirando de soslayo a algunos militares como renegados milicianos. ¡No olviden nunca, nuestra conducta se transformará en norma cuando, aprendamos a reconocer rigurosamente a los contrarios como tales. Así quedará consolidado nuestro polo de unidad. Hoy estamos con esmero y valentía transformando la historia, por qué hasta hoy día, los filósofos de la Historia Oriental, nos han mostrado pequeños “encuentros”, “episodios”, “asaltos”, “batallas”, desde sus folletines, han dejado de lado los copiosos derramamientos de sangre. Debemos de ser justamente nosotros, maestros, investigadores honrados, técnicos y el pueblo, quienes conservemos métodos de pureza. Estudios de los medios verdaderos, auténticos, son nuestra tradición desde sus orígenes. Debemos retornar a nuestra nacionalidad Charrúa, esa demostrada raza participante de la formación de este suelo patrio, esos conductores naturales de gesto adusto y serio pero, con cualidades innatas extraídas desde el tala, el coronilla, el molle, el cielo, el puma, el yaguareté, el ñandú y la naturaleza toda, desde su aprendizaje, debe de conformase el nuestro - Miró a los casi profesionales y padres y concluyó diciendo: - Debemos sentir respeto por la verdad, su carácter único y futuro devenir. Los grandes hombres deben ser mirados por la sangre, por el espíritu, por su educación. Se trata esta de una tarea muy seria, quizá. . ., algo trágica - Dándose vuelta, besó a Amaranto, estrechó en un abrazo a Margarita contra su pecho, luego tomó asiento en el sillón giratorio de su despacho contiguo al living, dio medio giro  y miró detrás de él, en suspenso la biblioteca. . . 

Amaranto concibió una mueca que se adentró en el ser de Margarita. Se paró, acercándose a ella le acarició el vientre, sonriendo y con ojos penetrantes, aunque dulces, como hijo oriental, fiel y caro a sus sentimientos, rozó la mejilla de su compañera, íntegra, fuerte, capaz, la besó en los labios 

finos. . .Muchas veces habían excitado sus nervios dentro de la sociedad inacabada, opresiva, repelente. Aunque la consideraban como un curso lúdico, con el pueblo dentro del juego, sabían que quien se escindía provocaba eso: “Que te miraran como estudiantes de escuelas selectivas”, sin entender que eran profesionales de profunda seriedad. No les importaba esto, aunque lo sentían dentro de sí. Lo que también sentían era que una nueva historia acaba de empezar, estará con plenitud terminada cuando dolorosamente la amargura de los sucesos por venir, sepan ser superados. 

Pidieron disculpas, miraron el reloj de ella, se excusaron de tener una reunión con sus compañeros y se retiraron después de besar a la madre de Amaranto. Deseándoles ella, buena suerte en el cuidado de los tres. 

Ellos, no visitaban muy a menudo a sus padres.

































( . . . )



- ¡Plantón, te dije. Hincado, NO!

- ¡Denme agua! - Suplicaba Amaranto

- ¡Cómo no! Denle agua - Ordenó el médico, mientras después de dos días la posición de su esqueleto era ya la de un viejo. Inclinado sobre sus huesos, atravesado por los rayos de sol oblicuos, así estaba incidiendo su persona sobre el pedazo de tierra que estaba dispuesta a acogerlo para que no sufra más. 

- ¡Toma, cretino! - Ésta última orden levantó espiritualmente a Amaranto que oyó de boca del enfermero, una pronunciación seca, pero a la vez débil, como codificándole el subconsciente nuevamente, como reforzándolo. Demostrativamente en su intimidad, un patio arrebatado de seres semidesnudos, medio muertos, esclavos de un médico atroz, conocedor de los límites infrahumanos, los recibía a veces frío, otras tibio, caliente. . . - ¡Bébela, te ordenó el médico! Acercó el recipiente a los labios y un trago salado descendió desde su lengua hasta su estómago. El dolor hiriente de los labios, el sudor interior, el sufrimiento ondulante del esófago terminó enmoheciendo la flora intestinal hasta secarla intransigentemente.

- ¡La puta que los parió, milicos paridos de las entrañas en llaga de sus madres putas! - Concluyó. Concluyó por qué el médico también sabía pegar. Asestó terrible mandoble en le plexo solar del indefenso, atado y maltratado hijo del Coronel Lisandro López.

- ¡No le peguen! Eran las palabras incandescentes pero apagadas de Margarita. Ondas de voces sueltas, dóciles, que ella transmutaba en amor, amor luchador hacia los demás, las que se percibían, desde casi cincuenta metros.

- Tráemela para acá, enfermero - Sacó el tirano de lo que parecía ser una vieja morgue, una camilla amplia. La llevó a su oficina, unos metros más allá. El enfermero aturdió por los gritos de Margarita. A empujones, la depositó en un rincón del lugar. El médico torturador, comenzó con frases dulces, enternecedoras. Se sentía seguro. Los guardias que no eran sólo hombres, pasaban a unos veinte metros de distancia, entretenidos en mirar el hacinamiento exterior. Faltaba cuidar el instinto del criminal. 

- ¿Dónde estoy? - La capucha debilitó aún más la voz punzante y suave de la muchacha

- ¡Aquí mi amor. Quiero escuchar tu voz plena, limpia! -Y le sacó la capucha. Ella comenzó su gritería sollozante. Pero impunemente, amordazó a Margarita. - ¡Tengo necesidades! - Ató sus manos que hubieran cometido un tajo rajante en su rostro. Ella se estremecía, inclinaba su mentón hacia uno y otro lado, como negando la situación. De pronto el dueño de la escena de los minutos atroces, desprendió su chaqueta, las sucias manos se movieron con una soltura degradante y luego de que, desde la bragueta un botón cayera al suelo, tomó su sexo, que había quedado al descubierto y se lo mostró impunemente. Hizo a un costado la túnica gris mugrienta y de un manotazo como estaba acostumbrado, bajó velozmente el pantalón de la muchacha. Con su cretina gallardía, penetró a la indefensa mujer. Ella se tensaba, pretendía erguirse, pero él triunfal, con un sudor jorobado e inundado de sarcasmo militar había terminado casi ya su tarea. Ella, con la luz azulada que le daba en pleno rostro, nunca cerró los ojos, por ellos corrían lágrimas duras, recorría paredes y con el pensamiento cortaba de un cuchillazo el cilindro carnoso que estaba erguido como una piedra casi torcida. De su lado cuando él se vistió, bajó de la mesa mortuoria a la muchacha y se la entregó pronta nuevamente al enfermero para que siguiera de plantón en el patio.





































24 de agosto de 1968


- Estos dolores. . .Amaranto ven,  mira en el inodoro, expulsé algo dentro de mí.

- Sí, amor es el tapón mucoso.

- Debemos de ir a casa de la doctora Delia.

El vientre de Margarita estaba  besado interiormente. Su hijo la acariciaba, posaba las yemas de sus dedos impregnadas de huellas digitales acunadas en entrañas maternas, durante nueve meses. Las últimas proteínas eran absorbidas por Abel, que desde dentro empujaba su ser existencial, nuevo. Estos habían tensado el cordón umbilical. La placenta despegaba centímetro a centímetro la vida misma. Una vida oriental, que pedía a llanto y risa su libertad exterior un veinticinco de agosto de mil novecientos sesenta y ocho.

- Jadea hija. ¡Puja! Contiene tu respiración que Abel está aquí en mis manos. ¡Respira hondo! Uno. . ., dos. . ., 

tres. . . Empuja, exhala lentamente aire - Dulcemente la Dra. Delia Benítez controlaba a la primeriza en su clínica domiciliaria de la curva de Maroñas.

- ¡Ay, los dolores! Son tremendos. Las contracciones 

Delia. Son muy fuertes arrítmicas.

- Siente mi mano, amor. Deja fluir tu hijo sin desesperarte. Cobíjalo entre tus piernas, mécelo de aquí para allá, ayúdalo y el devenir de Abel será promisorio. 

Con fuerza y amor alentaba Amaranto a Margarita, mientras secaba  con un algodón humedecido los labios de su luchadora compañera y apoyaba los suyos en la frente de la parturienta.

- Vamos a intentarlo de nuevo. Sopla. Aspira. 

Profundamente. ¡Exhala rítmicamente! Haz fuerza con tu abdomen hacia abajo. ¡Vamos princesa! ¡Fuerza! 

Uno. . ., dos. . ., tres. . . Ya viene corazón. Allí está. ¡Aquí entre mis manos, su cabecita arrullada de amor! Ya está. Última vez. . . ¡Uno. . ., dos. . ., tres. . .!

- ¡No aguanto más Delia!

- ¡Fuerza cariño! Nuestro hijo respira ya el aire, oxigena sólo, es hermoso. . .

- Sí, ya está conmigo. Veamos cortemos aquí. Golpéalo un poquito en su colita enfermera, para que llore. Eso es, bien. . . ¡Muy bien Abel!

- Si, pero yo no doy más. ¡Estoy extenuada!

- Ya. Ya. Te pido la última ayuda. El último pujo, la placenta está perfecta y todo salió de maravillas. Cómo esperábamos. ¿Verdad, papá? ¿Cómo si supiéramos?

Margarita esbozó una sonrisa. Se dormitó. Abel fue lavado por la enfermera. Amaranto se distendió y durante dos noches tuvo que dormir allí en la clínica. Delia intuyó que había realizado un parto para una trayectoria de miradas especiales, de fragor humano. Estando junto al abuelo de Abel, finas virutas de tiempo iban a transcurrir. El General Lisandro López y su familia, aún no sabía la noticia. . .

Margarita y Amaranto solían pasar días sin ir a la casa de ellos. Lisandro, ese criollo oriental, transportaba sobre sí ideales comunes a Delia que proseguirían  caminos de orientalidad. Después de recuperarse, llevaron a Abel a casa de sus abuelos. El patio pareció estremecerse, el ovejero alemán grabó en su hocico los mil olores del nuevo integrante. Los pájaros revolotearon en el árbol casi centenario dejando atrás en sus vuelos, algún balcón oxidado furtivamente en otros hogares aledaños. ¡Todo aquí era libertad!

El entrar, el abuelo preguntó: ¿De dónde viene y hacia dónde va este orientalito, Abel López? 











( . . . )



Su voz tenue emergida entre el inconsciente y el consciente dice: “Estoy tirado. Han pasado días. Aguas salobres. . . Quietud malsana. Aún estoy vivo. Recuerdo mi último examen de antropología. El tribunal me preguntó: ¿Cómo sería posible medir una verdad en la sociedad por la que transitamos. . .?

Sigo recordando. . .

Pasa un milico y me patea. Grita. . . ¡Son aullidos de carne viva, pútrida!

Respondo: Creo que la verdad la podría medir según las inteligencias unipersonales. Aunque deberíamos instruírsela a los más débiles, para que no se vuelvan locos. Jamás enseñársela a los malvados pues cometeríamos un pecado capital, con sólo un trozo de ella, podrían obtener fragmentos que destruirían a sus congéneres. Quisiera aprisionarla en mi corazón y mi mente para después, poder hablarla, enseñando mi humilde tarea.

Creo que en la fe de mi convencimiento, está mi sana arma de combate. En la creencia de estudio del ser humano, la fuerza para seguir adelante. Y en el silencio, este silencio oriental, mi coraza de amor y sabiduría  parta consagrárselas al prójimo. Y me consagraron: “Licenciado en Antropología” 

- Seguís en silencio - Agregó el doctor militar.












( . . . )




- Sáquenlo y me lo llevan a la camilla. ¡Suero con él! 

- Aquí está tu comida - Agravia otro enfermero - ¡Pon el brazo! - Y lo pinchó sin saber que hacía.

Amaranto era ya casi un cuerpo sin dinamismo. Experimentaba su infancia, la juventud y la vejez tirado sin lamentaciones. Pero dejaba de ser porvenir. . .

- Mi hijo. . . exclamó casi por última vez

- ¡Tu hijo. . .! ¡Tu hijo. . .! ¿Qué hijo. . .? 

Desde fuera con vestimentas de cortezas, cabellos enmarañados pero encaprichados, esa ermita humana sin pronunciar palabra de todas la pronunciadas hacia el Señor, se transportaba Margarita con sus pies ennegrecidos de coágulos. Su cuerpo tampoco existía. Los miembros parecían disecados por el soplo del viento, el chasquido de la lluvia y el calor del sol. Su esqueleto árido, seco,  tempestuoso, llevaba encima su piel momificada. No pudo ver el triste lugar. Sólo escuchó la voz de su marido, clamando por el hijo de ambos y su expiración. . .

No obstante ella, de acuerdo al hilo espiritual que los unía, recordó también en ese instante el día en que se recibía como Doctora en Abogacía y Ciencias Sociales. Se lo habían impuesto ambos, antes de que los destructores, los hubieran encarcelado. Ese pacto grabado, fue tal, que a sabiendas que la tierra estaría lejos, el espíritu y los años trabajados y estudiados, darían sus frutos en Abel. Para la familia, para la sociedad. . .  Sabían también que el cielo estaría mudo. . ., pero que como en un  desierto, desnudos, habrían superpuesto el sello del supremo sacrificio.

Luego del intento de sacarla de su éxtasis interior y por el término de aproximadamente cinco minutos después de que escuchara el final terrenal de Amaranto, se oyó: 

- ¡Nuestro hijo. . .! 

Y la misma traidora reacción de las implacables neuronas, mudas, pero de tez soleadas de patios polvorientos, la estrecharon en un temblor y escuchó:

- ¡Tu hijo. . .! ¡Tu hijo. . .! ¿Qué hijo. . .?

- No importa. Lo entenderán después de nuestra 

muerte. . .  

Sólo un lazo de exhalación fatuo, unió a dos seres que, unidos durante cierto tiempo, se aunaron para que otros seres en el futuro, entren con ellos en su luz celestial.

Arrastrando las capuchas y las esposas, esa pequeña multitud maligna, asesina, aterradora, llevaron sus cuerpos huyendo y sin dejar rastro. Los cadáveres de los compañeros cónyuges se hundieron en la tierra, sin enterrador, pero sobreviviendo en alguien. . . Ese suelo, donde cultos lunares y solares los harán brillar por la eternidad de sus espíritus, ahora libres.

























LISANDRO como épico generador de energía, nació junto a un candil, contiguo al pedal del fuelle que alimentaba de oxígeno a la fragua, donde José su padre daba comienzo a las jornadas de herrero. Los fardos de paja que las iniciaban, oficiaban de respaldo y apoyatura cobijando a María, su madraza, antigua paridora de hermanos. Un anochecer hecho noche, esperó a ella que sabía jadear, pujar, contener y exhalar el aire mezclado en combustión con carbones pétreos del Tacuarembó.

Josefa, con olor a ruda en su delantal blanco, había llegado en un charré con el que José había rodado ocho kilómetros para encontrarla. Eran tiempos justos, que combinaban él y su zaino para el comienzo de los nacimientos. Esas carreras, fueron catorce, en la que Lisandro ocupaba el lugar ocho. Todos los niños, exhalaron después de unos días de nacidos los perfumes de Valle Edén a unos kilómetros de la herrería, donde José y María los arrimaban a Josefa, para que la partera de campo diera el visto bueno del estado de salud de los pequeños.  

“La Oriental” se había concretado por oficio adquirido de los abuelos de Lisandro. Se estiraban rejas, enllantaban ruedas, se forjaban puntas, cortafierros y elementos para trabajar el campo y las canteras de piedra.

“A trabajo seguro, más Oriental, seguro” era el dicho de José. Desde distancia, se escuchaban a diario, trotes chasqueros y dos veces a la semana en mil novecientos dieciocho, año de nacimiento de Lisandro, el ruido a motor de las nuevas locomotoras arrastrando vagones en la línea del norte. Entonces, se alentaban sonrisas, en el domicilio López-Rodriguez. El ruido a metal, aumentaba el disfrute que a diario producía en José el saber que: “los hierros le daban de comer a la familia”. Eran épocas de fuertes nacimientos, también de dignos campos parcelados. Arroyos escrutados todos los domingos por la familia, los arrullaban entre declives pedregosos. Sabores ideales de un valor geológico, floral y donde la fauna entretejía mañanas y tardes, para un descanso nocturno, fueron testigos del crecimiento de Lisandro.

Junto a su hermanos, conoció de apretujones mañaneros, entrelazados brazos, pisotones, empapaduras y también furiosos barquinazos dentro del charré que los llevaba ala escuela.

Allí todos concluyeron en cuarto año. Después, irremediablemente debían de ir a la ciudad de Tacuarembó, distante cuarenta kilómetros. Sus padres, notaban certidumbre en las convicciones de Lisandro y austeridad en las lecturas del ideario artiguista. Cuando él las encontraba en su escuela, con el pedido correspondiente a su maestra, que también oficiaba de consejera y educadora de la orientalidad, llevaba los libros a su casa.

Supo del ordeñe, viendo llenar los tarros de leche. Rajó la tierra y ayudó a sembrar obsoletamente. Encorvó sus jóvenes años sin regaño, cuando las plantas de boniatos le hacían sangrar los dedos  con su leche vertida y potente. Él recogía zapallos al sol, recorría la quinta, regaba en los atardeceres iluminado Sirio y el lucero que brillaban sin entrar la noche. 

Seguro que esa iluminación le guió hacia un vagón de ferrocarril rumbo a Montevideo, cuando apenas tenía diecisiete años. La estación central inaugurada hacía poco tiempo, lo acogió. Con todos los recuerdos frescos, Lisandro contenía los hierros franceses a punto de desplomarse para él y de pie observaba las bombillas amarillentas y grandes. 

Hasta el amanecer declinó conocer la capital. El segundero del gran reloj de la estación acompasaba el albor del día. Cuando el minutero arribó a las ocho, se acordó del guardapolvo blanco, de la maestra empeñada en enseñarle la hora ocho años atrás. 

Entonces le urgió el deseo de llegar al liceo nocturno. El estado le acogería para un futuro sincero y real y él se acurrucaría a su amparo benevolente.  Ese año mil novecientos treinta y cuatro, huele otros aromas, turcos, africanos, suizos, norteamericanos. Aunque, nunca se le truncó el olor del sarandí, del ceibo, del espinillo. . . Sin embargo en la patria oriental otros hombres y el estado huelen a pólvora. Existían hombres más guerreros que honestos. En su ser comienzan a revolucionar ideas renovadoras. Es por ello que, aquellos días de todos los colores, utilizados para una pegatina frente a su liceo, lo hacen preso político menor aunque, sin motivo para  averiguaciones. Elementos que hubiera utilizado para destacar sus ideas orientales. En este devenir de tiempo fresco, va conociendo a profesores y alumnos nuevos. Le inquietaba verdaderos conocimientos. . . Un día, le plantea a un compañero: “Seríamos otros si defendiéramos la patria como lo hizo nuestro prócer”. Flotó en el cerebro del otro chico el beneficio de la duda. 

- Sabes, considero de valor tu sugerencia. ¿Pero, después de dos días de tu planteo, que ocurrió en ti? - Preguntó Ángel Bresciani a su amigo.

- Presiento que desperté en ti, el hervor de aquellos pagos rurales.

- ¡Despertaste tú también, Lisandro!

- Los engreídos orientales, llevan el infierno en la imaginación. ¡Observaste Ángel!

Mientras a Lisandro, desde su espíritu le comenzaba un poder apasionado y un encantamiento arraigado por la patria, dijo: “Faltan solo dos meses, terminamos este año e ingresamos a la Escuela Militar” 

Fue un pacto de honor juvenil y de por vida.









      ANGEL y Lisandro concluyeron su cuarto año en un liceo  

      de Montevideo, encontrando la fuerza de Artigas 

      concentrada en un edificio: “La Escuela Militar”.

Se recibieron de alférez sosteniendo sobre sus espaldas como hombres del interior del país los rasgos genéticos de razas laboriosas. Insistían, persistían, no haciendo del domingo un día santo y aburrido. Con ambigüedad estudiaron haciéndose preguntas sin prejuicios, algunas de las cuales podrían quedar para el futuro emulando a nuestro General Artigas: ¿Podremos desde dentro de la Institución acondicionar a nuestro pueblo? ¿Y el pueblo reaccionará con convicciones libertarias, democráticas  y antiimperialistas como lo había soñado él?

Entre los años mil novecientos cuarenta y mil novecientos sesenta y siete, año de la cumbre de sus carreras dentro de las fuerzas armadas, se formaron en cursos en diversos organismos nacionales e internacionales. En este devenir, murieron sus padres, contrajeron matrimonio, engendraron hijos. . .

Lisandro López y Ángel Bresciani calaron en las entrañas del máximo imperio estudiando “inteligencia” y “defensa”. Cómo si la inteligencia no fuese inherente a cada ser humano, cómo qué paradójicamente si no se nos enseñara a defendernos no utilizaríamos nuestra propia defensa, la innata y no la sobrevaluada. Sin embargo, ellos trabajaron en forma denodada en pos del mejoramiento de la sociedad oriental. En inundaciones, en observaciones y monitoreos de futuras represas para generar energía hidroeléctrica en nuestro país. 

Por concursos dentro de la fuerza, Ángel en mil novecientos sesenta y cinco y Lisandro en mil novecientos sesenta y seis arriban al grado de General en Jefe de las Fuerzas Armadas y de General de la Región Militar Nº 3, respectivamente. Después de dos años, Lisandro ejerce como General del Instituto Militar de Estudios Superiores. En ese mismo año muere el Presidente la República y asume el Vicepresidente en ejercicio. 

Ángel y Lisandro, solicitan la venia presidencial de pase a retiro en el otoño de mil novecientos sesenta y ocho. Desentonan con los ideales de lo que ellos estiman se esta gestando en el Uruguay. Una dictadura encubierta. Un golpe de estado a instancias del mismo presidente. Se revelan las masas por la intransigencia de algunos seres que arriban al gobierno sin orden, sin causa, sin cultura, tratando de dominar estos ciento ochenta mil kilómetros cuadrados. Es en la primavera de mil novecientos sesenta y nueve que se les concede su pase a retiro.

Lisandro ya conocía un nieto, un oriental de ley como siempre lo soñó. Entonces comenzó a disfrutar de Abel junto a su hijo Amaranto y a su nuera Margarita. Todos lucharon como pueblo, para el pueblo. Es por esas convicciones adoptadas, que en febrero de mil novecientos setenta y uno Ángel y Lisandro fueron invitados, junto a personalidades con varias formaciones universitarias socialistas de izquierda, a fundar y representar a la nueva coalición representativa del Uruguay, Amplia Mayoría. Desde allí se establecen los parámetros democráticos para competir con blancos y colorados.

Papeles que estaban amarillentos de tanta penumbra en la luz, otros ajados en los bolsillos traseros que se sesgaban en la cintura de miles de ciudadanos que querían un  porvenir nuevo para la patria, veían aclarar, un futuro ensombrecido. Empezaron a transitar junto a Amplia Mayoría kilómetros de caminos orientales forjando a golpe de pie, un movimiento antiimperialista.  Era la hora indicada y el momento justo. La coalición presenta sus listas en noviembre de ese año y logra un dieciocho por ciento del electorado. Con otra coartada política, los colorados quedan al tope del presidencialismo uruguayo. 

Desde mil novecientos setenta y tres y hasta mil novecientos ochenta y cuatro los dos amigos militares comparten el duro escollo de la cárcel. Habían sido “elementos perniciosos” para la sociedad. Pierden sus grados de generales, son proscritos en sus derechos políticos, aunque, no pierden conciencia. . .

Barrotes, frías paredes, ornamentos psicológicos no reproducidos jamás, sólo en este Plan Latinoamericano, el “Plan Cóndor” (el ave más grande que vuela), fueron testigos de un olvido que debieron de ejercer después de liberados de la dura dictadura.

En la oscuridad velada por recuerdos en aquellos momentos, Lisandro se escabullía por rincones mentales álgidos, sucios, embadurnados de lodo político que sus antiguos camaradas del ejército le habían impuesto. Siempre evocaba en su recuerdo tripartito a  Amaranto, Margarita, Abel. . .

Antiguas y oscuras fotografías se presentaban ante él, sepias, apagadas, entristecidas, presumiendo que sus huesos y carnes nuevas, entraran en el limbo consciente de un ser humano como él.

Por momentos, arañuelas dejaban telarañas carceleras. Por otros, moscas y mosquitos e insectos se suspendían de los techos. . . Se preguntaba: ¿Mis pequeños y medianos huesos estarán también atrapados por estas telarañas? No había respuestas. . . No había visitas. . .


















- ABEL, ven un momento por favor.

- Sí abuela, que necesitas.

- Querido, ten cuidado, se está tornando difícil salir a la vereda. Cuando lo hagas pídeme que te acompañe.

- ¿Abuela, cómo vamos hacer para que vaya a la escuela el año que viene? 

- Te llevaré y a la salida iré a buscarte.

Durante el día, una fuerza superior ejercía seguridad sobre Doris García, la Señora de Lisandro. Ya había transcurrido el tiempo suficiente para saber sobre el paradero de su hijo Amaranto y de su nuera. En el patio de su casa, los pájaros no cruzaban árboles centenarios y el ovejero había olvidado hasta su registro olfativo. Mal presagio. Sólo tenía el tiempo para dedicarle a su nieto, no había tiempo para más. . . De noche los pasadores roían los candados y las llaves, colgaban y se hendían en tajadas de aire a la espera de que al otro día, algún movimiento sacudiera su esqueleto oxidado.

Eran las tres de la mañana. Irrumpieron rompiendo silencios. A manotazo limpio, con uñas  sangradoras, Doris, no dejaba que se llevaran a Abel, pero eran más. . .

- Señora, nos tiene que acompañar - La voz arrogante,

necia, alborotada por conseguir el preciado mandado, roncaba gruesa. Se esparcía también por los bigotes untados de saliva. Esa voz, vaciaba aún más el aire puro de la casa de familia López-García. Seis personas de civil, más el arrogante, oficiaban de carceleros en un domicilio privado. Es que la libertad había salido de allí y aún no había retornado.

- El niño también va con nosotros - Inquirió el arrogante, que fue molestado por uno de los otros seis, que al escuchar un pajarito gorjear le dijo: “Tú  hermano está cantando su libertad sin barrotes” - ¡Cállate la boca hijo de puta!. Arreglaremos esto cuando lleguemos. 

- ¡El niño no lo lleva nadie! – Gritó la abuela,  casi enrojeciendo sus cuerdas vocales. Lo aferró a su camisón de dormir. Las blancas piernas sacudidas con toda fuerza de Abel en pijama y calcetas abrigadas, no fueron impedimento para que los usurpadores, se lo quitaran. Dos autos afuera estaban estacionados. Dejaron luces prendidas de la casa, puertas abiertas, revolvieron todo y un poco más e introdujeron al niño con tres de ellos en un automóvil. Su abuela subió a otro, ubicada entre dos, atrás. Después de tantas vueltas, perdió hasta su identidad. Doris lo sabía. Presentía lo peor.

- Sólo esta lámpara encendida. ¿Reconoces tu identidad? 

- No, no reconozco nada - Expresó Doris.

- Yo sí

- Tú eres un perro carroñero que escondes detrás de la lámpara en la oscuridad. ¿Crees que podrás conmigo?

- ¿Sabes donde estás?

- No importa esta negra noche, este negro trance, ni tu negra disposición para el arrebato. ¡Chorro, ladrón, genocida!

- No deberías de hablarle así a un custodio de los valores, la independencia y la libertad de la familia oriental, que quieren ser arrebatadas a nuestra patria! ¡Te arrepentirás Doris!

- ¡Sigues violento, gusano asqueroso! Tus compañeros y tú son la lacra que nunca deseamos. ¿Dime dónde está mi nieto y mi marido, junto a mis hijos, quizá?

- Te lo dejaremos ver si contestas algunas preguntitas

- Nunca. Jamás hablaré nada para ti - El silencio se hizo

carne en Doris, gritó, pidió de beber, de comer. . . Sola, encerrada con su lámpara y la oscuridad de las blancas paredes, adormeció el tiempo, sin que de nadie obtuviera palabra. Y ella tampoco la emitió, por que jamás volvieron a preguntarle nada. Un día, sin mañana ni tarde, con madrugada y noche, un día. . ., arribó a ese lugar un hombre con una capucha en la mano. Sólo dos orificios dirigieron el camino de Doris. Ahora era una mujer sin rostro.  . . Había pasado pensado en su callar tan silencioso y resquebrajadamente horroroso. Pero tenía vida. Y esta, la guió. Gritó sin escuchar, tirada en un asiento trasero de un automóvil. El hombre que ahora lo manejaba, sólo, jamás contestó. Se detuvo, abrió la puerta trasera, hizo que ella descendiera y la introdujo en un lugar amplio. Su olfato, rizó el espacio interno y familiar. A centímetros de la puerta, desabrochó las esposas del cuerpo inerte que la sostenía desde hacía días. Ella oyó que muy cerca, casi dentro de su ser, se cerraba un puerta pasándole llave desde afuera y escuchó. . .

- ¡Hasta luego! - Fue hueco, enmaderado, tieso. 

Cuando se sacó la capucha estaba en su casa, casi sin fuerzas, miro por la ventana, pero a lo lejos, solo la recortada figura de un auto negro incrementaba su ansiedad y locura.

Ahora sola, con hambre y sed de su nieto y sin él. . ., nunca supo donde estuvo, quienes eran. Sólo una certeza y un presentimiento. Nunca más saber de Abel y en su oído había quedado haciendo equilibrio un apodo: “Pajarito. . .”






















( . . . )



Algún tiempo después, el niño de apenas cuatro años, preguntaba por sus padres, sus abuelos, su familia. No conocía lugares. Su inocencia de época, no era la misma de un niño de cuatro años. 

¿A poco del comienzo del tercer milenio, en estas latitudes, se producirían cambios en la conciencia inocente de los niños?

Veía personas que nunca habían estado junto a su familia, sin embargo, conversaban con él de viajes, y de futuros lugares, le penetraban en el subconsciente, ruidos de motores de avión. . ., estos incidentes mayores le iban calando su intelecto.

Hasta que, él logró contarle a sus nuevos seres cotidianos, que un señor de bigotes y lentes oscuros, paseaba dentro de un avión en el que hacía un tiempo había viajado. Estaba siendo transportado, registró de su memoria, bostezos, gritos menores, hipos, risas. . . aunque todas calibradas, apagadas. Recordó que el señor al se le cayeron los lentes oscuros en una plaza por la que paseaban  en un momento determinado, ya no estaba más. Casi enloqueció. Pero fue allí, cuando sus nuevos seres cotidianos le recogieron, contándole que sus padres y abuelos habían muerto en un accidente de tránsito. 

Empieza su niñez una vida alternativa, cargada de circunstancias, hechos, injusticia, militarismo y con sus nuevos padres Roberto Brown y Ruth Smith, ambos descendientes de ingleses.

En Buenos Aires, capital federal, un día soleado, entran junto a él al despacho de un juez. El magistrado, autoriza que el niño lleve por nombre y apellido Fausto Brown. Lo legitiman en el juzgado Nº2 en lo Civil y Familiar en los Tribunales Federales de la ciudad porteña. De allí en más, vida nueva. A los seis años, la primaria lo recoge. Sus padres comerciantes y parientes de un mayor del ejercito argentino, habían procreado sin parto, un hijo, sin esforzar un esperma, ni un óvulo. Eso sí, habían dejado clavadas cruces uruguayas, en lugares insospechados pero cubiertas por moral oriental.


































( . . . )



Imprecadas filosofías comerciales, en un colegio privado, figurativo de la sociedad, comienzan a sustentar a Fausto.  Mientras un estado fascista, con libres contrataciones, da comienzo a la capitalista globalización y las máximas aberraciones que el ser humano pueda concebir. 

Pero a Fausto no le falta nada material. Estructuraron su entorno de forma certera, pero nunca podrán arribar a su intelecto. Fue creciendo mientras su inconsciente colectivo tejía y destejía una trama  en vano urdida años atrás. Sin embrago el cerebro  humano es displicente por momentos, los cursos  de música, de pintura, la escuela, el liceo, la fábrica. . .

- ¿Roberto, por qué trabajan tus operarios tanto con la pólvora?

- Es que necesitamos. . .

- Hemos empezado en tercer año a aprender que sirve sólo para confeccionar armas y explosivos.

- Sí Fausto nosotros fabricamos exactamente eso, somos dos o tres industrias en todo el país

- ¿No es muy riesgoso?

- Sí lo es. Pero alguien debe realizarlo

- ¿Y dónde lo vendes?

- Este producto se comercializa, para los días en que viene Papá Noel, en Navidad, cuando tu escuchas que tiran cohetes

- ¿Nada más?

- Vendemos a todo el país y a otros del exterior

- Así que tienes mucha ventas de algo que puede ser nocivo para el ser humano

- Bueno nocivo si lo empleas mal, pero. . .

- Los nuestros son buenos cohetes. . .

La empresa de Roberto y Ruth se traslada en esos tiempos de preguntas infantiles a El Dorado provincia de Misiones, allí lo que era una sucursal de Buenos Aires, pasa a ser una planta industrial de primera índole.

El niño nuevamente emigra. Junto a sus seres cotidianos, descubre el olor virginal del monte misionero y donde la pólvora se oxigena mejor en un diario convivir con la naturaleza.

Roberto, ya vende al ejército nacional argentino, los mejores elementos bélicos fabricados en su país.

Mientras el niño, surge como un verdadero ser diferente en la escuela de El Dorado. Inserta su ser en la primaria como un revolucionario con preguntas de bien, de buena forma, contagia e irradia la luz de su espíritu en las noches de verano con su canto y su piano. Pinta el paisaje colgado de los cerros entre la selva autóctona. Sus acuarelas y lienzos de nueve años son tempranas mañanas, del mañana. Levanta la niebla otoñal de los arroyos y riachos encajonados por entre las rocas de su ocasional provincia y piensa en esa existencia. . .





















EN LA MAÑANA del otro día, Fausto despierta. Dentro de su habitación redescubre el olor a pólvora. Eso, que tan pernicioso era para transportar sus emociones hasta creer descubrir su verdadero designio, también perjudicaba las adyacencias naturales que, como un ritual, dejaban un coloquio de pájaros y polinización de flores, cuando no se hacía presente.

Aquel olor nauseabundo, fétido para sus entrañas, había compuesto en su cerebro toda aquella imaginación y mucho más. Le repugnaba, pero agradecía de estar en una provincia como Misiones. Satisfacía su intelecto, la biblioteca descubierta después de varios meses de su permanencia allí. Comienza sus lecturas, con libros casi prohibidos para la época, a escondidas de sus ocasionales encargados de vida, llenos de amunicionadas monedas. Lo hace con la complacencia de la encargada de la Biblioteca de El Dorado. Vieja militante sindical de los maestros de Córdoba, había llegado allí inhabilitada por la dictadura. En la ciudad se la conoce por su cometido social y la reapertura de la biblioteca dejada en condiciones aberrantes. Ella encontraba y seleccionaba los libros para Fausto, aquellos que no se permitían leer en una dictadura tan brutal como la argentina donde la estructura, inteligencia y el poder demostraban su crueldad.  Efectiva, Laura proseguía su labor aunque en mil novecientos setenta y seis hubiese sido torturada en Córdoba. Después de estar casi muerta, en mil novecientos setenta y siete, a escondidas y con un nombre falso reorganiza al país cómo y dónde puede, viendo en Fausto un niño diferente, apuesta a ello, junto a él, desde su humilde lugar. Autores que habían estado caídos por los rincones de sótanos, son los destacados para él. Tal es así que descubre al existencialismo en Kierkergard, Gabriel Marcel, Sartre, Jaspers, Husserl, Heiddeger como así también a socialistas como Hegel, Marx, Engels, Weber, o a autores como Martin Buber o Niezstche y Joyce. En ellos descubre el ser humano filosófico en sí mismo. Pero son aquellos como los de Edouard Schouré o Lemersurier donde desata el nudo de la espiritualidad, de las razas y tipologías. No se conforma con ello que al leer poemarios y prosa de autores latinoamericanos, se encuentra con seres como Cortazar, Vallejo, Guillen, Martí. Entre otros ve la luz de los cuentos de Arltz, Benedetti, Galeano, García Márquez  Su figura de niño, hijo de un matrimonio a fin con la venta de pólvora, no encaja en el ajedrez de la naturaleza. Cuando dialoga con otras personas, deja ver su musicalidad y el conocimiento generado allí. 

- Laura, ha leído sobre existencialismo. Me encuentro que 

            fue tan abarcativo del ser humano que se remonta, tal                 

            vez. . . 

- Se remonta a varios siglos, como Gorgias, Protágoras, Platón y grandes sofistas que disertaban sobre el ser humano y su existencia, o como lo expresaba San Agustín en sus Confesiones.

- Claro, pero en realidad, podríamos decir que entre otros Descartes y Kant  dejaron el camino abierto para que el hombre creyera que si el mundo es absurdo: ¡Se debería  volverlo razonable!

- ¿Sí, pero quien autoriza a decir que el ser, es lógica pura? Fíjate, que Gorgias decía : “el ser no es”. Sin embargo, lo que es, sería contradictorio a lo que no sea.

- Permiso. Eso va en contra de experiencia inmediata, 

            indudable. Yo estimo que el ser, se lo experimenta.

- Así que, si tienes que elegir Fausto, eliges: 

      ¿existencialismo o racionalismo?

- Sin duda prefiero la doctrina existencialista. Entiendo    

que esta tiende a superar ese realismo-idealismo, y la

      base de su conocimiento es recurriendo a la fe pero 

      sobre experiencias concretas en el alcance del ser.

- ¿Pero entonces, una cosa no merece promesa alguna?

            Es decir, que por intermedio de un ideal es que uno 

            contrae un compromiso. Es como asumir un acto de 

            amor, propio de cumplir ciertos actos para interesar a 

            otras personas.

- Sabe Laura, de acuerdo a lo leído con seguridad, se

      destituye el carácter de las experiencias más elevadas  

            vividas por el hombre. Siempre creo que allí radica la 

            muestra de fidelidad y pureza del ser humano. También 

            estimo esa fe adquirida a través de ellas y veo de mal 

            manera a todo ser que se interponga en los ideales que 

            ello conlleva. Por ello creo en Dios, en el creador pero 

            el creador libremente creando desde un acto de total de 

            independencia.

- Perdón, debo de atender al recién llegado.

- Discúlpeme también usted Laura, pero debo de retirarme. Conversaremos otro día cuando venga a leer. Gracias.   

Se fue pensando en su fortalecida mente, sobre considerandos estudiados y, las piedras de callejuelas zigzagueantes, lo invitaban al recuerdo de las amarillas páginas: “Cuando me preguntó sobre el racionalismo, fue que pude descubrir en Hegel su dialéctica de tres tiempos, tesis, antítesis y síntesis. Y la contradicción con el existencialismo, donde ser un individuo no es ser un concepto. Eso es lo que importa describir, la existencia humana, las experiencias de un hombre son de la manera que él las ha vivido, del paganismo a la fe. Pero entiendo que la sagrada escritura, no es la base pura del existencialismo. Considerando a Kierkegaard al padre de estas ideas, este dinamarqués, debió esperar la primera mitad del siglo veinte, para que Husserl, con el método fenomenológico pudiera explicar los fenómenos que aparecen en la conciencia y con ello tomar la forma filosófica. Es allí entonces donde se rechaza todo lo abstracto, lo lógico, lo objetivo y se torna positiva la concreción de la existencia humana, en donde el método se verifica por un análisis descriptivo y claro.”

En cuatro días volvió y al entrar Laura fue directo al tema.

- ¿Es raro que a un jovencito le apasione un tema con tanta dificultad?

- Es verdad, lo reconozco, su benevolencia para conseguirme estos libros también determinó que entendiera que alguien es afín con mis lecturas.

- Gracias Fausto, comprendiste lo que es filosofía de la existencia y. . .

- Permítanme, esta última a la que usted se refiere, es cristiana o teísta, pero la existencialista es atea. ¿Esto significaría que tal vez podamos entrar en el campo de la política?  Yo estimo que sí. Sociológicamente dentro de la corriente existencialista en Francia por ejemplo se consideró a Sartre como izquierdista y a Marcel como derechista. Y en Alemania, a Heidegger como izquierdista y a Jaspers como derechista, todos editaron libros entre mil novecientos veinte siete y mil novecientos cuarenta y dos tratando la doctrina bajo diferentes perfiles. 

- ¿Y esto te apasionó?

- En verdad me pareció tentador eso de derechismo e izquierdismo. . . Disculpe, aquellos libros que me había ofrecido sobre trabajos para la escritura literaria rusa, “el estructuralismo”.  ¿Puedo ver alguno como de Roman Jakobson, Todorov, Eichenbaun, Tiniavov, Yuri Lotman? 

- Sí cómo no - Ella gira y desde muy debajo y por detrás de una estantería le alcanza algunos. El chico se retira a una esquina obtusa, detrás de otras bibliotecas altas, casi a escondidas, donde ella siempre lo ubicó. Esta corriente lo desborda, pero no se amedrenta y la estudia con detenimiento y futuro.














EN SU CASA, no le falta dinero. Tampoco un pasar lleno de esperanzas, según se lo inquieren los infaltables seres cotidianos. Él percibe por el entorno, que los seres humanos allí, aplastan, aprietan el dinero como la pólvora misma dentro de un cartucho pronto a impactar. En un momento determinado lo llevan en un viaje a Buenos Aires. Transitando kilómetros de mojones asfaltados, se da cuenta cada vez, que gendarmes que custodian la soberanía nacional, detienen el auto por  alguna razón, Roberto Brown al bajar el vidrio exhibe una credencial, con la cual prosiguen el viaje en forma amena. Se encuentra con seres inimaginables para su inocente pubertad. En ese año comienza su secundaria. Es dentro de la gran metrópolis que descubre la desigualdad imperante en el país. En determinado momento pasan frente a Fuerte Apache y siente que las lágrimas, corren por el borde de sus ojos iniciándose cada vez, caminos sociales en su cerebro. Son pautas de autoconvencimiento en soledad, donde un proceso de inserción social para con seres más desvalidos, da comienzo.  

El viaje de regreso se le torna frío y seco, escuchando siempre historias de trabajo de un valor intrascendente para él. Ojea, los libros adquiridos por Ruth, para no producir una impresión de desagrado. 

El Liceo de El Dorado es un instituto con una cantidad de capacidades precoces. Sólo que son acicateadas por ráfagas de estudios innobles, decretados por el gobierno militar de turno. Por otra parte el edificio sostenía sobre su esqueleto paredes viejas, obsoletas, pero con inquietudes de renovación. Así mismo la biblioteca de la ciudad, vieja forjadora de gente con pensamientos nuevos y cualidades innovadoras, siente en su interior, la presencia solitaria de Fausto, en aquel rinconcito escondido donde penetraba la luz, por una ventanuca del fondo en las tardes grises, otoñales. Allí concurría a leer y agradecía por el sol penetrante. Ella también, debía una reforma en su esqueleto edilicio. Un día de invierno apretujado en su lugar de lectura, arriba al lugar un señor alto, lánguido, al que Fausto reconoce. 

- Profesor Gutiérrez- Se da vuelta y al ver al chico, sus pasos se aligeran hacia él.

- Fausto, intuía que aquí, es tu lugar.

- ¿Por qué profesor? Creo ser un adolescente normal, solo que inquieto. Lo reconozco ¿Y qué lo trae por aquí?

- Mira estoy para dar comienzo a las mediciones para  reacondicionar la biblioteca - Gutiérrez era arquitecto y su profesor de física en la secundaria, la que había concluido hacía unos meses - ¿Quieres ayudarme en el sostén de mi cinta métrica?  

- Por supuesto con gusto.

- Veo que tienes interés por todo, pero especialmente por el hombre en su profundidad.

- Sí mire estoy para dar comienzo a una nueva etapa de mi vida. Debo de estudiar y va a ser sin duda sobre el ser, ese que no puede, o no lo dejan despertar de sus posibilidades.

- Nadie tiene su vida asegurada, Fausto.

- No es necesariamente eso profesor. 

- ¿Entonces será que pensamos igual?

- Usted estima que la ciencia es como una columna de hormigón la que no debe sufrir un pandeo para que su grado de esbeltez, sea demostrativo de la elegancia en el lugar del tiempo en que fue confeccionada. Yo creo que, las sobrecargas y el esfuerzo en sus hierros distraen un poco todo esto. 

- ¿De dónde conoces este léxico arquitectónico?

- De mis lecturas.

- Sabes que no. Es decir, sí, aunque todo ello dispuesto de tal manera que el futuro edificio sea cobijo para otros seres humanos más pobres.

- Es decir, un edificio que sea el andamiaje para la formación del ser humano como referencia de equidad e igualdad.

- Efectivamente.

- Profesor, si de edificios hablamos, el otro día fui con mis seres cotidianos, en auto hasta Buenos Aires. Me conmovió de sobremanera ver Fuerte Apache, un ejemplo degradante del ser humano, con carencias de fuentes de información. Ocupan un lugar que ya casi está concluido y que fue construido con el esfuerzo, quien sabe de cuántos ciudadanos. 

- Sí Fausto, aquí también en El Dorado, hay  viviendas con esa misma connotación. Mi idea, ya la tengo plasmada en un anteproyecto tanto arquitectónico como legal y es que el proletariado, la masa social, pueda acceder a ellas con un mínimo de inversión, con un plan regulador regidos por ellos mismos. Por medio de una cooperativa o en la que todos en asambleas populares puedan acceder y cuidarlas. 

- ¿Es usted comunista?- Aquella pregunta, en ese momento, realizada por un adolescente a un arquitecto, fue un replanteo instantáneo de ideas no tomadas al azar.

- Debo responderte. . .

- ¡Qué sí! - Enfatizó el joven

- ¿Tú tienes ese perfil? 

- Le contestaré. . ., que es interesante la doctrina - Pero le adquirió la idea del profesor Gutiérrez anterior y volvió sobre ella para que el mismo no le quedaran dudas de su pensamiento - Mañana lo invito para ir a la Intendencia de nuestra ciudad y le plantearemos al funcionario destacado para tal efecto su anteproyecto. ¿Qué le parece?- Su profesor de física, besó la frente de Fausto. Había recorrido sus emociones. Lloró. Restregó su nariz con el pañuelo y antes de girar para retirarse le dijo:

- Mañana a la hora catorce nos vemos en la intendencia. 

Al otro día con la excusa de ir a su biblioteca, se dirigió con gran determinación al encuentro con el arquitecto.  Al llegar, junto a él, estaba dialogando el director de urbanismo de la sede comunal. Demostró que su filosofía de vida no era con olor a pólvora. El tiempo, la sociedad, el intendente y sus asesores algún día, podrían pronunciar palabras en las inauguraciones de las obras agradeciendo el trabajo que socialmente había realizado Fausto y el arquitecto



































. . . EN UNA PELUQUERÍA santiagueña, chilena, donde hace muy poco un parroquiano, se rasuraba y recortaba el pelo, luego de agachar su cabeza para mejor limpiarle la pelusa inferior de su nuca, cuando levanta la misma, al mirar por el espejo reconoció en la vereda a dos reporteros que, alguna vez había visto por televisión. Había sido en una documental francesa.  Mirándola había comenzado a recordar la Operación Plan Cóndor, nombre dado por un uruguayo en honor al ave que vuela más alto. Luego se sabría que desde los aviones se arrojaban personas vivas a las aguas de ríos que nunca quisieron ser cómplices del ejercicio antinatural de los hombres. Hombres como el coronel Manuel Contreras, jefe de la DINA y que llevó a su lado a Mario Yáñez su mano derecha, hoy por paradoja director de un museo en Chile. Se podía matar en cualquier país. La gente que lo hizo no fue juzgada. Tampoco se saben 

nombres, no saben donde están enterrados . . .                  

Los periodistas, aguardaron con sus datos encima, apoyados con sus pies en el cordón de la vereda, como tratando de no perder el equilibrio. En el instante en  que se abre la puerta de frente para depositar al individuo en la acera, en un español afrancesado, la periodista, le pregunto a Julio López:

- ¿Señor, sabía usted que aquí, en este preciso lugar, en el año mil novecientos setenta y seis, dio comienzo el Plan Cóndor?

- Sí señorita. Me he enterado de que militares de cuatro o cinco países, desde aquí dieron comienzo a la tarea de torturar y desaparecer personas.

- O sea que el pueblo tiene conocimiento del genocidio  más aberrante que se hubo cometido.

Como si recordara bien los sucesos, Julio hizo un silencio profundo. Parecía que el pueblo entero sucumbía en las entrañas de la tierra, mientras él silenciaba. Cuando pudo 

emitir sonido por segunda vez, su voz, reveló una ansiedad profunda y reprimida. La misma que lo mantuvo cautivo. Y esa voz, hizo temblar el corazón de la cronista que  avizoró en su cuerpo, que la muerte había estado esparcida en este lugar chileno. Hoy, esta misma calle y número se habían quedado allí, desde aquella época y estampados en la memoria colectiva del mundo.

Toda Latinoamérica dividida, enterrada, sumergida hacia los océanos y ríos circundantes. Tufanadas de vahos enrarecidos y putrefactos marean las ciudadanías. Además los vapores agrios debilitaban aún los sudorosos presos políticos que después de mil novecientos ochenta siguen con sus esperanzas pausadas en sus respiraciones. No hay perdón ni olvido. Los malvados decretados por malvados, creen haber corroído los pechos de hielo que fueron forjados a fuego forzoso alimentado por los imperialistas. No obstante personas como Julio, llevan dentro de su hielo, el infierno en la imaginación y no decaen.

La civilidad, en todos los países, comienza a hacer temblar las riendas de las soberanías nacionales.





















(1985. . .)



LLEGÓ LA HORA, en Uruguay, los destructores de células, quedaron impunes. Los tradicionalistas, se aferraron a democracias despedazadas. Esos pedazos retaceados formaron filas y los caudillos políticos se quedaban políticamente con el país, sin importancia alguna de sus destinos. Los golpes sociales y espirituales fueron amortiguados por retazos de seres humanos que, en la mayoría de los casos, no habían participado del movimiento popular armado. La izquierda mientras tanto, en la nueva legislatura, profundizó en la formación de comisiones que sacaran adelante una luz sobre hechos acaecidos en la década anterior. Mucho el trabajo para descubrir. Sólo quedaron paños tibios, teñidos de colorado y esparcidos sobre cadáveres que no mitigaron su esfuerzo, aunque, permanecerían por años sobrevolando los expedientes de una sola ley que los tiñó de blanco, como para que nunca se coloreara alguna mejilla política de nuestro país.

Germán Araújo, diputado izquierdista, luchador social, viejo conocedor del Plan Cóndor,  integró la Comisión de Desaparecidos, dio comienzo a gestiones que después de veinte años, separó los colores y neutralizó la conciencia ciudadana oriental. Vivió su lucha sólo e integrado a las Madres de Plaza de Mayo en Buenos Aires. Pernoctó en noches de pensamientos incesantes y concluyó en un aluvión de desconfianzas para esclarecer a muchos chicos que habían nacido en los países, bajo ese maldito plan cruento y mortal. Su espíritu revoloteó en lo más profundo de las conciencias de esos chicos que habían pasado por varios nombres y muchos más apellidos. Esos nombres y el de Germán corroyeron las mentes y se clavaron en los corazones de los torturadores que quisieron despedazar las ideas que habían quedado colgadas del árbol de la vida. Frutos sanos, incólumes, con semilla potente, fértil, que nunca ninguna especie tardó tanto para que su tallo viera la luz, pero fertilizó, reverdeció. . .





































(1985. . .Misiones)



FAUSTO BROWN, había terminado su secundaria con honores dentro del Liceo Público, al que había decidido ir y donde se recibió de Bachiller en Humanístico.

- ¿Hijo, dónde asistirás en tu nivel universitario? -Preguntó Roberto Brown en noviembre de mil novecientos ochenta y cinco mientras cenaban en la casa quinta que los acogía dentro de la selva misionera, en las zonas aledañas de El Dorado.

- ¡Roberto, siempre apurado!

- Es que almuerzo y salgo urgente hacia la fábrica. Me esperan para el pesaje de la pólvora que debemos insertar en cada proyectil de mortero.

- Piensas que es más interesante el proyectil que el motivo de mi futuro - Le interrumpió con dura certeza Fausto.

- Es que nuestro pasar bien, se debe a las ventas que hacemos al Ministerio de Defensa Nacional

- Sí claro. Contestándote, pienso realizar Antropología Social y Sociología.

- ¿Pero eso. . ., dónde se estudia?

- Pienso realizarlo en la Universidad de Córdoba  

- ¿Te irás allí?  

- Ya lo tengo resuelto. De sobre manera, me interesan los temas sociales y más aún, la existencia del ser humano sobre el planeta y su filosofía de vida

- Bueno, no es . . . lo que pensabas que ibas hacer. . ., pero. . ., si te parece. 

- No es lo que me parece, es mi sentimiento, mi espiritualidad que me lo exige y goza al saber que podré realizar mis estudios al respecto.

- Bueno, mientras no sea para inclinaciones comunistas. Haremos un esfuerzo con tu madre para que vayas allí.

Con esa premisa expuesta, Fausto origina en su hogar un estremecimiento, que sin duda, llega a lo más hondo de los seres allí establecidos. 

Disfruta de los últimos días veraniegos en la selva misionera, visitando de vez en cuando a la biblioteca y a su vieja amiga Laura. En febrero se anota en la Universidad y comienza su hospedaje en Córdoba. Allí, destina un lugar en una pensión del centro de esa ciudad y se dedicó por varios días a conocer gente de esa nueva sociedad. Visitó pequeños bares con olores desconocidos, extraídos de licores extranjeros por entre los estantes. Así mismo, asimiló perfumes de las serranías cordobesas, invitándose a recorrer renglones en las mejores bibliotecas públicas. Admiró el arte, pero aborreció la intencionalidad con que se derrochó y se despilfarró el dinero colocado en los ornamentos de las iglesias del centro de la capital de Córdoba. Todo antes de internarse en el mundo de los estudios, monografías, copias, bosquejos y escritos que debería guardar en su memoria como un tesoro. Estaba convencido que volvería a su casa en Misiones, solo tres o cuatro veces en el año. Y cada vez que lo hizo, Ruth casi enamoradiza se acurrucaba a su lado, como cuidando su ser más preciado. Sin embargo Fausto, exclamaba:

- ¡Tranquila! Estoy bien, no hago, ni tengo problemas. Soy un ser en evolución.

- Pero es que nosotros, pensamos mucho en ti, amor. 

- Entiendo, desde mi perspectiva voy dándole soplos a la vida. El ser existe mirándose desde su interior. Nuestro yo, es quien guía al intelecto. Cómo nos desplazamos hacia el futuro, también depende de nuestra alma, el gen con que se nos conformó, moldea el espíritu, el alma y no nos deja o permite traspasar los movimientos ilógicos que la sociedad nos quiere imponer.

- Sí, pero recuerda. . .

- Recuerden que ustedes también están dentro de esa sociedad llegando de alguna manera a mis congéneres. En ese devenir, en ese transcurrir. . ., el tiempo lima, pule el estereotipo de cada hombre.

Con veinte años, culmina su tercer año de la licenciatura en Córdoba.





































(1988. . ., Misiones)


- ¡HOLA, HOLA! - Fausto arriba a su casa sin dar aviso previo. Para cada llegada Ruth, preparaba el entorno, la limpieza, los alimentos, la jardinería, los automóviles. Veía en el adolescente, cada detalle, perturbándose de que su futuro sería de un hijo pobre. Un hijo arrebatado por estudios sin origen cierto y de zozobras futuras.

- ¡Buenas noches hijo! ¿Pero qué es esto sin aviso? ¿Te agotaron los estudios y vuelves con nosotros? - Dirigiéndose a las personas allí reunidas - Vieron Fausto regresa pues es evidente que esas letras que eligió, lo saturaron, está impregnado de situaciones aterradoras leídas en los libros - Fausto dejó su valija y ella con paso apurado lo estrechó en un abrazo. Desde la cocina, los hirvientes olores la distrajeron para proseguir allí. Mientras los reunidos en torno de una enorme mesa, se interesaban en mirarse mutuamente, sin detener la conversación que mantenían con Roberto. 

- ¡Buenas noches! ¿Cómo están señores? - Fausto se

presentó, extendiéndoles la mano, palpaba en unos, los dedos como alambres de púas fríos, tensos, en otro gélidos, blandos, como hacendado de teclas de máquinas de escribir, mientras que en la mayoría sostenían en las palmas el roce continuo de tabacos importados. Viendo habanos y pipas por entre la humareda del lugar se presentó y saludó a Roberto:

- ¿Cómo estás querido? Dijo él, mientras besaba su       

mejilla, sin preocupación.

- Fausto, acércate a la cocina. Charlemos un poco. Acotó Ruth distanciando al chico 

- Hace más de cuatro meses que no venías – Gritó Roberto del living a la cocina. 

- Es cierto. ¿Cómo va todo?- Dijo Ruth

- ¡Siempre bien! - Rompía con sabiduría universitaria un tenso momento que se denotaba detrás de la puerta divisoria de las habitaciones. Ella, intentaba disuadir su inteligente emoción. Y decía:

- Tu papá, está tratando de abrir un nuevo negocio. Es de suma importancia para tu futuro.

- Sí. ¿Cuál?

- Le están ofreciendo la gerencia de un nuevo banco que se inaugurará entre Uruguay y la Argentina.

- ¡Qué bueno, para él!

- Te explicará mejor mañana 

- En realidad cuéntame algo tú, de manera que cuando hable con él conozca algo sobre el tema.

- Parece que el señor que fuma habanos gruesos, es el Embajador Argentino en El Vaticano. Allí hay mucho dinero. Justamente el Banco de esa República, adjudicará el dinero en préstamo para realizar transacciones comerciales.

- ¿Y cuáles son esas transacciones?

- Es el nuevo sistema de tarjetas de crédito que se instaurará en breve plazo. El Ministro de Defensa argentino recomendó a tu padre para que efectúa la presidencia para la zona norte argentina y como gerente de la sucursal de Posadas. 

- ¿Y el negocio de la pólvora?

- Sigue, sigue perfecto y ganando mucho dinero con ello. Papá también ejercerá como accionista del Banco Crediticio del Conosur. ¡Y tú serás el heredero!

- Bueno, la realidad me dice que hoy no me interesa el dinero. Mi acción está centrada en el estudio de la realidad del ser humano, de la existencia del mismo. Todo el proceso que deriva en la temporalidad del hombre. Creo que él está delante de sí mismo, está siempre por venir. 

- Claro mi amor, aunque el dinero no te interese, será siempre el factor de tu futuro porvenir - Lo había cortado abruptamente

- Claro, pero. . . estimo que desde el nacimiento, se crea una historia . . .

Ruth, estrechó sus hombros fuertemente y sus brazos escuálidos retorcieron los de Fausto como los de una madre. Ella nunca había zurcido medias, ni batido huevos con azúcar y cognac. Tampoco se había untado las manos de masa para freír en grasa. Nada de ello pasó por su ser. Solamente dentro de su cocina los olores percibidos eran de caldos ya preparados, polentas en bolsas, puré de papas extraídos artificialmente y comprados en los supermercados, salchichas, milanesas al vacío, embutidos eran su sello en aquel recinto. El crecimiento dentro de aquella propiedad de los Brown era económico. Tanto que, cuando ella recorría bancos para depositar dinero, dejaba boquiabiertos a los empleados y gerentes y hasta con una tos jadeante del olor a pólvora que emanaba de entre sus ropas. En sólo dos oportunidades pasó a las apuradas, de regreso a El Dorado por el pensionado de Fausto en Córdoba. Jamás miró de modo simple los muebles donde se cobijaba él. Ni siquiera de reojo oteó el corredor, las casas contiguas, las de enfrente, siempre le parecían viejas desde su origen. Jamás pensó en aquel barrio cordobés donde sus estudios proseguían con corrección de apuntes, deletreando textos y salvando exámenes. Sin embargo Fausto escuchaba a Ruth pero proseguía con el pensamiento que le había sido truncado por ella:

- . . . su historia, por lo que se refleja. Y donde se crea el conocimiento y la interpretación que da de su propio universo. ¿Te das cuenta, que nacemos sin haberlo querido y nos morimos de igual manera en la mayoría de los casos?

- Sí - Respondió ella y la luz del farol de la esquina que se había apagado, entró nuevamente por la hendija de la ventana como tratando de que ella se iluminara. Pestañeó, lo miró y no supo que decir. Fausto prosiguió:

- Piensa. Eso también es una libertad respecto del mundo. ¿Verdad? ¡Por lo tanto la libertad se ejerce por la elección del porvenir, de los actos a realizar. Así que más allá de ella no hay nada, es decir ninguna pregunta es posible. 

- Perdona, me voy a sentar hijo -  El hilo de luz volvió a apagarse. Ella sintió llevar el infierno en la imaginación.             

- Por último, quería aclararte, como te darás cuenta, el hombre está sólo, angustiado, radicalmente sin socorro. Pues sólo lo guía su lucidez. Todo es absurdo. Yo estimo que sin recursos, pero con mi pequeña lucidez sobre el imaginario, encontraré el camino que me descansará sobre la última palabra que algún día escucharás.































(. . . 1989)




- ¿HOLA, Facultad de Ciencias, Montevideo, Uruguay?

- Sí señorita. ¿Con quién hablo?

- Escuche, le estoy llamando desde la Universidad de Córdoba, Argentina. Habla la Licenciada Mary Estévez, mi intención es contactarme con la Licenciada Rosa Piñeyrúa. Ella, me ha llamado la semana pasada y no me ha encontrado.

- Le comprendo perfectamente señorita. La he visto pasar hace un momento por aquí. Aguarde en línea que voy en su localización al Departamento de Paleontología.

Dos años atrás, ellas se habían relacionado muy bien en un congreso en Buenos Aires. Allí, bajo la consigna la “Antropología Social y la Ciencia, con inserción en el Reconocimiento del Reino Animal”, estuvieron durante ocho días descubriendo la historia sepultada bajo la primera capa terrestre de hoy día.

En aquel momento teórico, ambas repasaron diapositivas, entornando ojos de cansancio. Discurrieron sobre cada una de sus respectivas áreas, Mary en sus estudios, había revisado huesos de diversos animales y su antigüedad. 

De igual forma, Rosa desde su Licenciatura en Ciencias y después de haber realizado su graduación de Magister en Paleontología, había concurrido a estudios de campo sobre fósiles de diversas eras geológicas. Habían intercambiado datos después de ello, en infinidad de oportunidades, por carta, vía telefónica, etc. Pero era la primera vez que se encontrarían después que Rosa la invitara para que viniese a Uruguay a profundizar sobre estos temas.

- ¿Hola, Mary? Qué alegría tengo de escucharte.



- De igual manera Rosa. Es un placer la invitación que me    

      realizas. Quería agradecértelo y decirte que cuando    

            pueda estoy allí. Junto a mí irán cinco o seis estudiantes    

            avanzados.

- Pero claro mujer, dejemos la formalidad de lado. Para no demorarte, tú tienes mi dirección en Montevideo. Acércate con los chicos, diles que después del arribo debemos de viajar al noreste del país, en la frontera con Brasil, departamento de Cerro Largo a quince kilómetros de su capital, Melo. He realizado un hallazgo impresionante y quiero compartirlo con ustedes. El empuje será para ellos sin dudas.

- Pues claro, por ello quiero llevarlos, el pedido frente al Decano ya lo he realizado. Te llamaré nuevamente para informarte el día que arribamos y a qué hora. Y ahora dime: ¿En Melo existe alojamiento y comida?

- Claro, como imaginas el trabajo es en el campo, pero dentro del predio de una estancia, y allí tenemos todo.

Después de casi una semana, Mary telefoneó nuevamente a Rosa, dándole las fechas y horas correspondientes al arribo, conjuntamente la lista de cuatro estudiantes que la acompañarían hacia el final de la primavera.

El día indicado, mochilas y caras cansadas sosteniendo lentes habían arribado desde Córdoba a Montevideo. Ella los había esperado en el puerto y los condujo dentro de un viejo ómnibus Leyland de las Compañía CUTCSA hasta su domicilio. Allí, al entrar, un tocadisco automático y viejo, molía el surco de una canción abolerada a medio volumen. Detrás de un viejo muro, ellas, se estrujaron en un abrazo. El mismo había sostenido una verja soportando una planta de alverjillas de antaño donde varios amores fueron perfumados en aromas y saturados de fríos, calores, rocíos y vientos rotados.

- ¡Qué alegría! Tengo todo organizado - dijo Rosa 

Mientras Mary presentó a Rocío, Fausto, Ezequiel y Juana. Sus alumnos. Todos estaban casi listos para terminar su licenciatura en Antropología Social. Ellos en el living de la casa vieron al baúl de hojalata temblar de frío mientras el ventilador  esmaltado con paletas de bronce, rezongaba su antigüedad en un acompasado tiempo a fines de septiembre.

- Bueno, espero que no tengamos inconvenientes para arribar a Melo - Expresó Mary

- No desarmen nada. Solicitaremos dos taxis e iremos hasta Avenida 8 de octubre y tomaremos la ONDA, que nos llevará directo hasta esa ciudad - Acotó Rosa.

Todos estaban más que interesados en el tema. Pero aunque siendo un grupo muy unido, alguien llevaba la mochila del temor, otro de la esperanza y otros ya parados a la espera del ómnibus interdepartamental transfiguraban su figura, como una persona más de esa sociedad montevideana.

- Allí viene la ONDA ¿Dice primer coche? Preguntó Rosa

Todos respondieron que sí. Entonces la mano estirada al costado del cuerpo, detuvo al antiguo carrozado Nº 322 marca GMC de la vieja compañía que unía rincones inhóspitos uruguayos.

Se ubicaron cada uno en sus asientos ya reservados. Pagaron su boleto al acercarse el guarda. Se estiraron y durmieron su cansancio prolongado.

Rosa y Mary dialogaron de temas comunes. El grito del guarda, despertaba a algunos pasajeros en cada localidad a que arribaban, transitando la Ruta Nº 8. Después de horas, el viejo autobús llegó a Melo.

- ¡De a uno por el pasillo! - Se escuchaba al guarda mientras querían descender todos a empujones y trataban de sacar su equipaje del espacio superior y contra el techo.

- Recojamos nuestros bolsos en bodega - Indicó Mary

- Yo voy a llamar por teléfono  aquí a una cuadra de distancia a la estancia para que nos vengan a buscar-  Dijo Rosa.

Al cabo de diez minutos regresó. Esperaron una hora sentados en la plaza del centro de la ciudad. En determinado momento arribó una camioneta con caja detrás. Subieron sus pertenencias. El hijo del dueño de la estancia se presentó a cada persona amablemente. Quienes iban en la caja, acurrucados, mirando por entre el equipaje, disfrutaron del entorno de las serranías aledañas a la ciudad que los llevaría hacia la frontera con Brasil.

- ¿Qué les parece?- Dijo Rosa - Siempre nos albergamos aquí cuando realizamos nuestros estudios. Ellos, los dueños,  están muy satisfechos debido a qué no rompemos nada en su campo cuando realizamos las excavaciones y les demostramos que hemos realizado, buenos descubrimientos. La familia estima que cooperamos con un aporte científico importante a la sociedad oriental. Lo sienten así y lo hacen saber. Ya conocerán a Luis y Ester cuando arriben del campo. 

Después de dejar sus pertenencias en un antiguo pero muy ordenado galpón en el que antiguamente se albergaba a la peonada y que hoy oficia de hogar transitorio para familiares y personas que como ellos se acercan a visitarlos, vieron que arribaban en una vieja camioneta de los años cincuenta los dueños, desde otra carretera interna del establecimiento. Ellos reconocieron a la científica uruguaya.

- Rosa, es una alegría enorme, verte otra vez   

después de algunos meses - Hablaba Ester casi a los gritos. 

Rosa, presentó uno a uno a los estudiantes y a su profesora. 

Los argentinos, devolvieron el saludo fraternalmente e 

hicieron hincapié emocionado de saber qué exista gente 

cómo ellos dispuestos  a colaborar con la ciencia de forma 

desinteresada. A partir de allí el diálogo durante el 

los días posteriores, fue con cordialidad.

- Chicos dispóngase de la mejor manera. Existen cuchetas,  

elementos para cocinar y el baño - Indicaba con gestos ampulosos Luis.

Hacia los laterales de la entrada se veían, apoyados sobre dos paredes, unos estantes de madera sosteniendo algunas carpetas donde en las tapas lucía la inscripción de las Facultades de Ciencias y de Humanidades. También huesos petrificados, piedras, y elementos encontrados por antropólogos, arqueólogos, paleontólogos, geólogos, científicos que de alguna u otra manera habían pasado por allí dejando el testimonio de que el sitio denominado “Estancia La Blanqueada”, contenía restos de importante valor para la humanidad.

Después de descansar, al otro día, el amanecer reconfortaba las piernas para los menesteres antropológicos y paleontológicos.

- ¿Mary, falta mucho para llegar? - Preguntó Rocío.  Luego de haber caminado casi cuarenta y cinco minutos, los chicos comenzaban a cansarse. 

- No, mira aquel estanque seco y ancho. Fíjate que el pequeño macizo rocoso aflora y deja en su interior, una especie de cueva. Bueno allí, están mis amores los pequeños reptiles, que he descubierto - Enunció Rosa.

- ¿Entonces, está usted haciendo referencia a que época, en el tiempo?- Preguntaba Ezequiel.

- En realidad son animales del período Pérmico, mitad del Eon Fenozoico, final de la Era Paleozoica. Una transición entre finales de la Era Primaria y comienzos de la Era Secundaria, casi unos doscientos noventa millones de años.

- ¿Licenciada y cómo lo ha determinado?-  Preguntó Fausto.

- El paisaje era desolado, tristemente desolado. No existía casi vegetación, sin embargo por su conformación yo estimo, que éste lugar parecía ser un abrevadero de animales durante ese tiempo geológico. Es más, lo es hoy día. En realidad, yo vine por primera vez aquí, pues llamaron debido a que de forma casual, un peón de Luis y Ester encontró huesos muy grandes de animales. Ellos se pusieron en contacto con la Facultad de Ciencias  y el Decano me envió a estudiarlos.

- ¿Y los encontró?- Reiteró Ezequiel.

- Bueno encontrados ya estaban - Risas - Ven estos huecos, excavados hace algún tiempo donde la tierra dura y casi pedregosa queda aún con sus huecos a la intemperie, bueno esos huecos, eran los enormes huesos que retiramos con mucho cuidado después de varios meses, te diría años y dónde hoy los estamos estudiando en Montevideo en Facultad de Ciencia, en el área de Paleontología.

- ¿Y a qué animal pertenecían? - Preguntó Juana quién aún no había intervenido.

- Mira, encontramos de varios animales, pero concretamente, eran de la Era Cuaternaria, y los pudimos identificar como de Lestodon, Megaterio, esta especie es la más grande del cuaternario, Esmilodonte o tigre diente de sable y algunos huesos pélvicos de Glosoterio. Estas especies estuvieron diseminadas también en vuestro país por supuesto. Te vuelvo a reiterar, aún se siguen estudiando.

Rosa extrajo fotos y comenzó a mostrarlas Y prometió que al regreso los llevaría al laboratorio de paleontología. También explicó el momento en  que encontró los huesos de lo que ella denominó más tarde Pelicosaurios. Decía: “Saben, debajo de unas rocas,  aquellas hacia nuestra izquierda, ven como sobresalen, bueno allí estaban sus grandes ojos, me miraban azules, por momentos rojizos, por otros verdosos, en fin me penetraban el ser, me daba vuelta y me volvían a mirar, eran animales tan diminutos, pero con un poder tan abrasivo de mí, que no me contuve de acariciarlos, de hablarles, seres vivos de la prehistoria. Pensaba ¡Guau!. No recordé mi familia, mis hijos, nada. Sólo miraba en derredor y quería más indicios y los encontré en las rocas, sedimentos, arcillas, en fin. . . Fieles testigos de la humanidad. Allí estaba el secreto, el basamento era del Período Pérmico, una gran inserción desde el suroeste del Brasil, fue bajando hasta quedar depositado aquí y en otros departamentos del noreste oriental. No obstante, sólo aquí los pudimos encontrar. Después de varios años de estudiar información paleontológica al respecto, encuentro que también fueron hallados iguales animales en África y en Rusia antes de producirse el Pangeo donde se separaron los continentes. Ya no había duda. Mis estudios los envié a Gran Bretaña a la Universidad de Oxford y a la Escuela de Altos Estudios de la Sorbona de París, dónde ambos me contestaron satisfactoriamente, y dónde deberé viajar para demostrar mi descubrimiento”.

En ello, un impulso superior hizo eclosión en el espíritu de Fausto que, no dudó. Esa luz resplandeciente, guió su carne corporal hacia un lugar entre unas rocas, a unos metros de allí. Sobresalía un hueso que no supo determinar. Cuando preguntó a Rosa, ella no dudó, la ciencia biológica no fallaba esta vez. Era un hueso distinto, normal, era humano. Mary miró fijamente a la bióloga que sin perturbarse demasiado, dijo: “Lo excavaremos y llevaremos al laboratorio de antropología forense en Montevideo. Allí sabremos con exactitud su procedencia”

Salieron para su aposento después de pasar todo el día en el campo. Dos días más estuvieron recorriendo la zona. Sin embargo sólo en estos dos sitios muy cerca uno de otro habían huesos que el tiempo los deposito allí como señal inequívoca de su existencia. Otra vez Ester y Luis, fueron depositarios de la nueva noticia. Y volvieron a esperar ahora, al Departamento Forense de Montevideo. Todos se fueron con un agradecimiento muy gentil para con ellos por las prestaciones que brinda su campo a la ciencia. 

Al mes recibieron a nuevos técnicos, absolutamente todos los restos fueron exhumados y sus estudios, deberían de ser conocidos por Luis y Ester y por los cinco argentinos que estuvieron de paso en nuestro país conociendo más de ciencia.












 LA PENUMBRA GENERADA en el cuarto por una luz tenue ubicada desde lo alto del espacio donde estudiaba Fausto se hacía casi imperceptible y casi no permitía deletrear los conceptos por él escrito. Cuando repasaba sus finas letras de grafito, encontraba escrituras como estas: ‘¿El conocimiento objetivo llega pleno al ser humano y define a la existencia como objeto mismo? No creo, pues caeríamos en una oscura senda individual. Siempre la razón y el pensamiento buscan aclarar un más allá impensable dentro de la esfera de la objetividad’ En otros renglones de un viejo cuaderno de anotaciones había escrito contestándose: ‘¿Cómo se revela esto? Por contradicciones, indagando el saber, términos que no pueden  ser conciliados por ningún artificio lógico, no obstante ello es sólo realizable por la existencia. Para poder indagar, son necesarios conceptos  y estos irremediablemente nos remiten a una experiencia que es propia de cada uno y llena el sentido. Vemos pues que, la existencia es posible para quien existe y trata de pensarse’

De sus estudios, él conseguía entender y anotaba que: ‘Existían experiencias oscuras y que con una intuición original y estrujando el pensamiento objetivo se puede llegar a la existencia de cualquier ser’ 

La tarde en que repasaba estos conceptos, estaba cargada de vapores emanados desde el centro de la ciudad. Por entre la rotura de uno de los seis vidrios de la ventana, la luz de esa hora penetraba escuálidamente. Golpearon a la puerta cuando había terminado de escribir su concepto personal sobre la vida donde explicaba: ‘No es más que una breve sucesión de oportunidades para sobrevivir’ Entreabrió la vieja y pesada hoja de viejo pino blanco de la puerta suavemente.

- Sí, buenas tardes -  Vio un hombre alto, tan calvo como las gotas de sudor de su frente

- ¿Fausto Brown? 

- Sí señor.

- Soy el telegrafista, por favor está certificado. Me firma por aquí.

- Con gusto - Fausto reveló con el rabillo del ojo en la parte superior del sobre, unas letras: Cámara de Diputados. Congreso Cordobés.

La bombilla de luz ensuciada por las moscas, fue testigo de lo recibido y aumentó la claridad del amarillento papel escrito por una máquina que rezaba: 

15- 12- 1989

Señor Fausto Brown

Comisión de Derechos Humanos.

Cámara de Diputados

Congreso de Córdoba

Citamos a Usted a comparecer el día 16 del corriente a la hora 16, a esta Comisión, por asuntos personales que serán para usted motivo de complacencia.

                                              Dip. Esc, Hugo González

                               Presidente Comisión Derechos Humanos 


Sólo un momento tardó en recapacitar lo ocurrido hasta aquí en su vida y aunque no tenía con quien hablar, ni rezongar, ni evaluar, por su esófago bajó por primera un vez, un trago de saliva dulce y alentadora. 

Al otro día, después de ascender al colectivo se preparó mentalmente para un motivo tan especial, del que ya estimaba los acontecimientos.

      Luego de esperar unos minutos sentado en un banco de roble y dentro de un pasillo marmolado, el portero quien fue su vocero al arribo, lo volvió a llamar. Lo condujo hasta una sala donde se encontraba sentado el Diputado Presidente de la Comisión quien se esmeró en el recibimiento. Desde un costado de la habitación alguien le estiró la mano. En ese momento, también lo abraza. El Escribano González entonces le dirige por segunda la vez la palabra.

- Estimado compañero, le presento al Presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados  del Uruguay, Diputado Señor Germán Araujo. La fraternidad, sacudió los huesos de los tres.

- Compañero, es una alegría poder estar frente a ti, después de haber viajado tantos kilómetros.  

- Gracias señores, pero no entiendo mucho todo esto.

- Querido, nuestro trabajo en la Comisión sobre personas físicas desaparecidas, durante esta terrible dictadura, hacen que hoy nos podamos reunir- Respondió Germán

- Sí, yo he escuchado. . ., es más cuando tenía tres o cuatro años, no recuerdo muy bien, aunque tengo imágenes borrosas. . . de una señora mayor,  y de algunos hombres. . . - Un largo espacio de tiempo con la cabeza mirando el piso lo mantuvo a Fausto un poco quebrado espiritualmente. Los diputados, respetaron esa ausencia de tiempo real hasta ese momento. Luego pudo proseguir - . . . de subir a un avión, más tarde de mis padres, inscribiendo mi nombre en un juzgado. . .

- ¿Quienes son tus padres, hijo?- Pregunta González. Germán hacía minutos que estaba con el rostro como perdido, en el suelo, pero lo miró atentamente.

- Mis padres son. . . - Su mirada sombría y tardía era vacilante y se perdía hacia un rincón. Entonces contesto: - Roberto Brown y Ruth Smith, viven en El Dorado, Misiones

- ¿Y tú estudias? - Refirió Germán

- Sí, estoy por concluir mi Licenciatura en Antropología Social en la Universidad. Vine sólo. Vivo en una pensión. Roberto me paga todo para mis estudios. Soy único hijo, aunque. . .

- Mira, debes saber que junto a la Comisión de Derechos Humanos . . .

- Sí, es lo que no entiendo muy bien - Interrumpió Fausto

- . . . de ambos países, Uruguay y Argentina estamos haciendo un trabajo de seguimiento hacia chicos que fueron extraídos a sus padres o familiares en la dura época militar - Afirmaba Germán Araujo

- Mi panorama está más claro ahora - Dijo el chico

- ¿Acerca de que detalles en particular? - Preguntó Germán, mientras González recibía tres cafés que había solicitado al ujier.

- En principio algunos sucesos que nunca me habían cerrado. . . - Su rostro comenzó a tejer telarañas de arrugas juveniles y de envejecimiento a la vez. Su corazón latiendo le decía que la vida dura lo había invadido. Cuando volvió a hablar mientras los presidentes querían escucharlo con ansiedad, esa misma ansiedad era contenida por los tres recordando la represión. Reveló su voz toda la existencia suya. La existencia subrayada desde el nacimiento, esa que ahora develaba de frente a autoridades internacionales y desconocidos, aunque francos merecedores de llamarlos compañeros de toda una vida. - ¡. . . Estos padres míos! ¡. . .y su pólvora. . .! ¡. . . y su Banco! 

- Explícate. ¿Qué pólvora? ¿Qué Banco? - Inquirió 

González

- Desde que tengo uso de razón, Roberto, fabrica 

      elementos con pólvora para el ejercito nacional    

      argentino. Pero hace poco fui a Misiones y en casa  

      estaban reunidos gerentes de Bancos. Le ofrecieron una 

      gerencia en Posadas. No entendía nada. También 

      siempre me pregunté: ¿A qué se debe y qué me une a la 

      Antropología Social? 

- Sabes Fausto, nosotros estudiamos tu caso y llegamos a    

      la conclusión que tu verdadera familia está en Uruguay.

- ¡Pero cómo no lo entendí antes!

- Fausto, queremos que nos acompañes. A cuatro cuadras, está la filial Córdoba de Madres de Plaza de Mayo. Ellas te están esperando - Dijo Germán Araujo. Caminaron bajo el sol tratando de jerarquizar otros temas de viejos dirigentes izquierdistas. Pero el joven Fausto, que socialmente comprendía el panorama y evaluaba cabizbajo que, la vida es solo continuas vivencias y oportunidades donde las debemos dejar transcurrir, ardía interiormente. 

Al arribo, la Presidenta de Madres de Plaza de Mayo y dos psicólogos lo recibieron. Emocionalmente, se sintió bien. Durante tres días los profesionales evaluaron sus sentimientos, emociones, temperamento, comportamiento y todo aquello que hiciera que el joven estuviera contenido. A su costado Germán, González y Madres eran un solo órgano. Todo iba encauzándose hacia la realidad. Las Madres destrozadas por las pérdidas de sus hijos sacaban fuerzas de parimiento, para rescatar al chico en cada palabra que le proporcionaban. Los psicólogos después de toda la evaluación, tuvieron la ardua tarea de explicarle que su identidad había sido negociada. Quienes eran sus padres Roberto y Ruth frente al estado argentino, lo habían adquirido como un bien más, por intermedio de conocidos dentro del ejército al que le fabricaban la pólvora.

- ¿Cuánto tiempo hace que no tienes contacto con ellos? - Le preguntó uno de los psicólogos

- Aproximadamente unos diez días que hablé por última vez con Ruth.

- Bueno es ingrato todo esto,  pero debemos anunciarte que ellos, están en estos momentos encarcelados por defraudación de fondos públicos en Buenos Aires.

Fausto no conocía aún esa frontera, esa divisoria de nombres, apellidos, de dos naciones para con un sólo ser. Un solo ser, que a partir de este momento comenzaba a reconocerse cromosomáticamente. Sólo, junto a sus nuevos y ocasionales compañeros y custodias de la salvaguarda de vidas humanas se dirigirían a Buenos Aires. En esta ciudad que antes visitaba de paseo, hoy trataría de explicarles a Roberto y Ruth, sólo en media hora y en el Penal de Olmos, toda esta inquiriente novedad.

- ¿Tomamos un café en algún bar?- Preguntó una de la 

Madres, quienes ahora eran protectoras de aquella juventud oriental, tratando de quitarle tensión a una situación, más que apremiante para el chico. Después, dos Presidentes Parlamentarios, dos Madres, dos psicólogos y él, caminaron por tres cuadras hasta el penal. Por algún breve trozo de tiempo, hacía ya años, el chico había sentido tan íntimamente el despojo, pero hoy lo vivía en carne propia. Ese despojo tan decididamente histórico. En ese dolor, pudo saludar al aire sano, al aire oliente a café, a moka, a chocolate. . . y al humeante candor que desprendían cinco personas cobijando su alma y las de quien sabe cuántas más, indefensas, inconclusas de su propio ser, de su propia humanidad, allí dentro del bar.

      -    Fausto, en realidad tú eres legalmente, una persona de  

            nacionalidad oriental - Rompió el silencio el otro  

            psicólogo

- Entonces, no soy el ser que figura en mi documentación 

Argentina

- Después de haber realizado todas las investigaciones 

      pertinentes, tú eres Abel López, hijo de Amaranto  

      López, Arqueólogo y de Margarita García, Abogada,  

      militantes de izquierda orientales que desaparecieron en  

      mil novecientos setenta. Tu abuelo es General del 

      ejército oriental Lisandro López y uno de los creadores 

      de la coalición de izquierda Amplia Mayoría junto a 

      otros militantes, pero especialmente a su lado otro  

      General Ángel Bresciani. Ellos, siguen esperando tanto 

      para su patria que la entrega ha sido total, hasta de 

      familia. Es por ello que nosotros estamos aquí, para 

      continuar en defensa de sus ideales.

- ¿Entonces. . .? 

Los adjetivos que iba a pronunciar Abel, cruzaron la calle tomados de la mano junto a las demás pautas ortográficas de los luchadores sociales. Entró al penal acompañado por ellos. Al salir, su figura parecía haber sido trastocada por una energía cosmogónica, emanada de los rincones más recónditos de quién sabe que sistema galáctico   

- Queremos que viajemos todos juntos a Montevideo, para tomar contacto con tus abuelos y que te reconozcan, después de años. . . - Dijo pausadamente el psicólogo como tratando de que Abel no sufriera el caos hasta ahora cometido por sociedades perniciosas. 

- Debería pensar, déjenme evaluar. Repasar, unir. . ., unir una separación en dos, dos familias, dos países. ¡Por favor. . .!



































HOLA. . ., es la sede de Madres de Plaza de Mayo en Buenos Aires - El atardecer devoraba bosques en Misiones.

- Efectivamente, señor. ¿En qué podemos ayudarlo?

- Señorita, quisiera hablar con la Presidenta o la Señora Secretaria de la Institución, de parte de Abel López.

- Un momento por favor.

En un rincón de los salones de la vieja casona de la  Asociación, Germán, González, Hebe y Laura, esperaban ansiosos una llamada de Abel. Él durante la noche anterior, había viajado desde Buenos Aires a Misiones. Veinte horas de mirar al sesgo, el tiempo.

La llave de la puerta de su casa, se introdujo como tantas veces en el orificio de la cerradura. Taío, su doberman casi lo desconoció. Sus gruesos caninos, se mostraban sigilosos y su nariz hocicuda, de poco olfato, tampoco había detectado a su hermano de crianza. Retiró ropas, algunos enseres personales y textualmente sobre la mesa del lujoso comedor, dejó escrito:

“Los límites, esos absurdos absolutistas personales, pretenden que la trascendencia  sea la existencia absoluta. Ustedes y yo somos el objeto de una experiencia directa. Pero el tiempo, ejerce en cada uno, la idea de revelación y, los elementos de autoridad no limitan la libertad interior de la credulidad. Por ello, siendo enteramente libre, asumí el compromiso de una existencia y allí encontré la veracidad de los hechos. Agradezco la seguridad y el respaldo que, sólo tuvo sentido en ciertos planos de vuestro hogar. Sin embargo mi yo creyente, me absorbió en su comunidad, me suprimió los riesgos, me acrecentó mi audacia personal y me ayudó a definir el otro ser, él que no es comparable a nada. Mi verdadero ser, el que no posee cantidad, ni necesidad, sólo cualidad y libertad. Hasta siempre. . ., Abel López”

- Señor Germán, disculpe usted. . .

- ¿Qué ha pasado hijo?

- Es qué. . ., estoy en Misiones, debía regresar en búsqueda de algunas pertenencias, dejar algún mensaje sobre la mesa y mañana estoy en Córdoba para solicitar una licencia especial en mis cursos de facultad para pasado mañana a la noche estar allí.

- Bien querido, te aguardamos aquí en la Sede de Madres.

- Tengan fe, allí estaré.

La seguridad de sus actos, demostraba la seguridad de su ser. Después del reencuentro con sus nuevas madres, quedó dispuesto a nuevas tareas sociales profundas.

En cuarenta y ocho horas, sin límites, el pueblo oriental, repasaba en su memoria, esa línea que un día cruzara Abel en brazos de los que habían pretendido borrar su intelectualidad. El Río de la Plata extendió los suyos.  Mientras, una gigante empresaria naviera, como bolsa dislocada por la finanza, depositaba a cinco personas en el puerto de Montevideo. 

Desde la puerta trasera de un taxi negro y amarillo descendieron enmarañados en el lugar indicado. En el asiento delantero, uno de ellos pagaba el importe del viaje. Momentos antes de entrar, en las escalinatas desgastadas de suplicios, en el Palacio Legislativo Oriental, una pequeña muchedumbre entre los que se encontraban organizaciones de Defensa de los Derechos Humanos estaban agolpados en forma de flor. Más allá un cartel en forma de pasacalle era portado por seis personas. El mismo agradecía y daba fuerza a Abel y era firmado por Familiares Desaparecidos Orientales. Luego, con cánticos, emocionaron de tal forma  al muchacho que no pudo contener sus lágrimas. En las personas allí apretujadas, no existían perfumes franceses, pero sí esas tufanadas de olor a seres humanos, exhaladas por el pubis, las axilas, las plantas de los pies y el cuerpo todo. El Palacio Legislativo oriental, abrió sus pórticos sórdidos, y recibió a Abel, Germán, Hebe, Héctor y Laura, a abogados y psicólogos orientales. A partir de ahora, no había descanso. Él mismo, no se lo permitiría. Lo recibieron  en la Comisión para los Derechos Humanos, quedando para una fecha a confirmar, una visita a la sala de sesiones.

Al salir, las escalinatas sintieron con rigor el aplauso emanado de palmas rojas, de los familiares que no habían podido entrar. Todos seguían a cinco seres humanos, que ahora se dirigieron aun ómnibus que los esperaba. Dentro del mismo quienes pudieron ascender, junto a los que estaban, nunca se volvieron a olvidar de aquellos olores. Perdieron hasta los sentidos del salado de las lágrimas, del agrio del sudor, el fétido de algunos alientos y hasta los agridulces de las alpargatas. Se reconocieron,  se hastiaron de besos, caricias, mimos. Y entre idas y venidas, recorridas por diferentes entidades trataron de llegar a Plaza Libertad. Antes del arribo y por los lugares que concurrieron, lo hicieron a la Facultad de Humanidades. En el laboratorio el Licenciado en Ciencias Bernardino Bertalot, de forma conjunta con el Magíster en Antropología Gonzalo Fagúndez y la Doctora en Antropología Forense Marina Sánchez, le realizaron estudios de muestras sanguíneas, capilares y de mucosa bucal para un estudio de ADN que estaba dispuesto a realizarse para su verdadera identidad. Sin lugar a dudas que la revelación sería exacta. Los resultados de los estudios realizados y entregados a los cinco días fueron fehacientes. Abel era nieto de Lisandro y Dora e hijo de Amaranto y Margarita.

Ahora más que nunca, habían dejado el lugar impregnado de libertad.
















ABEL COMENZÓ ENTONCES, a conocer por medio de sus intercomunicadores, esos peleadores de la libertad irrestricta de los hombres, a nuevos seres. Sus abuelos iban a terciar con su lucha interna. Ciencia Médica y Familiares fueron un conglomerado pétreo de voluntades para emprender la búsqueda de sendas de otros seres que como él debían de conocer la verdadera verdad. 

Cuando llegaron a Plaza Libertad, otra multitud y la misma que se traslado hasta allí, lo esperaban. Corearon su nombre, el de su padre, el de su madre y el de su abuelo, viejo general formador de intelectos. Entre la muchedumbre, contiguo a la estatua de la libertad a la que se le había cortado el tránsito como rindiéndole honores, otro descolorido ómnibus acababa de apagar su motor.

      El estrado estaba preparado, los parlantes también.

      Desde un lateral entre la multitud, Germán asió por el   

      hombro a Abel, quien se dio vuelta. 

- Ven por favor

- ¿Dónde vamos?

- Aquí a este descolorido y viejo ómnibus - Cuando la puerta se abrió, casi cayéndose por la escalerilla, su abuelo gritó: ¡. . .Abel! Por detrás Dora su abuela desmayándose, se ahogaba en llantos.

- Nieto mío, tantos años - Las abuelas y madres de Plaza de Mayo junto a las orientales que hacían lo suyo desde este territorio como Familiares Desparecidos, Serpaj y otros, junto a los médicos de las organizaciones,  miraban con preocupación y desenfado a la familia reencontrada.

- ¡Este es mi calor! ¡Cuánto necesitaba este abrazo, abuelos! Ayudado por Germán, su sostén, pudo ascender al ómnibus. Cuando lo hizo, gente ahogada en llanto, sin bronca, con moral, dieron comienzo a un grito ensordecedor: ¡Abel!, ¡Abel!. Su abuelo entonaba el himno nacional, todos se acurrucaron bajo su voz. Todos eran familiares directos e indirectos de una ausencia reencontrada.

Desde los altos parlantes colocados sobre los plátanos y árboles de la plaza, una gran parte de Montevideo supo que: ¡Se mató por descaro! Con bronca contenida y satisfacción emocionada el general López y su esposa, apretaban a Abel, que hizo uso de la palabra después de los representantes de de Familiares de Detenidos Desaparecidos, de Derechos Humanos de nuestro suelo, de representantes de las organizaciones argentinas y de Germán Araujo. 

Cuando pudo hacerlo, expresó:

“Hermanos, todo lo que es mera posesión, está sujeto a cambios - Los aplausos, derrotaron la tarde – Hemos asistido en estos años duros a tormentos corporales y anímicos. Más allá, están los valores espirituales. ¡Se habían olvidado de ello! - Nuevamente el león ronco de las voces del pueblo, rugió - ¡¿Ustedes creen que una persona puede ser representada o sustituida por otra?! ¡Jamás hermanos!

Cuando dos seres, viven un auténtico amor, lo viven para siempre. ¡Y yo soy el fruto de ello! Mamá y papá supieron de ese amor hasta en la muerte. ¡Por eso el amor es eterno. Germán, Hebe, los compañeros Héctor y Laura, junto a todos los orientales compatriotas que se destacaron por este gesto de búsqueda incansable, siguen en la búsqueda de la verdad eterna. Ahora, se suma uno más para ello. Porque el valor de verdad eterna también es obra del hombre del bien. En este sur del continente americano, ha habido verdades subjetivas que se quisieron hacer pasar por eternas- Un abucheo generalizado de ¡Milicos asesinos!, dejaba que el aire penetrara en su interior - Sólo el tiempo, el después, han hecho comprender y han descubierto que eran errores que creíamos verdaderos - Las nubes casi grisáceas, armonizaban al cielo que por sobre el coro de voces de la Plaza Libertad, instauraban el clima allí dominante - Una institución pretendidamente legalizada en la vida social de un país y en el estado, quiso trascender al mundo como categoría dominante de posesión de sus integrantes. Todo es en vano, acaece todo en la voluntad de posesión, inspirados en razones económicas, en la compra y ventas de armas, en la guerra. Pero el único deseo de los corazones de mis padres y el mío, fue y es entender el valor espiritual de la persona sin condiciones. Y ayudar para que el postulado de la capacidad sea: la elección. Pero aquí estoy,  para ello, para ayudar en lo que pueda a construir un ser racional para mi estado.- Las voces, a veces se sobreponían con cánticos antimilitares.- Estoy dispuesto a trabajar en Derechos Humanos para que:  ‘El verdadero hombre, no sea un ser fácil, embaucador, para ello he venido’. Les ruego me permitan ahora disfrutar con mis verdaderos familiares. . . ¡Hasta la victoria!


























ABEL, RETORNA A CÓRDOBA, ciudad breve, como los períodos de tiempo que se suman  y se restan para concluir en la neutralidad y así terminar su Licenciatura en Antropología. Demuestra que el desinterés por su captores de la niñez, fue quedando en el olvido. Su voluntad cobró fuerza de luz potente, siempre ayudado por su psicólogo en Montevideo. Esto abrió caminos nuevos y profundos. En el duro invierno cordobés, frente a tres profesores estaba rindiendo su último examen con un cuadro de exposiciones brillante sobre sociología.  Con ello demostraba a los catedráticos, la forma en que debe de pensar el ser humano. Por otra parte, ellos ya habían corregido su monografía en la carpeta final, él había demostrado que era cuestión solo de estudio y gran parte de genialidad.

Fue ese el momento tal vez inoportuno, pero real. Entró allí casi exhausta la Licenciada Mary Estevez, vieja conocida por todos en la cátedra. 

- ¡Disculpen ustedes! - Jadearon sus palabras y todos la miraron en un tono de inoportunidad - ¡Es que necesito hablar urgente con Abel. . .! ¡Por favor! - La mesa examinadora quedó boquiabierta y pensativa.

- Perdón, con Fausto Brown - Refirió la presidencia de la mesa

- Sí, sí. . . - dijo Mary temblándole la voz

- Es que estamos concluyendo el examen Licenciada. Déjanos disfrutar de la capacidad estremecedora del joven. 

- Abel, sabes que quiero informarte. . ., - Su voz ahora trémula se sobrepuso a la de todos

- ¿Cómo conoces mi nombre? - Interrogó el muchacho que al instante se paró caminó tres o cuatro metros, entrecerró la puerta y atendió a Mary por la hendija que quedó. Desde el pasillo donde ella se encontraba le habló algunas palabras al joven que los miembros del tribunal examinador no alcanzaron a escuchar.

- ¡Abel, Rosa me llamó por teléfono desde Uruguay y me contó todo. Estoy desenfrenada, mi emoción no tiene límites. Pero hay más. . ., los huesos. . ., aquellos que descubriste en las rocas de Cerro Largo cuando fuimos, los Departamentos de Antropología  y Medicina Forense de Uruguay junto con tus exámenes ADN cotejándolos pudieron dictaminar que eran los cadáveres de tus padres, Amaranto y Margarita - El muchacho, altiva su mirada, sus sentimientos encontrados, su ser atado a su firmeza, acarició por el espacio diminuto de la puerta, la mejilla de Mary, dio vuelta, miró al tribunal, se sentó frente a ellos. . . y lloró, exhaustivamente lloró.

- Hijo, damos por finalizada tu prueba  - Exclamó la presidente, a sabiendas de ser madre y de los comentarios ocurridos durante algún tiempo entre el profesorado de la Universidad sobre la veradera identidad de Abel - La certificación de Licenciado en Antropología, Sociología y Ciencias Sociales, la puedes recoger en bedelía, cuando allí te informen - Los catedráticos se pararon, todos le saludaron con un fuerte y emocionado abrazo, aunque sin decirle nada. . .  El último en salir, miró al chico fijamente desde la puerta que, apoyando sus lentes sobre unos libros, desató su sollozo en un viejo y vacío salón de clase pero donde entraba un aire fresco y liviano desde las hojas de la ventana entreabierta.

















      TRES AÑOS DESPUÉS, Abel revalidaba su Licenciatura   

      Universitaria en territorio oriental.

En al año dos mil seis trabajando siempre en el área social  y para los  organismos de derechos humanos, fue a presenciar y luchar junto a centenares de personas en el frente de los juzgados en la calle Misiones de la ciudad de Montevideo. 

Allí, detrás de los vallados especiales, permaneció parado y  hincado horas. En cada mano llevaba un cartel. En cada mano llevaba el alma y el espíritu combativo de Amaranto y Margarita.

Gritos al unísono escuchaba su ser acorazado de rebeldía y fortalecimiento familiar. 

Hacía dos años su abuelo Lisandro había recibido el título de Doctor Honoris Causa en el paraninfo de la Universidad de la República. Él, junto a su abuela y su tía lo acompañaron y lloraron de alegría después que el viejo general, ya desgastado por la lucha denodada en pro de la verdadera justicia social, leyó un mensaje al pueblo con una oratoria digna de un ser humano sin límites. En aquel momento se había referido a que: ‘La justicia social no es de derecha ni de izquierda, es la libertad de los seres humanos nacidos en cualquier lugar de nuestro territorio, con el compromiso ciudadano de crecer y vivir con dignidad, sin categoría’ Pero Lisandro ya no estaba. Hacía casi un año que había muerto. 

Abel vivía ahora con su abuela ya anciana. Ella también estaba junto él en la calle. Redimían espíritus sin precio y almas acongojadas. 

Pero de todos los violadores y asesinos que bajaron escoltados y custodiados por policías del Ministerio de Interior a declarar ante el juez, uno miró las luces que eran accionadas por los disparadores de las cámaras fotográficas.  En él se vio el esbozó de una muesca de sonrisa, la misma,  curvo su rostro, bajó su torso, sacudió la cabeza y el viento le voló el gorro.

Todos gritaron de forma conjunta: “Pajarito, hijo de puta, la puta que te parió” Desde otro rincón y por detrás de las vallas una mujer de las tantas que habría torturado, gritaba con constancia: “Pajarito, la vas a pagar”

Su abuela con las piernas endebles y los brazos arrugados de dolor, junto a su nieto enhiesto, se miraron. Después de años volvieron a escuchar ese diminutivo. Volvieron su rostro para mirarlo. Pajarito Saldaña, en medio del torbellino de policías, cayó al piso esposado. Los milicos no supieron a quien recurrir. Llovieron objetos y pancartas que tapaban parcialmente el presunto cadáver  del torturador que padecía cáncer hacia un año y medio. Volvieron a su casa con Margarita y Amaranto al hombro. Caminaron durante veinticinco cuadras hasta allí, de donde una vez habían sido extraído ambos. Entraron y al encender la radio, una estación anunciaba la noticia: “ Saldaña seguía viviendo, ahora con una hemiplejía que le había paralizado totalmente su organismo aunque sin perder su conocimiento” 

Abel, sólo le dijo a su abuela: “Los hombres libres, no pueden ser ni previstos, ni explicados”.










Colonia 2009

Edición Artesanal  e Independiente



 



















  

 

         






  



 


Horacio Santana

Novela


Él. . .López


El transcurso del tiempo quiso detenerte. La sensatez, abolió la pretenciosa historia de muerte y traición.

Las almas no se acallan con sobrepeso encima.






Colonia del Sacramento

Edición Artesanal e Independiente






















Para la presente edición

Diagramación total Gabino Santana

Diagramación de tapa Gabino Santana

Copyright Horacio Santana Él. . . López

Inscripto Biblioteca Nacional Lº 30   Fº 347a   

Impresión Artesanal  e Independiente

Depósito Legal N° 15315

Impreso en Rosenthal esq. Fray Bentos Colonia

Tel. 45224096

Email: lastejas@hotmail.com






















“. . .la realidad, es más rica que la frondosa imaginación del hombre. . .”

Eleuterio Fernández Huidobro

                                                                                     

                                                                                    5-12-2006

                                                    Canal TVEO Sodre

                                                                      Uruguay


















 







































 




  (. . .)



-    ¡Reacciona, hijo de puta! -  Lacónico y tirano el grito del médico deshollina paredes que no se habían pintado por años. No había tiempo para ello. Tampoco lo habría por muchos años  más.

-    ¡Déjenlo morir en paz!- Con aullidos, detrás de la pared de hilo arrugado, que los separaba, su esposa rompía en guerra intransigente contra el médico que arremetía con sustancias dentro del cuerpo de Amaranto.   

Ella sobrellevaba dolores sublimes del estado inconsciente, que consciente e instantáneamente vivía.

Tirados ambos y sus compañeros por docenas sobres camastros, deshacían días, horas, sueños, ensueños, dolores. . ., eran dominados por torturas. Ya casi expiraban, pero la vida es dura, métrica, dantesca, era verdaderamente recordatorio de últimos bocados de aire y el limbo mental los sustraía. . . 




















25 de octubre de 1966 


- Margarita. ¿Estaremos en condiciones de seguir nuestros estudios?

- Son años difíciles los venideros. 

- Sí, papá está por ascender a General de la División de Ejercito III, conduce a sus subordinados de una manera muy peculiar.

- Estimo Amaranto que, si tu padre se juega por una coalición de izquierda reflexionando sobre el eje temático y las disposiciones que legó nuestro prócer, nosotros desde nuestros lugares sociales, tú en Licenciatura sobre Antropología y yo en Ciencias Sociales, Abogacía, lucharemos de la mejor manera dentro del Movimiento al que fuimos reclutados a trabajar.

Ambos tomando un café con medias lunas en un bar de Mercedes y Olimar, entreverados entre olor a alcoholes de grapas uruguayas no muy bien destiladas en los alambiques de cobres que mal graduaron orujos y aguas azucaradas y olor de cafés colombianos que por entonces estaban de moda, molidos a la vista; aún no sabían que expondrían  sus vidas en Montevideo.

El Movimiento Revolucionario Oriental había nacido un poco con ellos.  Otros actores jóvenes, no descreían tampoco de la lucha revolucionaria que se estaba gestando. En  principio sobre papeles estudiados detalladamente y mas tarde sobre acontecimientos posteriores en los que empuñarían hasta las armas en forma defensiva, que era la forma de utilizarse, según el legado de la organización.













































( . . . )



- Mátenme hijos de puta. ¿En  dónde estoy? ¿Qué hago? ¿Qué haces dolor. . .? Yo seré. . . ¡Qué estúpidos. . .!  Híncale más milico perro, que tu  picana es muy superficial para mi endurecido cuero. . . ¿Ya has pasado líquido infernal, pretendidamente quemante de ideas. . .? Sí, soy yo. No otro. Mi movimiento serpenteante es lo que hay delante de ti, de tu genocida presidente. El Movimiento por ahora es el aire, moléculas trashumadas de colores, chocantes, que se posan dentro de mis pulmones y purifican el aire de mi república. Las venas hinchan y no deshinchan. ¡Padre prosigue tu lucha! ¡Despiértame! ¡No aflojes Amaranto, te lo pido yo mismo, por mí mismo, por la integridad Oriental!






















25 de octubre de 1966


- Sí Margarita, creo que es el lugar de trabajo - El humo del  café impregnaba el lugar, penetraba en los ojos. Sus manos entrelazadas a la altura de las cabezas y apoyadas en los codos, demostraban a un veterano sentado sobre un taburete del bar, que Amaranto y Margarita se amaban en la profundidad del ser sexual de cada uno de ellos. Mientras tanto las hojas de los árboles recién brotadas y con empuje desprendían la primavera y les golpeaban el vidrio como queriendo entrar - Me duelen las piernas. Estas cuadras desde Facultad me agotan, pero me devuelven el sentir de la sangre oriental dentro de mí, cuando nos reunimos aquí.

- ¿Dentro del gremio, crees que podremos reclutar a alguien para nuestra célula? - Preguntaba ella, mientras otro, sentado en un taburete, sorbía un trago de vino tinto que le teñía momentáneamente el bigote amarillo blancuzco con vetusto olor a tabaco. Luego, dormitaba recostado al mostrador de mármol. El mozo charlaba de la situación del país con el dueño gallego que hervía huevos para dejarlos duros.

- Alfredo, Alfredo es la persona indicada. Él estudia fervorosamente sociología, es inteligente y va de frente. En nuestro sector debemos de golpear duro contra este sistema perverso, demoníaco, que se encuentra en el gobierno.  Hablaré con él en Facultad, estimo que de acuerdo a sus estudios sabrá entender nuestro sistema y a que pretendemos arribar

Amaranto cambió de asiento. Junto a ella, miró el lugar anterior ahora vacío, apoyó primeramente la cabeza en el vidrio, se acercó, posó sus dedos calientes sobre la frente de ella y recorrió con sagacidad amorosa las mejillas. Entonces, los labios de Margarita mordieron los de él con fruición. Los ojos celestes y marrones se perdieron dentro de una fogata de sudor y semblanza pasionaria. El ventilador de hierro como armadura terrible y dura, sin embargo les aireaba la situación.

- Estaremos en condiciones de lucha, cuando el 

reclutamiento sea efervescente. Cuando el sistema celular corrija cuadernos mal redactados por los políticos al servicio de Estados Unidos, habiendo ganado la lucha.

- Sí amor. ¿Piensas que podremos ir a nuestro frente de 

batalla hoy? - Decididamente ella, enredó sus dedos 

finos, delicados, en el pelo de Amaranto mientras el    

vidrio también enfriaba su nuca.

El momento invitaba a ambos para ascender tres escalones del ómnibus número cinco con destino a Manga. Los dejaría a unas cuadras del norte montevideano. Casi escondidos detrás del Hipódromo de Maroñas, muy cerca de Avenida Cuchilla Grande, poseían entre los más desposeídos una pequeña habitación de bloques de hormigón, sin revocar y techo de zinc.  Ellos y las humedades penetraban las tardes, las noches y mañanas. De allí surgían estudios casi terminados, besos que circunvalaban desde zonas oscuras a senos febriles, desde dedos calmando dolores inguinales y acompañando erecciones súbitas por horas, a semen desparramado en partes interiores y exteriores ya mordisqueadas sobre muslos cansados. Allí dentro, el olor a guiso oriental, carrero, calmaba por instantes el hambre y devolvía energía para desatar un nuevo amor instantáneo, un amor de pareja joven. Pareja prometedora de estudios sociales orientales. Desde lo sepultado en nuestras tierras hasta los discursos defensores de derechos individuales. Así como la lucha armada, de armas defensivas, en salvaguarda de nuestra orientalidad. Todo se daba allí. La ventana cuadriculada de vidrios avisores delataba los movimientos del Batallón de Caballería, que por ella se dejaba ver.  Cuatro tablas oficiaban de estantería para libros de antropología, sociología, demografía, historia mal contada y de la extraída de diarios latifundistas y expedicionarios. También la verdadera, la que nuestro máximo General José Artigas, veía para el futuro oriental. Así como Códigos Tributarios, de Comercio, Civiles, todos eran mudos testigos y pacientes espectadores del arribo de Amaranto y Margarita en sus estudios universitarios. 

Porque amor y sabiduría confeccionan la patria. 


































( . . . )



- ¡Amaranto! ¡No te vayas a morir! ¡No por favor! - Suave 

y dulce, firme y gritona,  con sus finos dedos, la abogada 

rasguñaba las telas de lienzo de separación en aquel 

terrible hospital de sangre.

- ¡Ven conmigo señor! ¡Apiádate! ¡Este soy yo. . . 

Amaranto! ¡No aflojes carajo! No emitas juicio 

Amaranto. ¡Es un orden oriental! Prosigue callado. . .

No emitas palabra. . . ¡Tus palabras, pueden perjudicar al 

pueblo oriental!

- Sigues callado hijo de puta. ¡Enfermero! ¡Hágalo          

reaccionar. . .! - Se dio vuelta al irse, demostrando fiereza hasta con su túnica desvencijada y de perfil profirió gritos: - ¡Éste no emite palabra, pero qué le pasa. . .! ¡Párenlo! ¡Después. . ., inmersión!

- Doctor, pero es que hace cuatro días que está boca abajo  y con sus piernas hacia arriba. Sólo emite gritos desesperados diciendo que no va hablar. Desde que fue hallado hace un mes, de acuerdo a sus indicaciones ha comido en cuatro oportunidades y después. . .

- ¡Después que. . .!

- Sólo suero, doctor. . . en los momentos que lo permite, si no se lo arranca.

Se retiraba detrás de la orden genocida, cuando escuchó al detenido.

- Aguanta subconsciente. Estoy vivo y eso es un  privilegio de oriental bien parido. No existe sufrimiento. 

¡Escucha subconsciente! ¡Subconsciente de 

Amaranto: Tus torturadores están de orgía, están 

felices. Mírame a la cara y dime: ¡Aguanta 

hermano Amaranto! Y yo te diré: ¡No sé hasta 

cuándo subconsciente!

Y te diré también: ¡. . . estoy en el limbo. . ., estoy subconsciente. . .!

Volvió, su asquerosa túnica tapó el rostro del muchacho, escupió hacia un costado y le incriminó:

- ¡Párate hijo de puta!  

- ¿Dónde? - Preguntó el inconsciente.

- Ahí en el patio

- Hay sol. . . - Palabras huecas, casi dormidas fueron emitidas por Amaranto

- ¡Te voy a refrescar con agua de sal!

- No sé. . .

- ¡A ver enfermero!

- Sí, doctor. . .

- ¡Doctor Coronel!, Llévatelo al patio. ¿Y esta cretina de la cama 25. . ., averigua?

- Es la mujer  del que mandó de plantón. Del de la cama 20, señor.

- ¿Estás consciente conchuda?

- ¡Sí! - Enfática, ruda, consciente, hembra, original, quieta, no dejó amedrentarse. . .

- Encapúchala bien y ponla en el otro frente. ¡Entendiste, enfermero!

- Sí, doctor - El médico torturador se retiró del ambiente y el enfermero oye.

- Voy sola. 

- ¡No me comprometas, ponte la capucha!

- ¿Y el suero? - Aunque fuerte un dejo de resignación trasmitió la personalidad de Margarita.

- Ya te lo saco

Sabía lo que era esperar. . .













3 de diciembre de 1967


- ¿Amor, estás aquí. . .?

- Sí querida, en el baño - Gritó Amaranto. Su pequeña habitación, ya poseía un espacio de un metro veinte por un metro donde realizar sus necesidades y bañarse. Cuando habían ingresado, sólo poseían la pieza para dormir. Un antiguo tanque galvanizado para quince litros de agua caliente y una roseta que se abría con una piola, era la ducha.

- Sabes Amaranto, hace ya dos meses que no menstruo.

- Me embarga la alegría mi amor - Respondió él.

- Sí, vengo de la Sede del Movimiento Revolucionario Oriental. Conversando con Claudia que dio su examen final de medicina ayer y cree que aprobó, casualmente la pregunta final a defender fue, sobre las condiciones en que queda el sistema hormonal femenino en los momentos posteriores a la fecundización. 

- ¿Allí te enteraste? - La abrazó, la besó, sus manos recorrieron una y otra vez los vellos pubianos de Margarita y se echaron sobre la cama - Entonces seremos tres veces felices, los dos casi recibidos, nuestra República Oriental victoriosa socialmente y nosotros, orgullosos de nuestro embrión oriental.

- Sí mi amor - Mientras ella insertaba sus manos, aún pegajosas de sudor apretado, adquirido en los ómnibus, en los cueros de asientos y los depositaba sobre el cuerpo desnudo de su compañero recién bañado, proseguía diciendo - Cuando Claudia, me habló de su examen, recapacité y le pedí consejos. Me dijo que fuera a consultar con la compañera y Ginecóloga Dra. Benítez, militante de aquí muy cerca, el Barrio de Manga. Hablé con ella por teléfono y solícitamente me comenzará a atender en su domicilio.

- Con nuestro futuro hijo mi amor, trabajo social, estudios. ¡Ay Margarita, Margarita, cuánta felicidad! Estar en tantos frentes de batalla a la vez y que todo va surgiendo bien - El compañerismo matrimonial, militante, exuberante y parsimonioso, permitía el crecimiento del futuro oriental.

Esta vez un puchero criollo, levantó vitaminas de madre y padre. Dos días más tarde, Margarita comenzó a atenderse con la doctora Benítez. Fueron ambos. La compañera militante dio las primeras indicaciones y a la salida caminaron felices las calles de Maroñas. Se encerraron, el olor a humedad no los perjudicaba. Estudiaron sus últimos exámenes, mientras la ventana de vidrios cuadriculados seguía delatando al Cuartel de Caballería.

A la tarde del otro día, en la casa paterna de Amaranto, el futuro General del Estado Oriental y fundador del nuevo partido político de la nación Amplia Mayoría.  Lisandro López, recibía a su hijo, su nuera y su futuro nieto. Fue un momento de mucha distensión familiar, de armonía, paz y reflexiones hacia la patria.   

- Coronel no creo justo, pero sí necesario, anteponer un estado de ánimo que, fluye en algunos rincones orientales de mi cuerpo. Ahora con nuestro hijo dentro de mí, en pleno desarrollo y crianza, se retuercen temores, contradicciones, que como ser humano podremos fingir, aunque sólo en parte. Se hace imprescindible preguntar en este momento si: ¿Podemos dialogar sobre la objetividad de formas? - El Coronel escuchaba a su nuera con formalidad militar. Suponía  las preguntas de Margarita. Él, como viejo conocedor del ambiente político miraba la muchacha, como hija, nuera, militante, en su cerebro sostenía que ella hablaría respecto del pueblo, de progreso, de cambio de situación, de la justicia social. . . - ¿Coronel, siente corresponsabilidad entre su lucha interna y la nuestra como movimiento social? ¿Si así fuera entonces, cuando logremos el triunfo, no habrá sido en vano haber dejado atrás a mis familiares, a mi pretérita memoria de vida y será orgulloso el futuro en que, se reproducirá la historia de José Gervasio Artigas, de su Artigas, por el que usted se formó en su carrera militar?

- Sí querida, debo decirte que tu breve narración de preguntas, concuerda fielmente con mi pensamiento, el de mi hijo y de nuestra familia. Han crecido los momentos de lucha intensa dentro de mí y algunos oficiales superiores, creemos en la posibilidad de cambio. Jamás discuto el contenido de la propuesta nacional, tampoco atribuyo a alguien por falta de conocimiento el infortunio por la que pasa la masa social oriental. Entonces, nos hemos propuesto no ocultar nuestro dolor interior por los más jóvenes, los marginados. Vivamente y sin enojos, desde que emprendí la retirada de mi pueblo natal en Tacuarembó para iniciar el Liceo Militar, un matiz de causalidad y apreciativo para con mis gobernantes de turno y mis superiores, han conformado en mí un carácter de confesión muy marcado. Los pequeños momentos de desazón, han sido cambiados por ilusiones para  comenzar a estar junto a ustedes, de saberlos fuertes al calor del pueblo. No temas. Tu hijo vendrá a ser el nieto presentido hace años y el ser donde residirá vuestro sacrificio, el de nuestra familia, el de la tuya por que no, será el nieto enrostrado de claridad para las futuras generaciones - Ella y Amaranto, se miraron y estrecharon en un abrazo a Lisandro López, mientras tanto él proseguía: - Ustedes firmes en sus acciones, no pueden ni deben dejar de entender que este es un año clave para el pueblo oriental. Presiento que el actual gobierno terminará siendo un declarado enemigo y que nos están mirando de soslayo a algunos militares como renegados milicianos. ¡No olviden nunca, nuestra conducta se transformará en norma cuando, aprendamos a reconocer rigurosamente a los contrarios como tales. Así quedará consolidado nuestro polo de unidad. Hoy estamos con esmero y valentía transformando la historia, por qué hasta hoy día, los filósofos de la Historia Oriental, nos han mostrado pequeños “encuentros”, “episodios”, “asaltos”, “batallas”, desde sus folletines, han dejado de lado los copiosos derramamientos de sangre. Debemos de ser justamente nosotros, maestros, investigadores honrados, técnicos y el pueblo, quienes conservemos métodos de pureza. Estudios de los medios verdaderos, auténticos, son nuestra tradición desde sus orígenes. Debemos retornar a nuestra nacionalidad Charrúa, esa demostrada raza participante de la formación de este suelo patrio, esos conductores naturales de gesto adusto y serio pero, con cualidades innatas extraídas desde el tala, el coronilla, el molle, el cielo, el puma, el yaguareté, el ñandú y la naturaleza toda, desde su aprendizaje, debe de conformase el nuestro - Miró a los casi profesionales y padres y concluyó diciendo: - Debemos sentir respeto por la verdad, su carácter único y futuro devenir. Los grandes hombres deben ser mirados por la sangre, por el espíritu, por su educación. Se trata esta de una tarea muy seria, quizá. . ., algo trágica - Dándose vuelta, besó a Amaranto, estrechó en un abrazo a Margarita contra su pecho, luego tomó asiento en el sillón giratorio de su despacho contiguo al living, dio medio giro  y miró detrás de él, en suspenso la biblioteca. . . 

Amaranto concibió una mueca que se adentró en el ser de Margarita. Se paró, acercándose a ella le acarició el vientre, sonriendo y con ojos penetrantes, aunque dulces, como hijo oriental, fiel y caro a sus sentimientos, rozó la mejilla de su compañera, íntegra, fuerte, capaz, la besó en los labios 

finos. . .Muchas veces habían excitado sus nervios dentro de la sociedad inacabada, opresiva, repelente. Aunque la consideraban como un curso lúdico, con el pueblo dentro del juego, sabían que quien se escindía provocaba eso: “Que te miraran como estudiantes de escuelas selectivas”, sin entender que eran profesionales de profunda seriedad. No les importaba esto, aunque lo sentían dentro de sí. Lo que también sentían era que una nueva historia acaba de empezar, estará con plenitud terminada cuando dolorosamente la amargura de los sucesos por venir, sepan ser superados. 

Pidieron disculpas, miraron el reloj de ella, se excusaron de tener una reunión con sus compañeros y se retiraron después de besar a la madre de Amaranto. Deseándoles ella, buena suerte en el cuidado de los tres. 

Ellos, no visitaban muy a menudo a sus padres.

































( . . . )



- ¡Plantón, te dije. Hincado, NO!

- ¡Denme agua! - Suplicaba Amaranto

- ¡Cómo no! Denle agua - Ordenó el médico, mientras después de dos días la posición de su esqueleto era ya la de un viejo. Inclinado sobre sus huesos, atravesado por los rayos de sol oblicuos, así estaba incidiendo su persona sobre el pedazo de tierra que estaba dispuesta a acogerlo para que no sufra más. 

- ¡Toma, cretino! - Ésta última orden levantó espiritualmente a Amaranto que oyó de boca del enfermero, una pronunciación seca, pero a la vez débil, como codificándole el subconsciente nuevamente, como reforzándolo. Demostrativamente en su intimidad, un patio arrebatado de seres semidesnudos, medio muertos, esclavos de un médico atroz, conocedor de los límites infrahumanos, los recibía a veces frío, otras tibio, caliente. . . - ¡Bébela, te ordenó el médico! Acercó el recipiente a los labios y un trago salado descendió desde su lengua hasta su estómago. El dolor hiriente de los labios, el sudor interior, el sufrimiento ondulante del esófago terminó enmoheciendo la flora intestinal hasta secarla intransigentemente.

- ¡La puta que los parió, milicos paridos de las entrañas en llaga de sus madres putas! - Concluyó. Concluyó por qué el médico también sabía pegar. Asestó terrible mandoble en le plexo solar del indefenso, atado y maltratado hijo del Coronel Lisandro López.

- ¡No le peguen! Eran las palabras incandescentes pero apagadas de Margarita. Ondas de voces sueltas, dóciles, que ella transmutaba en amor, amor luchador hacia los demás, las que se percibían, desde casi cincuenta metros.

- Tráemela para acá, enfermero - Sacó el tirano de lo que parecía ser una vieja morgue, una camilla amplia. La llevó a su oficina, unos metros más allá. El enfermero aturdió por los gritos de Margarita. A empujones, la depositó en un rincón del lugar. El médico torturador, comenzó con frases dulces, enternecedoras. Se sentía seguro. Los guardias que no eran sólo hombres, pasaban a unos veinte metros de distancia, entretenidos en mirar el hacinamiento exterior. Faltaba cuidar el instinto del criminal. 

- ¿Dónde estoy? - La capucha debilitó aún más la voz punzante y suave de la muchacha

- ¡Aquí mi amor. Quiero escuchar tu voz plena, limpia! -Y le sacó la capucha. Ella comenzó su gritería sollozante. Pero impunemente, amordazó a Margarita. - ¡Tengo necesidades! - Ató sus manos que hubieran cometido un tajo rajante en su rostro. Ella se estremecía, inclinaba su mentón hacia uno y otro lado, como negando la situación. De pronto el dueño de la escena de los minutos atroces, desprendió su chaqueta, las sucias manos se movieron con una soltura degradante y luego de que, desde la bragueta un botón cayera al suelo, tomó su sexo, que había quedado al descubierto y se lo mostró impunemente. Hizo a un costado la túnica gris mugrienta y de un manotazo como estaba acostumbrado, bajó velozmente el pantalón de la muchacha. Con su cretina gallardía, penetró a la indefensa mujer. Ella se tensaba, pretendía erguirse, pero él triunfal, con un sudor jorobado e inundado de sarcasmo militar había terminado casi ya su tarea. Ella, con la luz azulada que le daba en pleno rostro, nunca cerró los ojos, por ellos corrían lágrimas duras, recorría paredes y con el pensamiento cortaba de un cuchillazo el cilindro carnoso que estaba erguido como una piedra casi torcida. De su lado cuando él se vistió, bajó de la mesa mortuoria a la muchacha y se la entregó pronta nuevamente al enfermero para que siguiera de plantón en el patio.





































24 de agosto de 1968


- Estos dolores. . .Amaranto ven,  mira en el inodoro, expulsé algo dentro de mí.

- Sí, amor es el tapón mucoso.

- Debemos de ir a casa de la doctora Delia.

El vientre de Margarita estaba  besado interiormente. Su hijo la acariciaba, posaba las yemas de sus dedos impregnadas de huellas digitales acunadas en entrañas maternas, durante nueve meses. Las últimas proteínas eran absorbidas por Abel, que desde dentro empujaba su ser existencial, nuevo. Estos habían tensado el cordón umbilical. La placenta despegaba centímetro a centímetro la vida misma. Una vida oriental, que pedía a llanto y risa su libertad exterior un veinticinco de agosto de mil novecientos sesenta y ocho.

- Jadea hija. ¡Puja! Contiene tu respiración que Abel está aquí en mis manos. ¡Respira hondo! Uno. . ., dos. . ., 

tres. . . Empuja, exhala lentamente aire - Dulcemente la Dra. Delia Benítez controlaba a la primeriza en su clínica domiciliaria de la curva de Maroñas.

- ¡Ay, los dolores! Son tremendos. Las contracciones 

Delia. Son muy fuertes arrítmicas.

- Siente mi mano, amor. Deja fluir tu hijo sin desesperarte. Cobíjalo entre tus piernas, mécelo de aquí para allá, ayúdalo y el devenir de Abel será promisorio. 

Con fuerza y amor alentaba Amaranto a Margarita, mientras secaba  con un algodón humedecido los labios de su luchadora compañera y apoyaba los suyos en la frente de la parturienta.

- Vamos a intentarlo de nuevo. Sopla. Aspira. 

Profundamente. ¡Exhala rítmicamente! Haz fuerza con tu abdomen hacia abajo. ¡Vamos princesa! ¡Fuerza! 

Uno. . ., dos. . ., tres. . . Ya viene corazón. Allí está. ¡Aquí entre mis manos, su cabecita arrullada de amor! Ya está. Última vez. . . ¡Uno. . ., dos. . ., tres. . .!

- ¡No aguanto más Delia!

- ¡Fuerza cariño! Nuestro hijo respira ya el aire, oxigena sólo, es hermoso. . .

- Sí, ya está conmigo. Veamos cortemos aquí. Golpéalo un poquito en su colita enfermera, para que llore. Eso es, bien. . . ¡Muy bien Abel!

- Si, pero yo no doy más. ¡Estoy extenuada!

- Ya. Ya. Te pido la última ayuda. El último pujo, la placenta está perfecta y todo salió de maravillas. Cómo esperábamos. ¿Verdad, papá? ¿Cómo si supiéramos?

Margarita esbozó una sonrisa. Se dormitó. Abel fue lavado por la enfermera. Amaranto se distendió y durante dos noches tuvo que dormir allí en la clínica. Delia intuyó que había realizado un parto para una trayectoria de miradas especiales, de fragor humano. Estando junto al abuelo de Abel, finas virutas de tiempo iban a transcurrir. El General Lisandro López y su familia, aún no sabía la noticia. . .

Margarita y Amaranto solían pasar días sin ir a la casa de ellos. Lisandro, ese criollo oriental, transportaba sobre sí ideales comunes a Delia que proseguirían  caminos de orientalidad. Después de recuperarse, llevaron a Abel a casa de sus abuelos. El patio pareció estremecerse, el ovejero alemán grabó en su hocico los mil olores del nuevo integrante. Los pájaros revolotearon en el árbol casi centenario dejando atrás en sus vuelos, algún balcón oxidado furtivamente en otros hogares aledaños. ¡Todo aquí era libertad!

El entrar, el abuelo preguntó: ¿De dónde viene y hacia dónde va este orientalito, Abel López? 











( . . . )



Su voz tenue emergida entre el inconsciente y el consciente dice: “Estoy tirado. Han pasado días. Aguas salobres. . . Quietud malsana. Aún estoy vivo. Recuerdo mi último examen de antropología. El tribunal me preguntó: ¿Cómo sería posible medir una verdad en la sociedad por la que transitamos. . .?

Sigo recordando. . .

Pasa un milico y me patea. Grita. . . ¡Son aullidos de carne viva, pútrida!

Respondo: Creo que la verdad la podría medir según las inteligencias unipersonales. Aunque deberíamos instruírsela a los más débiles, para que no se vuelvan locos. Jamás enseñársela a los malvados pues cometeríamos un pecado capital, con sólo un trozo de ella, podrían obtener fragmentos que destruirían a sus congéneres. Quisiera aprisionarla en mi corazón y mi mente para después, poder hablarla, enseñando mi humilde tarea.

Creo que en la fe de mi convencimiento, está mi sana arma de combate. En la creencia de estudio del ser humano, la fuerza para seguir adelante. Y en el silencio, este silencio oriental, mi coraza de amor y sabiduría  parta consagrárselas al prójimo. Y me consagraron: “Licenciado en Antropología” 

- Seguís en silencio - Agregó el doctor militar.












( . . . )




- Sáquenlo y me lo llevan a la camilla. ¡Suero con él! 

- Aquí está tu comida - Agravia otro enfermero - ¡Pon el brazo! - Y lo pinchó sin saber que hacía.

Amaranto era ya casi un cuerpo sin dinamismo. Experimentaba su infancia, la juventud y la vejez tirado sin lamentaciones. Pero dejaba de ser porvenir. . .

- Mi hijo. . . exclamó casi por última vez

- ¡Tu hijo. . .! ¡Tu hijo. . .! ¿Qué hijo. . .? 

Desde fuera con vestimentas de cortezas, cabellos enmarañados pero encaprichados, esa ermita humana sin pronunciar palabra de todas la pronunciadas hacia el Señor, se transportaba Margarita con sus pies ennegrecidos de coágulos. Su cuerpo tampoco existía. Los miembros parecían disecados por el soplo del viento, el chasquido de la lluvia y el calor del sol. Su esqueleto árido, seco,  tempestuoso, llevaba encima su piel momificada. No pudo ver el triste lugar. Sólo escuchó la voz de su marido, clamando por el hijo de ambos y su expiración. . .

No obstante ella, de acuerdo al hilo espiritual que los unía, recordó también en ese instante el día en que se recibía como Doctora en Abogacía y Ciencias Sociales. Se lo habían impuesto ambos, antes de que los destructores, los hubieran encarcelado. Ese pacto grabado, fue tal, que a sabiendas que la tierra estaría lejos, el espíritu y los años trabajados y estudiados, darían sus frutos en Abel. Para la familia, para la sociedad. . .  Sabían también que el cielo estaría mudo. . ., pero que como en un  desierto, desnudos, habrían superpuesto el sello del supremo sacrificio.

Luego del intento de sacarla de su éxtasis interior y por el término de aproximadamente cinco minutos después de que escuchara el final terrenal de Amaranto, se oyó: 

- ¡Nuestro hijo. . .! 

Y la misma traidora reacción de las implacables neuronas, mudas, pero de tez soleadas de patios polvorientos, la estrecharon en un temblor y escuchó:

- ¡Tu hijo. . .! ¡Tu hijo. . .! ¿Qué hijo. . .?

- No importa. Lo entenderán después de nuestra 

muerte. . .  

Sólo un lazo de exhalación fatuo, unió a dos seres que, unidos durante cierto tiempo, se aunaron para que otros seres en el futuro, entren con ellos en su luz celestial.

Arrastrando las capuchas y las esposas, esa pequeña multitud maligna, asesina, aterradora, llevaron sus cuerpos huyendo y sin dejar rastro. Los cadáveres de los compañeros cónyuges se hundieron en la tierra, sin enterrador, pero sobreviviendo en alguien. . . Ese suelo, donde cultos lunares y solares los harán brillar por la eternidad de sus espíritus, ahora libres.

























LISANDRO como épico generador de energía, nació junto a un candil, contiguo al pedal del fuelle que alimentaba de oxígeno a la fragua, donde José su padre daba comienzo a las jornadas de herrero. Los fardos de paja que las iniciaban, oficiaban de respaldo y apoyatura cobijando a María, su madraza, antigua paridora de hermanos. Un anochecer hecho noche, esperó a ella que sabía jadear, pujar, contener y exhalar el aire mezclado en combustión con carbones pétreos del Tacuarembó.

Josefa, con olor a ruda en su delantal blanco, había llegado en un charré con el que José había rodado ocho kilómetros para encontrarla. Eran tiempos justos, que combinaban él y su zaino para el comienzo de los nacimientos. Esas carreras, fueron catorce, en la que Lisandro ocupaba el lugar ocho. Todos los niños, exhalaron después de unos días de nacidos los perfumes de Valle Edén a unos kilómetros de la herrería, donde José y María los arrimaban a Josefa, para que la partera de campo diera el visto bueno del estado de salud de los pequeños.  

“La Oriental” se había concretado por oficio adquirido de los abuelos de Lisandro. Se estiraban rejas, enllantaban ruedas, se forjaban puntas, cortafierros y elementos para trabajar el campo y las canteras de piedra.

“A trabajo seguro, más Oriental, seguro” era el dicho de José. Desde distancia, se escuchaban a diario, trotes chasqueros y dos veces a la semana en mil novecientos dieciocho, año de nacimiento de Lisandro, el ruido a motor de las nuevas locomotoras arrastrando vagones en la línea del norte. Entonces, se alentaban sonrisas, en el domicilio López-Rodriguez. El ruido a metal, aumentaba el disfrute que a diario producía en José el saber que: “los hierros le daban de comer a la familia”. Eran épocas de fuertes nacimientos, también de dignos campos parcelados. Arroyos escrutados todos los domingos por la familia, los arrullaban entre declives pedregosos. Sabores ideales de un valor geológico, floral y donde la fauna entretejía mañanas y tardes, para un descanso nocturno, fueron testigos del crecimiento de Lisandro.

Junto a su hermanos, conoció de apretujones mañaneros, entrelazados brazos, pisotones, empapaduras y también furiosos barquinazos dentro del charré que los llevaba ala escuela.

Allí todos concluyeron en cuarto año. Después, irremediablemente debían de ir a la ciudad de Tacuarembó, distante cuarenta kilómetros. Sus padres, notaban certidumbre en las convicciones de Lisandro y austeridad en las lecturas del ideario artiguista. Cuando él las encontraba en su escuela, con el pedido correspondiente a su maestra, que también oficiaba de consejera y educadora de la orientalidad, llevaba los libros a su casa.

Supo del ordeñe, viendo llenar los tarros de leche. Rajó la tierra y ayudó a sembrar obsoletamente. Encorvó sus jóvenes años sin regaño, cuando las plantas de boniatos le hacían sangrar los dedos  con su leche vertida y potente. Él recogía zapallos al sol, recorría la quinta, regaba en los atardeceres iluminado Sirio y el lucero que brillaban sin entrar la noche. 

Seguro que esa iluminación le guió hacia un vagón de ferrocarril rumbo a Montevideo, cuando apenas tenía diecisiete años. La estación central inaugurada hacía poco tiempo, lo acogió. Con todos los recuerdos frescos, Lisandro contenía los hierros franceses a punto de desplomarse para él y de pie observaba las bombillas amarillentas y grandes. 

Hasta el amanecer declinó conocer la capital. El segundero del gran reloj de la estación acompasaba el albor del día. Cuando el minutero arribó a las ocho, se acordó del guardapolvo blanco, de la maestra empeñada en enseñarle la hora ocho años atrás. 

Entonces le urgió el deseo de llegar al liceo nocturno. El estado le acogería para un futuro sincero y real y él se acurrucaría a su amparo benevolente.  Ese año mil novecientos treinta y cuatro, huele otros aromas, turcos, africanos, suizos, norteamericanos. Aunque, nunca se le truncó el olor del sarandí, del ceibo, del espinillo. . . Sin embargo en la patria oriental otros hombres y el estado huelen a pólvora. Existían hombres más guerreros que honestos. En su ser comienzan a revolucionar ideas renovadoras. Es por ello que, aquellos días de todos los colores, utilizados para una pegatina frente a su liceo, lo hacen preso político menor aunque, sin motivo para  averiguaciones. Elementos que hubiera utilizado para destacar sus ideas orientales. En este devenir de tiempo fresco, va conociendo a profesores y alumnos nuevos. Le inquietaba verdaderos conocimientos. . . Un día, le plantea a un compañero: “Seríamos otros si defendiéramos la patria como lo hizo nuestro prócer”. Flotó en el cerebro del otro chico el beneficio de la duda. 

- Sabes, considero de valor tu sugerencia. ¿Pero, después de dos días de tu planteo, que ocurrió en ti? - Preguntó Ángel Bresciani a su amigo.

- Presiento que desperté en ti, el hervor de aquellos pagos rurales.

- ¡Despertaste tú también, Lisandro!

- Los engreídos orientales, llevan el infierno en la imaginación. ¡Observaste Ángel!

Mientras a Lisandro, desde su espíritu le comenzaba un poder apasionado y un encantamiento arraigado por la patria, dijo: “Faltan solo dos meses, terminamos este año e ingresamos a la Escuela Militar” 

Fue un pacto de honor juvenil y de por vida.









      ANGEL y Lisandro concluyeron su cuarto año en un liceo  

      de Montevideo, encontrando la fuerza de Artigas 

      concentrada en un edificio: “La Escuela Militar”.

Se recibieron de alférez sosteniendo sobre sus espaldas como hombres del interior del país los rasgos genéticos de razas laboriosas. Insistían, persistían, no haciendo del domingo un día santo y aburrido. Con ambigüedad estudiaron haciéndose preguntas sin prejuicios, algunas de las cuales podrían quedar para el futuro emulando a nuestro General Artigas: ¿Podremos desde dentro de la Institución acondicionar a nuestro pueblo? ¿Y el pueblo reaccionará con convicciones libertarias, democráticas  y antiimperialistas como lo había soñado él?

Entre los años mil novecientos cuarenta y mil novecientos sesenta y siete, año de la cumbre de sus carreras dentro de las fuerzas armadas, se formaron en cursos en diversos organismos nacionales e internacionales. En este devenir, murieron sus padres, contrajeron matrimonio, engendraron hijos. . .

Lisandro López y Ángel Bresciani calaron en las entrañas del máximo imperio estudiando “inteligencia” y “defensa”. Cómo si la inteligencia no fuese inherente a cada ser humano, cómo qué paradójicamente si no se nos enseñara a defendernos no utilizaríamos nuestra propia defensa, la innata y no la sobrevaluada. Sin embargo, ellos trabajaron en forma denodada en pos del mejoramiento de la sociedad oriental. En inundaciones, en observaciones y monitoreos de futuras represas para generar energía hidroeléctrica en nuestro país. 

Por concursos dentro de la fuerza, Ángel en mil novecientos sesenta y cinco y Lisandro en mil novecientos sesenta y seis arriban al grado de General en Jefe de las Fuerzas Armadas y de General de la Región Militar Nº 3, respectivamente. Después de dos años, Lisandro ejerce como General del Instituto Militar de Estudios Superiores. En ese mismo año muere el Presidente la República y asume el Vicepresidente en ejercicio. 

Ángel y Lisandro, solicitan la venia presidencial de pase a retiro en el otoño de mil novecientos sesenta y ocho. Desentonan con los ideales de lo que ellos estiman se esta gestando en el Uruguay. Una dictadura encubierta. Un golpe de estado a instancias del mismo presidente. Se revelan las masas por la intransigencia de algunos seres que arriban al gobierno sin orden, sin causa, sin cultura, tratando de dominar estos ciento ochenta mil kilómetros cuadrados. Es en la primavera de mil novecientos sesenta y nueve que se les concede su pase a retiro.

Lisandro ya conocía un nieto, un oriental de ley como siempre lo soñó. Entonces comenzó a disfrutar de Abel junto a su hijo Amaranto y a su nuera Margarita. Todos lucharon como pueblo, para el pueblo. Es por esas convicciones adoptadas, que en febrero de mil novecientos setenta y uno Ángel y Lisandro fueron invitados, junto a personalidades con varias formaciones universitarias socialistas de izquierda, a fundar y representar a la nueva coalición representativa del Uruguay, Amplia Mayoría. Desde allí se establecen los parámetros democráticos para competir con blancos y colorados.

Papeles que estaban amarillentos de tanta penumbra en la luz, otros ajados en los bolsillos traseros que se sesgaban en la cintura de miles de ciudadanos que querían un  porvenir nuevo para la patria, veían aclarar, un futuro ensombrecido. Empezaron a transitar junto a Amplia Mayoría kilómetros de caminos orientales forjando a golpe de pie, un movimiento antiimperialista.  Era la hora indicada y el momento justo. La coalición presenta sus listas en noviembre de ese año y logra un dieciocho por ciento del electorado. Con otra coartada política, los colorados quedan al tope del presidencialismo uruguayo. 

Desde mil novecientos setenta y tres y hasta mil novecientos ochenta y cuatro los dos amigos militares comparten el duro escollo de la cárcel. Habían sido “elementos perniciosos” para la sociedad. Pierden sus grados de generales, son proscritos en sus derechos políticos, aunque, no pierden conciencia. . .

Barrotes, frías paredes, ornamentos psicológicos no reproducidos jamás, sólo en este Plan Latinoamericano, el “Plan Cóndor” (el ave más grande que vuela), fueron testigos de un olvido que debieron de ejercer después de liberados de la dura dictadura.

En la oscuridad velada por recuerdos en aquellos momentos, Lisandro se escabullía por rincones mentales álgidos, sucios, embadurnados de lodo político que sus antiguos camaradas del ejército le habían impuesto. Siempre evocaba en su recuerdo tripartito a  Amaranto, Margarita, Abel. . .

Antiguas y oscuras fotografías se presentaban ante él, sepias, apagadas, entristecidas, presumiendo que sus huesos y carnes nuevas, entraran en el limbo consciente de un ser humano como él.

Por momentos, arañuelas dejaban telarañas carceleras. Por otros, moscas y mosquitos e insectos se suspendían de los techos. . . Se preguntaba: ¿Mis pequeños y medianos huesos estarán también atrapados por estas telarañas? No había respuestas. . . No había visitas. . .


















- ABEL, ven un momento por favor.

- Sí abuela, que necesitas.

- Querido, ten cuidado, se está tornando difícil salir a la vereda. Cuando lo hagas pídeme que te acompañe.

- ¿Abuela, cómo vamos hacer para que vaya a la escuela el año que viene? 

- Te llevaré y a la salida iré a buscarte.

Durante el día, una fuerza superior ejercía seguridad sobre Doris García, la Señora de Lisandro. Ya había transcurrido el tiempo suficiente para saber sobre el paradero de su hijo Amaranto y de su nuera. En el patio de su casa, los pájaros no cruzaban árboles centenarios y el ovejero había olvidado hasta su registro olfativo. Mal presagio. Sólo tenía el tiempo para dedicarle a su nieto, no había tiempo para más. . . De noche los pasadores roían los candados y las llaves, colgaban y se hendían en tajadas de aire a la espera de que al otro día, algún movimiento sacudiera su esqueleto oxidado.

Eran las tres de la mañana. Irrumpieron rompiendo silencios. A manotazo limpio, con uñas  sangradoras, Doris, no dejaba que se llevaran a Abel, pero eran más. . .

- Señora, nos tiene que acompañar - La voz arrogante,

necia, alborotada por conseguir el preciado mandado, roncaba gruesa. Se esparcía también por los bigotes untados de saliva. Esa voz, vaciaba aún más el aire puro de la casa de familia López-García. Seis personas de civil, más el arrogante, oficiaban de carceleros en un domicilio privado. Es que la libertad había salido de allí y aún no había retornado.

- El niño también va con nosotros - Inquirió el arrogante, que fue molestado por uno de los otros seis, que al escuchar un pajarito gorjear le dijo: “Tú  hermano está cantando su libertad sin barrotes” - ¡Cállate la boca hijo de puta!. Arreglaremos esto cuando lleguemos. 

- ¡El niño no lo lleva nadie! – Gritó la abuela,  casi enrojeciendo sus cuerdas vocales. Lo aferró a su camisón de dormir. Las blancas piernas sacudidas con toda fuerza de Abel en pijama y calcetas abrigadas, no fueron impedimento para que los usurpadores, se lo quitaran. Dos autos afuera estaban estacionados. Dejaron luces prendidas de la casa, puertas abiertas, revolvieron todo y un poco más e introdujeron al niño con tres de ellos en un automóvil. Su abuela subió a otro, ubicada entre dos, atrás. Después de tantas vueltas, perdió hasta su identidad. Doris lo sabía. Presentía lo peor.

- Sólo esta lámpara encendida. ¿Reconoces tu identidad? 

- No, no reconozco nada - Expresó Doris.

- Yo sí

- Tú eres un perro carroñero que escondes detrás de la lámpara en la oscuridad. ¿Crees que podrás conmigo?

- ¿Sabes donde estás?

- No importa esta negra noche, este negro trance, ni tu negra disposición para el arrebato. ¡Chorro, ladrón, genocida!

- No deberías de hablarle así a un custodio de los valores, la independencia y la libertad de la familia oriental, que quieren ser arrebatadas a nuestra patria! ¡Te arrepentirás Doris!

- ¡Sigues violento, gusano asqueroso! Tus compañeros y tú son la lacra que nunca deseamos. ¿Dime dónde está mi nieto y mi marido, junto a mis hijos, quizá?

- Te lo dejaremos ver si contestas algunas preguntitas

- Nunca. Jamás hablaré nada para ti - El silencio se hizo

carne en Doris, gritó, pidió de beber, de comer. . . Sola, encerrada con su lámpara y la oscuridad de las blancas paredes, adormeció el tiempo, sin que de nadie obtuviera palabra. Y ella tampoco la emitió, por que jamás volvieron a preguntarle nada. Un día, sin mañana ni tarde, con madrugada y noche, un día. . ., arribó a ese lugar un hombre con una capucha en la mano. Sólo dos orificios dirigieron el camino de Doris. Ahora era una mujer sin rostro.  . . Había pasado pensado en su callar tan silencioso y resquebrajadamente horroroso. Pero tenía vida. Y esta, la guió. Gritó sin escuchar, tirada en un asiento trasero de un automóvil. El hombre que ahora lo manejaba, sólo, jamás contestó. Se detuvo, abrió la puerta trasera, hizo que ella descendiera y la introdujo en un lugar amplio. Su olfato, rizó el espacio interno y familiar. A centímetros de la puerta, desabrochó las esposas del cuerpo inerte que la sostenía desde hacía días. Ella oyó que muy cerca, casi dentro de su ser, se cerraba un puerta pasándole llave desde afuera y escuchó. . .

- ¡Hasta luego! - Fue hueco, enmaderado, tieso. 

Cuando se sacó la capucha estaba en su casa, casi sin fuerzas, miro por la ventana, pero a lo lejos, solo la recortada figura de un auto negro incrementaba su ansiedad y locura.

Ahora sola, con hambre y sed de su nieto y sin él. . ., nunca supo donde estuvo, quienes eran. Sólo una certeza y un presentimiento. Nunca más saber de Abel y en su oído había quedado haciendo equilibrio un apodo: “Pajarito. . .”






















( . . . )



Algún tiempo después, el niño de apenas cuatro años, preguntaba por sus padres, sus abuelos, su familia. No conocía lugares. Su inocencia de época, no era la misma de un niño de cuatro años. 

¿A poco del comienzo del tercer milenio, en estas latitudes, se producirían cambios en la conciencia inocente de los niños?

Veía personas que nunca habían estado junto a su familia, sin embargo, conversaban con él de viajes, y de futuros lugares, le penetraban en el subconsciente, ruidos de motores de avión. . ., estos incidentes mayores le iban calando su intelecto.

Hasta que, él logró contarle a sus nuevos seres cotidianos, que un señor de bigotes y lentes oscuros, paseaba dentro de un avión en el que hacía un tiempo había viajado. Estaba siendo transportado, registró de su memoria, bostezos, gritos menores, hipos, risas. . . aunque todas calibradas, apagadas. Recordó que el señor al se le cayeron los lentes oscuros en una plaza por la que paseaban  en un momento determinado, ya no estaba más. Casi enloqueció. Pero fue allí, cuando sus nuevos seres cotidianos le recogieron, contándole que sus padres y abuelos habían muerto en un accidente de tránsito. 

Empieza su niñez una vida alternativa, cargada de circunstancias, hechos, injusticia, militarismo y con sus nuevos padres Roberto Brown y Ruth Smith, ambos descendientes de ingleses.

En Buenos Aires, capital federal, un día soleado, entran junto a él al despacho de un juez. El magistrado, autoriza que el niño lleve por nombre y apellido Fausto Brown. Lo legitiman en el juzgado Nº2 en lo Civil y Familiar en los Tribunales Federales de la ciudad porteña. De allí en más, vida nueva. A los seis años, la primaria lo recoge. Sus padres comerciantes y parientes de un mayor del ejercito argentino, habían procreado sin parto, un hijo, sin esforzar un esperma, ni un óvulo. Eso sí, habían dejado clavadas cruces uruguayas, en lugares insospechados pero cubiertas por moral oriental.


































( . . . )



Imprecadas filosofías comerciales, en un colegio privado, figurativo de la sociedad, comienzan a sustentar a Fausto.  Mientras un estado fascista, con libres contrataciones, da comienzo a la capitalista globalización y las máximas aberraciones que el ser humano pueda concebir. 

Pero a Fausto no le falta nada material. Estructuraron su entorno de forma certera, pero nunca podrán arribar a su intelecto. Fue creciendo mientras su inconsciente colectivo tejía y destejía una trama  en vano urdida años atrás. Sin embrago el cerebro  humano es displicente por momentos, los cursos  de música, de pintura, la escuela, el liceo, la fábrica. . .

- ¿Roberto, por qué trabajan tus operarios tanto con la pólvora?

- Es que necesitamos. . .

- Hemos empezado en tercer año a aprender que sirve sólo para confeccionar armas y explosivos.

- Sí Fausto nosotros fabricamos exactamente eso, somos dos o tres industrias en todo el país

- ¿No es muy riesgoso?

- Sí lo es. Pero alguien debe realizarlo

- ¿Y dónde lo vendes?

- Este producto se comercializa, para los días en que viene Papá Noel, en Navidad, cuando tu escuchas que tiran cohetes

- ¿Nada más?

- Vendemos a todo el país y a otros del exterior

- Así que tienes mucha ventas de algo que puede ser nocivo para el ser humano

- Bueno nocivo si lo empleas mal, pero. . .

- Los nuestros son buenos cohetes. . .

La empresa de Roberto y Ruth se traslada en esos tiempos de preguntas infantiles a El Dorado provincia de Misiones, allí lo que era una sucursal de Buenos Aires, pasa a ser una planta industrial de primera índole.

El niño nuevamente emigra. Junto a sus seres cotidianos, descubre el olor virginal del monte misionero y donde la pólvora se oxigena mejor en un diario convivir con la naturaleza.

Roberto, ya vende al ejército nacional argentino, los mejores elementos bélicos fabricados en su país.

Mientras el niño, surge como un verdadero ser diferente en la escuela de El Dorado. Inserta su ser en la primaria como un revolucionario con preguntas de bien, de buena forma, contagia e irradia la luz de su espíritu en las noches de verano con su canto y su piano. Pinta el paisaje colgado de los cerros entre la selva autóctona. Sus acuarelas y lienzos de nueve años son tempranas mañanas, del mañana. Levanta la niebla otoñal de los arroyos y riachos encajonados por entre las rocas de su ocasional provincia y piensa en esa existencia. . .





















EN LA MAÑANA del otro día, Fausto despierta. Dentro de su habitación redescubre el olor a pólvora. Eso, que tan pernicioso era para transportar sus emociones hasta creer descubrir su verdadero designio, también perjudicaba las adyacencias naturales que, como un ritual, dejaban un coloquio de pájaros y polinización de flores, cuando no se hacía presente.

Aquel olor nauseabundo, fétido para sus entrañas, había compuesto en su cerebro toda aquella imaginación y mucho más. Le repugnaba, pero agradecía de estar en una provincia como Misiones. Satisfacía su intelecto, la biblioteca descubierta después de varios meses de su permanencia allí. Comienza sus lecturas, con libros casi prohibidos para la época, a escondidas de sus ocasionales encargados de vida, llenos de amunicionadas monedas. Lo hace con la complacencia de la encargada de la Biblioteca de El Dorado. Vieja militante sindical de los maestros de Córdoba, había llegado allí inhabilitada por la dictadura. En la ciudad se la conoce por su cometido social y la reapertura de la biblioteca dejada en condiciones aberrantes. Ella encontraba y seleccionaba los libros para Fausto, aquellos que no se permitían leer en una dictadura tan brutal como la argentina donde la estructura, inteligencia y el poder demostraban su crueldad.  Efectiva, Laura proseguía su labor aunque en mil novecientos setenta y seis hubiese sido torturada en Córdoba. Después de estar casi muerta, en mil novecientos setenta y siete, a escondidas y con un nombre falso reorganiza al país cómo y dónde puede, viendo en Fausto un niño diferente, apuesta a ello, junto a él, desde su humilde lugar. Autores que habían estado caídos por los rincones de sótanos, son los destacados para él. Tal es así que descubre al existencialismo en Kierkergard, Gabriel Marcel, Sartre, Jaspers, Husserl, Heiddeger como así también a socialistas como Hegel, Marx, Engels, Weber, o a autores como Martin Buber o Niezstche y Joyce. En ellos descubre el ser humano filosófico en sí mismo. Pero son aquellos como los de Edouard Schouré o Lemersurier donde desata el nudo de la espiritualidad, de las razas y tipologías. No se conforma con ello que al leer poemarios y prosa de autores latinoamericanos, se encuentra con seres como Cortazar, Vallejo, Guillen, Martí. Entre otros ve la luz de los cuentos de Arltz, Benedetti, Galeano, García Márquez  Su figura de niño, hijo de un matrimonio a fin con la venta de pólvora, no encaja en el ajedrez de la naturaleza. Cuando dialoga con otras personas, deja ver su musicalidad y el conocimiento generado allí. 

- Laura, ha leído sobre existencialismo. Me encuentro que 

            fue tan abarcativo del ser humano que se remonta, tal                 

            vez. . . 

- Se remonta a varios siglos, como Gorgias, Protágoras, Platón y grandes sofistas que disertaban sobre el ser humano y su existencia, o como lo expresaba San Agustín en sus Confesiones.

- Claro, pero en realidad, podríamos decir que entre otros Descartes y Kant  dejaron el camino abierto para que el hombre creyera que si el mundo es absurdo: ¡Se debería  volverlo razonable!

- ¿Sí, pero quien autoriza a decir que el ser, es lógica pura? Fíjate, que Gorgias decía : “el ser no es”. Sin embargo, lo que es, sería contradictorio a lo que no sea.

- Permiso. Eso va en contra de experiencia inmediata, 

            indudable. Yo estimo que el ser, se lo experimenta.

- Así que, si tienes que elegir Fausto, eliges: 

      ¿existencialismo o racionalismo?

- Sin duda prefiero la doctrina existencialista. Entiendo    

que esta tiende a superar ese realismo-idealismo, y la

      base de su conocimiento es recurriendo a la fe pero 

      sobre experiencias concretas en el alcance del ser.

- ¿Pero entonces, una cosa no merece promesa alguna?

            Es decir, que por intermedio de un ideal es que uno 

            contrae un compromiso. Es como asumir un acto de 

            amor, propio de cumplir ciertos actos para interesar a 

            otras personas.

- Sabe Laura, de acuerdo a lo leído con seguridad, se

      destituye el carácter de las experiencias más elevadas  

            vividas por el hombre. Siempre creo que allí radica la 

            muestra de fidelidad y pureza del ser humano. También 

            estimo esa fe adquirida a través de ellas y veo de mal 

            manera a todo ser que se interponga en los ideales que 

            ello conlleva. Por ello creo en Dios, en el creador pero 

            el creador libremente creando desde un acto de total de 

            independencia.

- Perdón, debo de atender al recién llegado.

- Discúlpeme también usted Laura, pero debo de retirarme. Conversaremos otro día cuando venga a leer. Gracias.   

Se fue pensando en su fortalecida mente, sobre considerandos estudiados y, las piedras de callejuelas zigzagueantes, lo invitaban al recuerdo de las amarillas páginas: “Cuando me preguntó sobre el racionalismo, fue que pude descubrir en Hegel su dialéctica de tres tiempos, tesis, antítesis y síntesis. Y la contradicción con el existencialismo, donde ser un individuo no es ser un concepto. Eso es lo que importa describir, la existencia humana, las experiencias de un hombre son de la manera que él las ha vivido, del paganismo a la fe. Pero entiendo que la sagrada escritura, no es la base pura del existencialismo. Considerando a Kierkegaard al padre de estas ideas, este dinamarqués, debió esperar la primera mitad del siglo veinte, para que Husserl, con el método fenomenológico pudiera explicar los fenómenos que aparecen en la conciencia y con ello tomar la forma filosófica. Es allí entonces donde se rechaza todo lo abstracto, lo lógico, lo objetivo y se torna positiva la concreción de la existencia humana, en donde el método se verifica por un análisis descriptivo y claro.”

En cuatro días volvió y al entrar Laura fue directo al tema.

- ¿Es raro que a un jovencito le apasione un tema con tanta dificultad?

- Es verdad, lo reconozco, su benevolencia para conseguirme estos libros también determinó que entendiera que alguien es afín con mis lecturas.

- Gracias Fausto, comprendiste lo que es filosofía de la existencia y. . .

- Permítanme, esta última a la que usted se refiere, es cristiana o teísta, pero la existencialista es atea. ¿Esto significaría que tal vez podamos entrar en el campo de la política?  Yo estimo que sí. Sociológicamente dentro de la corriente existencialista en Francia por ejemplo se consideró a Sartre como izquierdista y a Marcel como derechista. Y en Alemania, a Heidegger como izquierdista y a Jaspers como derechista, todos editaron libros entre mil novecientos veinte siete y mil novecientos cuarenta y dos tratando la doctrina bajo diferentes perfiles. 

- ¿Y esto te apasionó?

- En verdad me pareció tentador eso de derechismo e izquierdismo. . . Disculpe, aquellos libros que me había ofrecido sobre trabajos para la escritura literaria rusa, “el estructuralismo”.  ¿Puedo ver alguno como de Roman Jakobson, Todorov, Eichenbaun, Tiniavov, Yuri Lotman? 

- Sí cómo no - Ella gira y desde muy debajo y por detrás de una estantería le alcanza algunos. El chico se retira a una esquina obtusa, detrás de otras bibliotecas altas, casi a escondidas, donde ella siempre lo ubicó. Esta corriente lo desborda, pero no se amedrenta y la estudia con detenimiento y futuro.














EN SU CASA, no le falta dinero. Tampoco un pasar lleno de esperanzas, según se lo inquieren los infaltables seres cotidianos. Él percibe por el entorno, que los seres humanos allí, aplastan, aprietan el dinero como la pólvora misma dentro de un cartucho pronto a impactar. En un momento determinado lo llevan en un viaje a Buenos Aires. Transitando kilómetros de mojones asfaltados, se da cuenta cada vez, que gendarmes que custodian la soberanía nacional, detienen el auto por  alguna razón, Roberto Brown al bajar el vidrio exhibe una credencial, con la cual prosiguen el viaje en forma amena. Se encuentra con seres inimaginables para su inocente pubertad. En ese año comienza su secundaria. Es dentro de la gran metrópolis que descubre la desigualdad imperante en el país. En determinado momento pasan frente a Fuerte Apache y siente que las lágrimas, corren por el borde de sus ojos iniciándose cada vez, caminos sociales en su cerebro. Son pautas de autoconvencimiento en soledad, donde un proceso de inserción social para con seres más desvalidos, da comienzo.  

El viaje de regreso se le torna frío y seco, escuchando siempre historias de trabajo de un valor intrascendente para él. Ojea, los libros adquiridos por Ruth, para no producir una impresión de desagrado. 

El Liceo de El Dorado es un instituto con una cantidad de capacidades precoces. Sólo que son acicateadas por ráfagas de estudios innobles, decretados por el gobierno militar de turno. Por otra parte el edificio sostenía sobre su esqueleto paredes viejas, obsoletas, pero con inquietudes de renovación. Así mismo la biblioteca de la ciudad, vieja forjadora de gente con pensamientos nuevos y cualidades innovadoras, siente en su interior, la presencia solitaria de Fausto, en aquel rinconcito escondido donde penetraba la luz, por una ventanuca del fondo en las tardes grises, otoñales. Allí concurría a leer y agradecía por el sol penetrante. Ella también, debía una reforma en su esqueleto edilicio. Un día de invierno apretujado en su lugar de lectura, arriba al lugar un señor alto, lánguido, al que Fausto reconoce. 

- Profesor Gutiérrez- Se da vuelta y al ver al chico, sus pasos se aligeran hacia él.

- Fausto, intuía que aquí, es tu lugar.

- ¿Por qué profesor? Creo ser un adolescente normal, solo que inquieto. Lo reconozco ¿Y qué lo trae por aquí?

- Mira estoy para dar comienzo a las mediciones para  reacondicionar la biblioteca - Gutiérrez era arquitecto y su profesor de física en la secundaria, la que había concluido hacía unos meses - ¿Quieres ayudarme en el sostén de mi cinta métrica?  

- Por supuesto con gusto.

- Veo que tienes interés por todo, pero especialmente por el hombre en su profundidad.

- Sí mire estoy para dar comienzo a una nueva etapa de mi vida. Debo de estudiar y va a ser sin duda sobre el ser, ese que no puede, o no lo dejan despertar de sus posibilidades.

- Nadie tiene su vida asegurada, Fausto.

- No es necesariamente eso profesor. 

- ¿Entonces será que pensamos igual?

- Usted estima que la ciencia es como una columna de hormigón la que no debe sufrir un pandeo para que su grado de esbeltez, sea demostrativo de la elegancia en el lugar del tiempo en que fue confeccionada. Yo creo que, las sobrecargas y el esfuerzo en sus hierros distraen un poco todo esto. 

- ¿De dónde conoces este léxico arquitectónico?

- De mis lecturas.

- Sabes que no. Es decir, sí, aunque todo ello dispuesto de tal manera que el futuro edificio sea cobijo para otros seres humanos más pobres.

- Es decir, un edificio que sea el andamiaje para la formación del ser humano como referencia de equidad e igualdad.

- Efectivamente.

- Profesor, si de edificios hablamos, el otro día fui con mis seres cotidianos, en auto hasta Buenos Aires. Me conmovió de sobremanera ver Fuerte Apache, un ejemplo degradante del ser humano, con carencias de fuentes de información. Ocupan un lugar que ya casi está concluido y que fue construido con el esfuerzo, quien sabe de cuántos ciudadanos. 

- Sí Fausto, aquí también en El Dorado, hay  viviendas con esa misma connotación. Mi idea, ya la tengo plasmada en un anteproyecto tanto arquitectónico como legal y es que el proletariado, la masa social, pueda acceder a ellas con un mínimo de inversión, con un plan regulador regidos por ellos mismos. Por medio de una cooperativa o en la que todos en asambleas populares puedan acceder y cuidarlas. 

- ¿Es usted comunista?- Aquella pregunta, en ese momento, realizada por un adolescente a un arquitecto, fue un replanteo instantáneo de ideas no tomadas al azar.

- Debo responderte. . .

- ¡Qué sí! - Enfatizó el joven

- ¿Tú tienes ese perfil? 

- Le contestaré. . ., que es interesante la doctrina - Pero le adquirió la idea del profesor Gutiérrez anterior y volvió sobre ella para que el mismo no le quedaran dudas de su pensamiento - Mañana lo invito para ir a la Intendencia de nuestra ciudad y le plantearemos al funcionario destacado para tal efecto su anteproyecto. ¿Qué le parece?- Su profesor de física, besó la frente de Fausto. Había recorrido sus emociones. Lloró. Restregó su nariz con el pañuelo y antes de girar para retirarse le dijo:

- Mañana a la hora catorce nos vemos en la intendencia. 

Al otro día con la excusa de ir a su biblioteca, se dirigió con gran determinación al encuentro con el arquitecto.  Al llegar, junto a él, estaba dialogando el director de urbanismo de la sede comunal. Demostró que su filosofía de vida no era con olor a pólvora. El tiempo, la sociedad, el intendente y sus asesores algún día, podrían pronunciar palabras en las inauguraciones de las obras agradeciendo el trabajo que socialmente había realizado Fausto y el arquitecto



































. . . EN UNA PELUQUERÍA santiagueña, chilena, donde hace muy poco un parroquiano, se rasuraba y recortaba el pelo, luego de agachar su cabeza para mejor limpiarle la pelusa inferior de su nuca, cuando levanta la misma, al mirar por el espejo reconoció en la vereda a dos reporteros que, alguna vez había visto por televisión. Había sido en una documental francesa.  Mirándola había comenzado a recordar la Operación Plan Cóndor, nombre dado por un uruguayo en honor al ave que vuela más alto. Luego se sabría que desde los aviones se arrojaban personas vivas a las aguas de ríos que nunca quisieron ser cómplices del ejercicio antinatural de los hombres. Hombres como el coronel Manuel Contreras, jefe de la DINA y que llevó a su lado a Mario Yáñez su mano derecha, hoy por paradoja director de un museo en Chile. Se podía matar en cualquier país. La gente que lo hizo no fue juzgada. Tampoco se saben 

nombres, no saben donde están enterrados . . .                  

Los periodistas, aguardaron con sus datos encima, apoyados con sus pies en el cordón de la vereda, como tratando de no perder el equilibrio. En el instante en  que se abre la puerta de frente para depositar al individuo en la acera, en un español afrancesado, la periodista, le pregunto a Julio López:

- ¿Señor, sabía usted que aquí, en este preciso lugar, en el año mil novecientos setenta y seis, dio comienzo el Plan Cóndor?

- Sí señorita. Me he enterado de que militares de cuatro o cinco países, desde aquí dieron comienzo a la tarea de torturar y desaparecer personas.

- O sea que el pueblo tiene conocimiento del genocidio  más aberrante que se hubo cometido.

Como si recordara bien los sucesos, Julio hizo un silencio profundo. Parecía que el pueblo entero sucumbía en las entrañas de la tierra, mientras él silenciaba. Cuando pudo 

emitir sonido por segunda vez, su voz, reveló una ansiedad profunda y reprimida. La misma que lo mantuvo cautivo. Y esa voz, hizo temblar el corazón de la cronista que  avizoró en su cuerpo, que la muerte había estado esparcida en este lugar chileno. Hoy, esta misma calle y número se habían quedado allí, desde aquella época y estampados en la memoria colectiva del mundo.

Toda Latinoamérica dividida, enterrada, sumergida hacia los océanos y ríos circundantes. Tufanadas de vahos enrarecidos y putrefactos marean las ciudadanías. Además los vapores agrios debilitaban aún los sudorosos presos políticos que después de mil novecientos ochenta siguen con sus esperanzas pausadas en sus respiraciones. No hay perdón ni olvido. Los malvados decretados por malvados, creen haber corroído los pechos de hielo que fueron forjados a fuego forzoso alimentado por los imperialistas. No obstante personas como Julio, llevan dentro de su hielo, el infierno en la imaginación y no decaen.

La civilidad, en todos los países, comienza a hacer temblar las riendas de las soberanías nacionales.





















(1985. . .)



LLEGÓ LA HORA, en Uruguay, los destructores de células, quedaron impunes. Los tradicionalistas, se aferraron a democracias despedazadas. Esos pedazos retaceados formaron filas y los caudillos políticos se quedaban políticamente con el país, sin importancia alguna de sus destinos. Los golpes sociales y espirituales fueron amortiguados por retazos de seres humanos que, en la mayoría de los casos, no habían participado del movimiento popular armado. La izquierda mientras tanto, en la nueva legislatura, profundizó en la formación de comisiones que sacaran adelante una luz sobre hechos acaecidos en la década anterior. Mucho el trabajo para descubrir. Sólo quedaron paños tibios, teñidos de colorado y esparcidos sobre cadáveres que no mitigaron su esfuerzo, aunque, permanecerían por años sobrevolando los expedientes de una sola ley que los tiñó de blanco, como para que nunca se coloreara alguna mejilla política de nuestro país.

Germán Araújo, diputado izquierdista, luchador social, viejo conocedor del Plan Cóndor,  integró la Comisión de Desaparecidos, dio comienzo a gestiones que después de veinte años, separó los colores y neutralizó la conciencia ciudadana oriental. Vivió su lucha sólo e integrado a las Madres de Plaza de Mayo en Buenos Aires. Pernoctó en noches de pensamientos incesantes y concluyó en un aluvión de desconfianzas para esclarecer a muchos chicos que habían nacido en los países, bajo ese maldito plan cruento y mortal. Su espíritu revoloteó en lo más profundo de las conciencias de esos chicos que habían pasado por varios nombres y muchos más apellidos. Esos nombres y el de Germán corroyeron las mentes y se clavaron en los corazones de los torturadores que quisieron despedazar las ideas que habían quedado colgadas del árbol de la vida. Frutos sanos, incólumes, con semilla potente, fértil, que nunca ninguna especie tardó tanto para que su tallo viera la luz, pero fertilizó, reverdeció. . .





































(1985. . .Misiones)



FAUSTO BROWN, había terminado su secundaria con honores dentro del Liceo Público, al que había decidido ir y donde se recibió de Bachiller en Humanístico.

- ¿Hijo, dónde asistirás en tu nivel universitario? -Preguntó Roberto Brown en noviembre de mil novecientos ochenta y cinco mientras cenaban en la casa quinta que los acogía dentro de la selva misionera, en las zonas aledañas de El Dorado.

- ¡Roberto, siempre apurado!

- Es que almuerzo y salgo urgente hacia la fábrica. Me esperan para el pesaje de la pólvora que debemos insertar en cada proyectil de mortero.

- Piensas que es más interesante el proyectil que el motivo de mi futuro - Le interrumpió con dura certeza Fausto.

- Es que nuestro pasar bien, se debe a las ventas que hacemos al Ministerio de Defensa Nacional

- Sí claro. Contestándote, pienso realizar Antropología Social y Sociología.

- ¿Pero eso. . ., dónde se estudia?

- Pienso realizarlo en la Universidad de Córdoba  

- ¿Te irás allí?  

- Ya lo tengo resuelto. De sobre manera, me interesan los temas sociales y más aún, la existencia del ser humano sobre el planeta y su filosofía de vida

- Bueno, no es . . . lo que pensabas que ibas hacer. . ., pero. . ., si te parece. 

- No es lo que me parece, es mi sentimiento, mi espiritualidad que me lo exige y goza al saber que podré realizar mis estudios al respecto.

- Bueno, mientras no sea para inclinaciones comunistas. Haremos un esfuerzo con tu madre para que vayas allí.

Con esa premisa expuesta, Fausto origina en su hogar un estremecimiento, que sin duda, llega a lo más hondo de los seres allí establecidos. 

Disfruta de los últimos días veraniegos en la selva misionera, visitando de vez en cuando a la biblioteca y a su vieja amiga Laura. En febrero se anota en la Universidad y comienza su hospedaje en Córdoba. Allí, destina un lugar en una pensión del centro de esa ciudad y se dedicó por varios días a conocer gente de esa nueva sociedad. Visitó pequeños bares con olores desconocidos, extraídos de licores extranjeros por entre los estantes. Así mismo, asimiló perfumes de las serranías cordobesas, invitándose a recorrer renglones en las mejores bibliotecas públicas. Admiró el arte, pero aborreció la intencionalidad con que se derrochó y se despilfarró el dinero colocado en los ornamentos de las iglesias del centro de la capital de Córdoba. Todo antes de internarse en el mundo de los estudios, monografías, copias, bosquejos y escritos que debería guardar en su memoria como un tesoro. Estaba convencido que volvería a su casa en Misiones, solo tres o cuatro veces en el año. Y cada vez que lo hizo, Ruth casi enamoradiza se acurrucaba a su lado, como cuidando su ser más preciado. Sin embargo Fausto, exclamaba:

- ¡Tranquila! Estoy bien, no hago, ni tengo problemas. Soy un ser en evolución.

- Pero es que nosotros, pensamos mucho en ti, amor. 

- Entiendo, desde mi perspectiva voy dándole soplos a la vida. El ser existe mirándose desde su interior. Nuestro yo, es quien guía al intelecto. Cómo nos desplazamos hacia el futuro, también depende de nuestra alma, el gen con que se nos conformó, moldea el espíritu, el alma y no nos deja o permite traspasar los movimientos ilógicos que la sociedad nos quiere imponer.

- Sí, pero recuerda. . .

- Recuerden que ustedes también están dentro de esa sociedad llegando de alguna manera a mis congéneres. En ese devenir, en ese transcurrir. . ., el tiempo lima, pule el estereotipo de cada hombre.

Con veinte años, culmina su tercer año de la licenciatura en Córdoba.





































(1988. . ., Misiones)


- ¡HOLA, HOLA! - Fausto arriba a su casa sin dar aviso previo. Para cada llegada Ruth, preparaba el entorno, la limpieza, los alimentos, la jardinería, los automóviles. Veía en el adolescente, cada detalle, perturbándose de que su futuro sería de un hijo pobre. Un hijo arrebatado por estudios sin origen cierto y de zozobras futuras.

- ¡Buenas noches hijo! ¿Pero qué es esto sin aviso? ¿Te agotaron los estudios y vuelves con nosotros? - Dirigiéndose a las personas allí reunidas - Vieron Fausto regresa pues es evidente que esas letras que eligió, lo saturaron, está impregnado de situaciones aterradoras leídas en los libros - Fausto dejó su valija y ella con paso apurado lo estrechó en un abrazo. Desde la cocina, los hirvientes olores la distrajeron para proseguir allí. Mientras los reunidos en torno de una enorme mesa, se interesaban en mirarse mutuamente, sin detener la conversación que mantenían con Roberto. 

- ¡Buenas noches! ¿Cómo están señores? - Fausto se

presentó, extendiéndoles la mano, palpaba en unos, los dedos como alambres de púas fríos, tensos, en otro gélidos, blandos, como hacendado de teclas de máquinas de escribir, mientras que en la mayoría sostenían en las palmas el roce continuo de tabacos importados. Viendo habanos y pipas por entre la humareda del lugar se presentó y saludó a Roberto:

- ¿Cómo estás querido? Dijo él, mientras besaba su       

mejilla, sin preocupación.

- Fausto, acércate a la cocina. Charlemos un poco. Acotó Ruth distanciando al chico 

- Hace más de cuatro meses que no venías – Gritó Roberto del living a la cocina. 

- Es cierto. ¿Cómo va todo?- Dijo Ruth

- ¡Siempre bien! - Rompía con sabiduría universitaria un tenso momento que se denotaba detrás de la puerta divisoria de las habitaciones. Ella, intentaba disuadir su inteligente emoción. Y decía:

- Tu papá, está tratando de abrir un nuevo negocio. Es de suma importancia para tu futuro.

- Sí. ¿Cuál?

- Le están ofreciendo la gerencia de un nuevo banco que se inaugurará entre Uruguay y la Argentina.

- ¡Qué bueno, para él!

- Te explicará mejor mañana 

- En realidad cuéntame algo tú, de manera que cuando hable con él conozca algo sobre el tema.

- Parece que el señor que fuma habanos gruesos, es el Embajador Argentino en El Vaticano. Allí hay mucho dinero. Justamente el Banco de esa República, adjudicará el dinero en préstamo para realizar transacciones comerciales.

- ¿Y cuáles son esas transacciones?

- Es el nuevo sistema de tarjetas de crédito que se instaurará en breve plazo. El Ministro de Defensa argentino recomendó a tu padre para que efectúa la presidencia para la zona norte argentina y como gerente de la sucursal de Posadas. 

- ¿Y el negocio de la pólvora?

- Sigue, sigue perfecto y ganando mucho dinero con ello. Papá también ejercerá como accionista del Banco Crediticio del Conosur. ¡Y tú serás el heredero!

- Bueno, la realidad me dice que hoy no me interesa el dinero. Mi acción está centrada en el estudio de la realidad del ser humano, de la existencia del mismo. Todo el proceso que deriva en la temporalidad del hombre. Creo que él está delante de sí mismo, está siempre por venir. 

- Claro mi amor, aunque el dinero no te interese, será siempre el factor de tu futuro porvenir - Lo había cortado abruptamente

- Claro, pero. . . estimo que desde el nacimiento, se crea una historia . . .

Ruth, estrechó sus hombros fuertemente y sus brazos escuálidos retorcieron los de Fausto como los de una madre. Ella nunca había zurcido medias, ni batido huevos con azúcar y cognac. Tampoco se había untado las manos de masa para freír en grasa. Nada de ello pasó por su ser. Solamente dentro de su cocina los olores percibidos eran de caldos ya preparados, polentas en bolsas, puré de papas extraídos artificialmente y comprados en los supermercados, salchichas, milanesas al vacío, embutidos eran su sello en aquel recinto. El crecimiento dentro de aquella propiedad de los Brown era económico. Tanto que, cuando ella recorría bancos para depositar dinero, dejaba boquiabiertos a los empleados y gerentes y hasta con una tos jadeante del olor a pólvora que emanaba de entre sus ropas. En sólo dos oportunidades pasó a las apuradas, de regreso a El Dorado por el pensionado de Fausto en Córdoba. Jamás miró de modo simple los muebles donde se cobijaba él. Ni siquiera de reojo oteó el corredor, las casas contiguas, las de enfrente, siempre le parecían viejas desde su origen. Jamás pensó en aquel barrio cordobés donde sus estudios proseguían con corrección de apuntes, deletreando textos y salvando exámenes. Sin embargo Fausto escuchaba a Ruth pero proseguía con el pensamiento que le había sido truncado por ella:

- . . . su historia, por lo que se refleja. Y donde se crea el conocimiento y la interpretación que da de su propio universo. ¿Te das cuenta, que nacemos sin haberlo querido y nos morimos de igual manera en la mayoría de los casos?

- Sí - Respondió ella y la luz del farol de la esquina que se había apagado, entró nuevamente por la hendija de la ventana como tratando de que ella se iluminara. Pestañeó, lo miró y no supo que decir. Fausto prosiguió:

- Piensa. Eso también es una libertad respecto del mundo. ¿Verdad? ¡Por lo tanto la libertad se ejerce por la elección del porvenir, de los actos a realizar. Así que más allá de ella no hay nada, es decir ninguna pregunta es posible. 

- Perdona, me voy a sentar hijo -  El hilo de luz volvió a apagarse. Ella sintió llevar el infierno en la imaginación.             

- Por último, quería aclararte, como te darás cuenta, el hombre está sólo, angustiado, radicalmente sin socorro. Pues sólo lo guía su lucidez. Todo es absurdo. Yo estimo que sin recursos, pero con mi pequeña lucidez sobre el imaginario, encontraré el camino que me descansará sobre la última palabra que algún día escucharás.































(. . . 1989)




- ¿HOLA, Facultad de Ciencias, Montevideo, Uruguay?

- Sí señorita. ¿Con quién hablo?

- Escuche, le estoy llamando desde la Universidad de Córdoba, Argentina. Habla la Licenciada Mary Estévez, mi intención es contactarme con la Licenciada Rosa Piñeyrúa. Ella, me ha llamado la semana pasada y no me ha encontrado.

- Le comprendo perfectamente señorita. La he visto pasar hace un momento por aquí. Aguarde en línea que voy en su localización al Departamento de Paleontología.

Dos años atrás, ellas se habían relacionado muy bien en un congreso en Buenos Aires. Allí, bajo la consigna la “Antropología Social y la Ciencia, con inserción en el Reconocimiento del Reino Animal”, estuvieron durante ocho días descubriendo la historia sepultada bajo la primera capa terrestre de hoy día.

En aquel momento teórico, ambas repasaron diapositivas, entornando ojos de cansancio. Discurrieron sobre cada una de sus respectivas áreas, Mary en sus estudios, había revisado huesos de diversos animales y su antigüedad. 

De igual forma, Rosa desde su Licenciatura en Ciencias y después de haber realizado su graduación de Magister en Paleontología, había concurrido a estudios de campo sobre fósiles de diversas eras geológicas. Habían intercambiado datos después de ello, en infinidad de oportunidades, por carta, vía telefónica, etc. Pero era la primera vez que se encontrarían después que Rosa la invitara para que viniese a Uruguay a profundizar sobre estos temas.

- ¿Hola, Mary? Qué alegría tengo de escucharte.



- De igual manera Rosa. Es un placer la invitación que me    

      realizas. Quería agradecértelo y decirte que cuando    

            pueda estoy allí. Junto a mí irán cinco o seis estudiantes    

            avanzados.

- Pero claro mujer, dejemos la formalidad de lado. Para no demorarte, tú tienes mi dirección en Montevideo. Acércate con los chicos, diles que después del arribo debemos de viajar al noreste del país, en la frontera con Brasil, departamento de Cerro Largo a quince kilómetros de su capital, Melo. He realizado un hallazgo impresionante y quiero compartirlo con ustedes. El empuje será para ellos sin dudas.

- Pues claro, por ello quiero llevarlos, el pedido frente al Decano ya lo he realizado. Te llamaré nuevamente para informarte el día que arribamos y a qué hora. Y ahora dime: ¿En Melo existe alojamiento y comida?

- Claro, como imaginas el trabajo es en el campo, pero dentro del predio de una estancia, y allí tenemos todo.

Después de casi una semana, Mary telefoneó nuevamente a Rosa, dándole las fechas y horas correspondientes al arribo, conjuntamente la lista de cuatro estudiantes que la acompañarían hacia el final de la primavera.

El día indicado, mochilas y caras cansadas sosteniendo lentes habían arribado desde Córdoba a Montevideo. Ella los había esperado en el puerto y los condujo dentro de un viejo ómnibus Leyland de las Compañía CUTCSA hasta su domicilio. Allí, al entrar, un tocadisco automático y viejo, molía el surco de una canción abolerada a medio volumen. Detrás de un viejo muro, ellas, se estrujaron en un abrazo. El mismo había sostenido una verja soportando una planta de alverjillas de antaño donde varios amores fueron perfumados en aromas y saturados de fríos, calores, rocíos y vientos rotados.

- ¡Qué alegría! Tengo todo organizado - dijo Rosa 

Mientras Mary presentó a Rocío, Fausto, Ezequiel y Juana. Sus alumnos. Todos estaban casi listos para terminar su licenciatura en Antropología Social. Ellos en el living de la casa vieron al baúl de hojalata temblar de frío mientras el ventilador  esmaltado con paletas de bronce, rezongaba su antigüedad en un acompasado tiempo a fines de septiembre.

- Bueno, espero que no tengamos inconvenientes para arribar a Melo - Expresó Mary

- No desarmen nada. Solicitaremos dos taxis e iremos hasta Avenida 8 de octubre y tomaremos la ONDA, que nos llevará directo hasta esa ciudad - Acotó Rosa.

Todos estaban más que interesados en el tema. Pero aunque siendo un grupo muy unido, alguien llevaba la mochila del temor, otro de la esperanza y otros ya parados a la espera del ómnibus interdepartamental transfiguraban su figura, como una persona más de esa sociedad montevideana.

- Allí viene la ONDA ¿Dice primer coche? Preguntó Rosa

Todos respondieron que sí. Entonces la mano estirada al costado del cuerpo, detuvo al antiguo carrozado Nº 322 marca GMC de la vieja compañía que unía rincones inhóspitos uruguayos.

Se ubicaron cada uno en sus asientos ya reservados. Pagaron su boleto al acercarse el guarda. Se estiraron y durmieron su cansancio prolongado.

Rosa y Mary dialogaron de temas comunes. El grito del guarda, despertaba a algunos pasajeros en cada localidad a que arribaban, transitando la Ruta Nº 8. Después de horas, el viejo autobús llegó a Melo.

- ¡De a uno por el pasillo! - Se escuchaba al guarda mientras querían descender todos a empujones y trataban de sacar su equipaje del espacio superior y contra el techo.

- Recojamos nuestros bolsos en bodega - Indicó Mary

- Yo voy a llamar por teléfono  aquí a una cuadra de distancia a la estancia para que nos vengan a buscar-  Dijo Rosa.

Al cabo de diez minutos regresó. Esperaron una hora sentados en la plaza del centro de la ciudad. En determinado momento arribó una camioneta con caja detrás. Subieron sus pertenencias. El hijo del dueño de la estancia se presentó a cada persona amablemente. Quienes iban en la caja, acurrucados, mirando por entre el equipaje, disfrutaron del entorno de las serranías aledañas a la ciudad que los llevaría hacia la frontera con Brasil.

- ¿Qué les parece?- Dijo Rosa - Siempre nos albergamos aquí cuando realizamos nuestros estudios. Ellos, los dueños,  están muy satisfechos debido a qué no rompemos nada en su campo cuando realizamos las excavaciones y les demostramos que hemos realizado, buenos descubrimientos. La familia estima que cooperamos con un aporte científico importante a la sociedad oriental. Lo sienten así y lo hacen saber. Ya conocerán a Luis y Ester cuando arriben del campo. 

Después de dejar sus pertenencias en un antiguo pero muy ordenado galpón en el que antiguamente se albergaba a la peonada y que hoy oficia de hogar transitorio para familiares y personas que como ellos se acercan a visitarlos, vieron que arribaban en una vieja camioneta de los años cincuenta los dueños, desde otra carretera interna del establecimiento. Ellos reconocieron a la científica uruguaya.

- Rosa, es una alegría enorme, verte otra vez   

después de algunos meses - Hablaba Ester casi a los gritos. 

Rosa, presentó uno a uno a los estudiantes y a su profesora. 

Los argentinos, devolvieron el saludo fraternalmente e 

hicieron hincapié emocionado de saber qué exista gente 

cómo ellos dispuestos  a colaborar con la ciencia de forma 

desinteresada. A partir de allí el diálogo durante el 

los días posteriores, fue con cordialidad.

- Chicos dispóngase de la mejor manera. Existen cuchetas,  

elementos para cocinar y el baño - Indicaba con gestos ampulosos Luis.

Hacia los laterales de la entrada se veían, apoyados sobre dos paredes, unos estantes de madera sosteniendo algunas carpetas donde en las tapas lucía la inscripción de las Facultades de Ciencias y de Humanidades. También huesos petrificados, piedras, y elementos encontrados por antropólogos, arqueólogos, paleontólogos, geólogos, científicos que de alguna u otra manera habían pasado por allí dejando el testimonio de que el sitio denominado “Estancia La Blanqueada”, contenía restos de importante valor para la humanidad.

Después de descansar, al otro día, el amanecer reconfortaba las piernas para los menesteres antropológicos y paleontológicos.

- ¿Mary, falta mucho para llegar? - Preguntó Rocío.  Luego de haber caminado casi cuarenta y cinco minutos, los chicos comenzaban a cansarse. 

- No, mira aquel estanque seco y ancho. Fíjate que el pequeño macizo rocoso aflora y deja en su interior, una especie de cueva. Bueno allí, están mis amores los pequeños reptiles, que he descubierto - Enunció Rosa.

- ¿Entonces, está usted haciendo referencia a que época, en el tiempo?- Preguntaba Ezequiel.

- En realidad son animales del período Pérmico, mitad del Eon Fenozoico, final de la Era Paleozoica. Una transición entre finales de la Era Primaria y comienzos de la Era Secundaria, casi unos doscientos noventa millones de años.

- ¿Licenciada y cómo lo ha determinado?-  Preguntó Fausto.

- El paisaje era desolado, tristemente desolado. No existía casi vegetación, sin embargo por su conformación yo estimo, que éste lugar parecía ser un abrevadero de animales durante ese tiempo geológico. Es más, lo es hoy día. En realidad, yo vine por primera vez aquí, pues llamaron debido a que de forma casual, un peón de Luis y Ester encontró huesos muy grandes de animales. Ellos se pusieron en contacto con la Facultad de Ciencias  y el Decano me envió a estudiarlos.

- ¿Y los encontró?- Reiteró Ezequiel.

- Bueno encontrados ya estaban - Risas - Ven estos huecos, excavados hace algún tiempo donde la tierra dura y casi pedregosa queda aún con sus huecos a la intemperie, bueno esos huecos, eran los enormes huesos que retiramos con mucho cuidado después de varios meses, te diría años y dónde hoy los estamos estudiando en Montevideo en Facultad de Ciencia, en el área de Paleontología.

- ¿Y a qué animal pertenecían? - Preguntó Juana quién aún no había intervenido.

- Mira, encontramos de varios animales, pero concretamente, eran de la Era Cuaternaria, y los pudimos identificar como de Lestodon, Megaterio, esta especie es la más grande del cuaternario, Esmilodonte o tigre diente de sable y algunos huesos pélvicos de Glosoterio. Estas especies estuvieron diseminadas también en vuestro país por supuesto. Te vuelvo a reiterar, aún se siguen estudiando.

Rosa extrajo fotos y comenzó a mostrarlas Y prometió que al regreso los llevaría al laboratorio de paleontología. También explicó el momento en  que encontró los huesos de lo que ella denominó más tarde Pelicosaurios. Decía: “Saben, debajo de unas rocas,  aquellas hacia nuestra izquierda, ven como sobresalen, bueno allí estaban sus grandes ojos, me miraban azules, por momentos rojizos, por otros verdosos, en fin me penetraban el ser, me daba vuelta y me volvían a mirar, eran animales tan diminutos, pero con un poder tan abrasivo de mí, que no me contuve de acariciarlos, de hablarles, seres vivos de la prehistoria. Pensaba ¡Guau!. No recordé mi familia, mis hijos, nada. Sólo miraba en derredor y quería más indicios y los encontré en las rocas, sedimentos, arcillas, en fin. . . Fieles testigos de la humanidad. Allí estaba el secreto, el basamento era del Período Pérmico, una gran inserción desde el suroeste del Brasil, fue bajando hasta quedar depositado aquí y en otros departamentos del noreste oriental. No obstante, sólo aquí los pudimos encontrar. Después de varios años de estudiar información paleontológica al respecto, encuentro que también fueron hallados iguales animales en África y en Rusia antes de producirse el Pangeo donde se separaron los continentes. Ya no había duda. Mis estudios los envié a Gran Bretaña a la Universidad de Oxford y a la Escuela de Altos Estudios de la Sorbona de París, dónde ambos me contestaron satisfactoriamente, y dónde deberé viajar para demostrar mi descubrimiento”.

En ello, un impulso superior hizo eclosión en el espíritu de Fausto que, no dudó. Esa luz resplandeciente, guió su carne corporal hacia un lugar entre unas rocas, a unos metros de allí. Sobresalía un hueso que no supo determinar. Cuando preguntó a Rosa, ella no dudó, la ciencia biológica no fallaba esta vez. Era un hueso distinto, normal, era humano. Mary miró fijamente a la bióloga que sin perturbarse demasiado, dijo: “Lo excavaremos y llevaremos al laboratorio de antropología forense en Montevideo. Allí sabremos con exactitud su procedencia”

Salieron para su aposento después de pasar todo el día en el campo. Dos días más estuvieron recorriendo la zona. Sin embargo sólo en estos dos sitios muy cerca uno de otro habían huesos que el tiempo los deposito allí como señal inequívoca de su existencia. Otra vez Ester y Luis, fueron depositarios de la nueva noticia. Y volvieron a esperar ahora, al Departamento Forense de Montevideo. Todos se fueron con un agradecimiento muy gentil para con ellos por las prestaciones que brinda su campo a la ciencia. 

Al mes recibieron a nuevos técnicos, absolutamente todos los restos fueron exhumados y sus estudios, deberían de ser conocidos por Luis y Ester y por los cinco argentinos que estuvieron de paso en nuestro país conociendo más de ciencia.












 LA PENUMBRA GENERADA en el cuarto por una luz tenue ubicada desde lo alto del espacio donde estudiaba Fausto se hacía casi imperceptible y casi no permitía deletrear los conceptos por él escrito. Cuando repasaba sus finas letras de grafito, encontraba escrituras como estas: ‘¿El conocimiento objetivo llega pleno al ser humano y define a la existencia como objeto mismo? No creo, pues caeríamos en una oscura senda individual. Siempre la razón y el pensamiento buscan aclarar un más allá impensable dentro de la esfera de la objetividad’ En otros renglones de un viejo cuaderno de anotaciones había escrito contestándose: ‘¿Cómo se revela esto? Por contradicciones, indagando el saber, términos que no pueden  ser conciliados por ningún artificio lógico, no obstante ello es sólo realizable por la existencia. Para poder indagar, son necesarios conceptos  y estos irremediablemente nos remiten a una experiencia que es propia de cada uno y llena el sentido. Vemos pues que, la existencia es posible para quien existe y trata de pensarse’

De sus estudios, él conseguía entender y anotaba que: ‘Existían experiencias oscuras y que con una intuición original y estrujando el pensamiento objetivo se puede llegar a la existencia de cualquier ser’ 

La tarde en que repasaba estos conceptos, estaba cargada de vapores emanados desde el centro de la ciudad. Por entre la rotura de uno de los seis vidrios de la ventana, la luz de esa hora penetraba escuálidamente. Golpearon a la puerta cuando había terminado de escribir su concepto personal sobre la vida donde explicaba: ‘No es más que una breve sucesión de oportunidades para sobrevivir’ Entreabrió la vieja y pesada hoja de viejo pino blanco de la puerta suavemente.

- Sí, buenas tardes -  Vio un hombre alto, tan calvo como las gotas de sudor de su frente

- ¿Fausto Brown? 

- Sí señor.

- Soy el telegrafista, por favor está certificado. Me firma por aquí.

- Con gusto - Fausto reveló con el rabillo del ojo en la parte superior del sobre, unas letras: Cámara de Diputados. Congreso Cordobés.

La bombilla de luz ensuciada por las moscas, fue testigo de lo recibido y aumentó la claridad del amarillento papel escrito por una máquina que rezaba: 

15- 12- 1989

Señor Fausto Brown

Comisión de Derechos Humanos.

Cámara de Diputados

Congreso de Córdoba

Citamos a Usted a comparecer el día 16 del corriente a la hora 16, a esta Comisión, por asuntos personales que serán para usted motivo de complacencia.

                                              Dip. Esc, Hugo González

                               Presidente Comisión Derechos Humanos 


Sólo un momento tardó en recapacitar lo ocurrido hasta aquí en su vida y aunque no tenía con quien hablar, ni rezongar, ni evaluar, por su esófago bajó por primera un vez, un trago de saliva dulce y alentadora. 

Al otro día, después de ascender al colectivo se preparó mentalmente para un motivo tan especial, del que ya estimaba los acontecimientos.

      Luego de esperar unos minutos sentado en un banco de roble y dentro de un pasillo marmolado, el portero quien fue su vocero al arribo, lo volvió a llamar. Lo condujo hasta una sala donde se encontraba sentado el Diputado Presidente de la Comisión quien se esmeró en el recibimiento. Desde un costado de la habitación alguien le estiró la mano. En ese momento, también lo abraza. El Escribano González entonces le dirige por segunda la vez la palabra.

- Estimado compañero, le presento al Presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados  del Uruguay, Diputado Señor Germán Araujo. La fraternidad, sacudió los huesos de los tres.

- Compañero, es una alegría poder estar frente a ti, después de haber viajado tantos kilómetros.  

- Gracias señores, pero no entiendo mucho todo esto.

- Querido, nuestro trabajo en la Comisión sobre personas físicas desaparecidas, durante esta terrible dictadura, hacen que hoy nos podamos reunir- Respondió Germán

- Sí, yo he escuchado. . ., es más cuando tenía tres o cuatro años, no recuerdo muy bien, aunque tengo imágenes borrosas. . . de una señora mayor,  y de algunos hombres. . . - Un largo espacio de tiempo con la cabeza mirando el piso lo mantuvo a Fausto un poco quebrado espiritualmente. Los diputados, respetaron esa ausencia de tiempo real hasta ese momento. Luego pudo proseguir - . . . de subir a un avión, más tarde de mis padres, inscribiendo mi nombre en un juzgado. . .

- ¿Quienes son tus padres, hijo?- Pregunta González. Germán hacía minutos que estaba con el rostro como perdido, en el suelo, pero lo miró atentamente.

- Mis padres son. . . - Su mirada sombría y tardía era vacilante y se perdía hacia un rincón. Entonces contesto: - Roberto Brown y Ruth Smith, viven en El Dorado, Misiones

- ¿Y tú estudias? - Refirió Germán

- Sí, estoy por concluir mi Licenciatura en Antropología Social en la Universidad. Vine sólo. Vivo en una pensión. Roberto me paga todo para mis estudios. Soy único hijo, aunque. . .

- Mira, debes saber que junto a la Comisión de Derechos Humanos . . .

- Sí, es lo que no entiendo muy bien - Interrumpió Fausto

- . . . de ambos países, Uruguay y Argentina estamos haciendo un trabajo de seguimiento hacia chicos que fueron extraídos a sus padres o familiares en la dura época militar - Afirmaba Germán Araujo

- Mi panorama está más claro ahora - Dijo el chico

- ¿Acerca de que detalles en particular? - Preguntó Germán, mientras González recibía tres cafés que había solicitado al ujier.

- En principio algunos sucesos que nunca me habían cerrado. . . - Su rostro comenzó a tejer telarañas de arrugas juveniles y de envejecimiento a la vez. Su corazón latiendo le decía que la vida dura lo había invadido. Cuando volvió a hablar mientras los presidentes querían escucharlo con ansiedad, esa misma ansiedad era contenida por los tres recordando la represión. Reveló su voz toda la existencia suya. La existencia subrayada desde el nacimiento, esa que ahora develaba de frente a autoridades internacionales y desconocidos, aunque francos merecedores de llamarlos compañeros de toda una vida. - ¡. . . Estos padres míos! ¡. . .y su pólvora. . .! ¡. . . y su Banco! 

- Explícate. ¿Qué pólvora? ¿Qué Banco? - Inquirió 

González

- Desde que tengo uso de razón, Roberto, fabrica 

      elementos con pólvora para el ejercito nacional    

      argentino. Pero hace poco fui a Misiones y en casa  

      estaban reunidos gerentes de Bancos. Le ofrecieron una 

      gerencia en Posadas. No entendía nada. También 

      siempre me pregunté: ¿A qué se debe y qué me une a la 

      Antropología Social? 

- Sabes Fausto, nosotros estudiamos tu caso y llegamos a    

      la conclusión que tu verdadera familia está en Uruguay.

- ¡Pero cómo no lo entendí antes!

- Fausto, queremos que nos acompañes. A cuatro cuadras, está la filial Córdoba de Madres de Plaza de Mayo. Ellas te están esperando - Dijo Germán Araujo. Caminaron bajo el sol tratando de jerarquizar otros temas de viejos dirigentes izquierdistas. Pero el joven Fausto, que socialmente comprendía el panorama y evaluaba cabizbajo que, la vida es solo continuas vivencias y oportunidades donde las debemos dejar transcurrir, ardía interiormente. 

Al arribo, la Presidenta de Madres de Plaza de Mayo y dos psicólogos lo recibieron. Emocionalmente, se sintió bien. Durante tres días los profesionales evaluaron sus sentimientos, emociones, temperamento, comportamiento y todo aquello que hiciera que el joven estuviera contenido. A su costado Germán, González y Madres eran un solo órgano. Todo iba encauzándose hacia la realidad. Las Madres destrozadas por las pérdidas de sus hijos sacaban fuerzas de parimiento, para rescatar al chico en cada palabra que le proporcionaban. Los psicólogos después de toda la evaluación, tuvieron la ardua tarea de explicarle que su identidad había sido negociada. Quienes eran sus padres Roberto y Ruth frente al estado argentino, lo habían adquirido como un bien más, por intermedio de conocidos dentro del ejército al que le fabricaban la pólvora.

- ¿Cuánto tiempo hace que no tienes contacto con ellos? - Le preguntó uno de los psicólogos

- Aproximadamente unos diez días que hablé por última vez con Ruth.

- Bueno es ingrato todo esto,  pero debemos anunciarte que ellos, están en estos momentos encarcelados por defraudación de fondos públicos en Buenos Aires.

Fausto no conocía aún esa frontera, esa divisoria de nombres, apellidos, de dos naciones para con un sólo ser. Un solo ser, que a partir de este momento comenzaba a reconocerse cromosomáticamente. Sólo, junto a sus nuevos y ocasionales compañeros y custodias de la salvaguarda de vidas humanas se dirigirían a Buenos Aires. En esta ciudad que antes visitaba de paseo, hoy trataría de explicarles a Roberto y Ruth, sólo en media hora y en el Penal de Olmos, toda esta inquiriente novedad.

- ¿Tomamos un café en algún bar?- Preguntó una de la 

Madres, quienes ahora eran protectoras de aquella juventud oriental, tratando de quitarle tensión a una situación, más que apremiante para el chico. Después, dos Presidentes Parlamentarios, dos Madres, dos psicólogos y él, caminaron por tres cuadras hasta el penal. Por algún breve trozo de tiempo, hacía ya años, el chico había sentido tan íntimamente el despojo, pero hoy lo vivía en carne propia. Ese despojo tan decididamente histórico. En ese dolor, pudo saludar al aire sano, al aire oliente a café, a moka, a chocolate. . . y al humeante candor que desprendían cinco personas cobijando su alma y las de quien sabe cuántas más, indefensas, inconclusas de su propio ser, de su propia humanidad, allí dentro del bar.

      -    Fausto, en realidad tú eres legalmente, una persona de  

            nacionalidad oriental - Rompió el silencio el otro  

            psicólogo

- Entonces, no soy el ser que figura en mi documentación 

Argentina

- Después de haber realizado todas las investigaciones 

      pertinentes, tú eres Abel López, hijo de Amaranto  

      López, Arqueólogo y de Margarita García, Abogada,  

      militantes de izquierda orientales que desaparecieron en  

      mil novecientos setenta. Tu abuelo es General del 

      ejército oriental Lisandro López y uno de los creadores 

      de la coalición de izquierda Amplia Mayoría junto a 

      otros militantes, pero especialmente a su lado otro  

      General Ángel Bresciani. Ellos, siguen esperando tanto 

      para su patria que la entrega ha sido total, hasta de 

      familia. Es por ello que nosotros estamos aquí, para 

      continuar en defensa de sus ideales.

- ¿Entonces. . .? 

Los adjetivos que iba a pronunciar Abel, cruzaron la calle tomados de la mano junto a las demás pautas ortográficas de los luchadores sociales. Entró al penal acompañado por ellos. Al salir, su figura parecía haber sido trastocada por una energía cosmogónica, emanada de los rincones más recónditos de quién sabe que sistema galáctico   

- Queremos que viajemos todos juntos a Montevideo, para tomar contacto con tus abuelos y que te reconozcan, después de años. . . - Dijo pausadamente el psicólogo como tratando de que Abel no sufriera el caos hasta ahora cometido por sociedades perniciosas. 

- Debería pensar, déjenme evaluar. Repasar, unir. . ., unir una separación en dos, dos familias, dos países. ¡Por favor. . .!



































HOLA. . ., es la sede de Madres de Plaza de Mayo en Buenos Aires - El atardecer devoraba bosques en Misiones.

- Efectivamente, señor. ¿En qué podemos ayudarlo?

- Señorita, quisiera hablar con la Presidenta o la Señora Secretaria de la Institución, de parte de Abel López.

- Un momento por favor.

En un rincón de los salones de la vieja casona de la  Asociación, Germán, González, Hebe y Laura, esperaban ansiosos una llamada de Abel. Él durante la noche anterior, había viajado desde Buenos Aires a Misiones. Veinte horas de mirar al sesgo, el tiempo.

La llave de la puerta de su casa, se introdujo como tantas veces en el orificio de la cerradura. Taío, su doberman casi lo desconoció. Sus gruesos caninos, se mostraban sigilosos y su nariz hocicuda, de poco olfato, tampoco había detectado a su hermano de crianza. Retiró ropas, algunos enseres personales y textualmente sobre la mesa del lujoso comedor, dejó escrito:

“Los límites, esos absurdos absolutistas personales, pretenden que la trascendencia  sea la existencia absoluta. Ustedes y yo somos el objeto de una experiencia directa. Pero el tiempo, ejerce en cada uno, la idea de revelación y, los elementos de autoridad no limitan la libertad interior de la credulidad. Por ello, siendo enteramente libre, asumí el compromiso de una existencia y allí encontré la veracidad de los hechos. Agradezco la seguridad y el respaldo que, sólo tuvo sentido en ciertos planos de vuestro hogar. Sin embargo mi yo creyente, me absorbió en su comunidad, me suprimió los riesgos, me acrecentó mi audacia personal y me ayudó a definir el otro ser, él que no es comparable a nada. Mi verdadero ser, el que no posee cantidad, ni necesidad, sólo cualidad y libertad. Hasta siempre. . ., Abel López”

- Señor Germán, disculpe usted. . .

- ¿Qué ha pasado hijo?

- Es qué. . ., estoy en Misiones, debía regresar en búsqueda de algunas pertenencias, dejar algún mensaje sobre la mesa y mañana estoy en Córdoba para solicitar una licencia especial en mis cursos de facultad para pasado mañana a la noche estar allí.

- Bien querido, te aguardamos aquí en la Sede de Madres.

- Tengan fe, allí estaré.

La seguridad de sus actos, demostraba la seguridad de su ser. Después del reencuentro con sus nuevas madres, quedó dispuesto a nuevas tareas sociales profundas.

En cuarenta y ocho horas, sin límites, el pueblo oriental, repasaba en su memoria, esa línea que un día cruzara Abel en brazos de los que habían pretendido borrar su intelectualidad. El Río de la Plata extendió los suyos.  Mientras, una gigante empresaria naviera, como bolsa dislocada por la finanza, depositaba a cinco personas en el puerto de Montevideo. 

Desde la puerta trasera de un taxi negro y amarillo descendieron enmarañados en el lugar indicado. En el asiento delantero, uno de ellos pagaba el importe del viaje. Momentos antes de entrar, en las escalinatas desgastadas de suplicios, en el Palacio Legislativo Oriental, una pequeña muchedumbre entre los que se encontraban organizaciones de Defensa de los Derechos Humanos estaban agolpados en forma de flor. Más allá un cartel en forma de pasacalle era portado por seis personas. El mismo agradecía y daba fuerza a Abel y era firmado por Familiares Desaparecidos Orientales. Luego, con cánticos, emocionaron de tal forma  al muchacho que no pudo contener sus lágrimas. En las personas allí apretujadas, no existían perfumes franceses, pero sí esas tufanadas de olor a seres humanos, exhaladas por el pubis, las axilas, las plantas de los pies y el cuerpo todo. El Palacio Legislativo oriental, abrió sus pórticos sórdidos, y recibió a Abel, Germán, Hebe, Héctor y Laura, a abogados y psicólogos orientales. A partir de ahora, no había descanso. Él mismo, no se lo permitiría. Lo recibieron  en la Comisión para los Derechos Humanos, quedando para una fecha a confirmar, una visita a la sala de sesiones.

Al salir, las escalinatas sintieron con rigor el aplauso emanado de palmas rojas, de los familiares que no habían podido entrar. Todos seguían a cinco seres humanos, que ahora se dirigieron aun ómnibus que los esperaba. Dentro del mismo quienes pudieron ascender, junto a los que estaban, nunca se volvieron a olvidar de aquellos olores. Perdieron hasta los sentidos del salado de las lágrimas, del agrio del sudor, el fétido de algunos alientos y hasta los agridulces de las alpargatas. Se reconocieron,  se hastiaron de besos, caricias, mimos. Y entre idas y venidas, recorridas por diferentes entidades trataron de llegar a Plaza Libertad. Antes del arribo y por los lugares que concurrieron, lo hicieron a la Facultad de Humanidades. En el laboratorio el Licenciado en Ciencias Bernardino Bertalot, de forma conjunta con el Magíster en Antropología Gonzalo Fagúndez y la Doctora en Antropología Forense Marina Sánchez, le realizaron estudios de muestras sanguíneas, capilares y de mucosa bucal para un estudio de ADN que estaba dispuesto a realizarse para su verdadera identidad. Sin lugar a dudas que la revelación sería exacta. Los resultados de los estudios realizados y entregados a los cinco días fueron fehacientes. Abel era nieto de Lisandro y Dora e hijo de Amaranto y Margarita.

Ahora más que nunca, habían dejado el lugar impregnado de libertad.
















ABEL COMENZÓ ENTONCES, a conocer por medio de sus intercomunicadores, esos peleadores de la libertad irrestricta de los hombres, a nuevos seres. Sus abuelos iban a terciar con su lucha interna. Ciencia Médica y Familiares fueron un conglomerado pétreo de voluntades para emprender la búsqueda de sendas de otros seres que como él debían de conocer la verdadera verdad. 

Cuando llegaron a Plaza Libertad, otra multitud y la misma que se traslado hasta allí, lo esperaban. Corearon su nombre, el de su padre, el de su madre y el de su abuelo, viejo general formador de intelectos. Entre la muchedumbre, contiguo a la estatua de la libertad a la que se le había cortado el tránsito como rindiéndole honores, otro descolorido ómnibus acababa de apagar su motor.

      El estrado estaba preparado, los parlantes también.

      Desde un lateral entre la multitud, Germán asió por el   

      hombro a Abel, quien se dio vuelta. 

- Ven por favor

- ¿Dónde vamos?

- Aquí a este descolorido y viejo ómnibus - Cuando la puerta se abrió, casi cayéndose por la escalerilla, su abuelo gritó: ¡. . .Abel! Por detrás Dora su abuela desmayándose, se ahogaba en llantos.

- Nieto mío, tantos años - Las abuelas y madres de Plaza de Mayo junto a las orientales que hacían lo suyo desde este territorio como Familiares Desparecidos, Serpaj y otros, junto a los médicos de las organizaciones,  miraban con preocupación y desenfado a la familia reencontrada.

- ¡Este es mi calor! ¡Cuánto necesitaba este abrazo, abuelos! Ayudado por Germán, su sostén, pudo ascender al ómnibus. Cuando lo hizo, gente ahogada en llanto, sin bronca, con moral, dieron comienzo a un grito ensordecedor: ¡Abel!, ¡Abel!. Su abuelo entonaba el himno nacional, todos se acurrucaron bajo su voz. Todos eran familiares directos e indirectos de una ausencia reencontrada.

Desde los altos parlantes colocados sobre los plátanos y árboles de la plaza, una gran parte de Montevideo supo que: ¡Se mató por descaro! Con bronca contenida y satisfacción emocionada el general López y su esposa, apretaban a Abel, que hizo uso de la palabra después de los representantes de de Familiares de Detenidos Desaparecidos, de Derechos Humanos de nuestro suelo, de representantes de las organizaciones argentinas y de Germán Araujo. 

Cuando pudo hacerlo, expresó:

“Hermanos, todo lo que es mera posesión, está sujeto a cambios - Los aplausos, derrotaron la tarde – Hemos asistido en estos años duros a tormentos corporales y anímicos. Más allá, están los valores espirituales. ¡Se habían olvidado de ello! - Nuevamente el león ronco de las voces del pueblo, rugió - ¡¿Ustedes creen que una persona puede ser representada o sustituida por otra?! ¡Jamás hermanos!

Cuando dos seres, viven un auténtico amor, lo viven para siempre. ¡Y yo soy el fruto de ello! Mamá y papá supieron de ese amor hasta en la muerte. ¡Por eso el amor es eterno. Germán, Hebe, los compañeros Héctor y Laura, junto a todos los orientales compatriotas que se destacaron por este gesto de búsqueda incansable, siguen en la búsqueda de la verdad eterna. Ahora, se suma uno más para ello. Porque el valor de verdad eterna también es obra del hombre del bien. En este sur del continente americano, ha habido verdades subjetivas que se quisieron hacer pasar por eternas- Un abucheo generalizado de ¡Milicos asesinos!, dejaba que el aire penetrara en su interior - Sólo el tiempo, el después, han hecho comprender y han descubierto que eran errores que creíamos verdaderos - Las nubes casi grisáceas, armonizaban al cielo que por sobre el coro de voces de la Plaza Libertad, instauraban el clima allí dominante - Una institución pretendidamente legalizada en la vida social de un país y en el estado, quiso trascender al mundo como categoría dominante de posesión de sus integrantes. Todo es en vano, acaece todo en la voluntad de posesión, inspirados en razones económicas, en la compra y ventas de armas, en la guerra. Pero el único deseo de los corazones de mis padres y el mío, fue y es entender el valor espiritual de la persona sin condiciones. Y ayudar para que el postulado de la capacidad sea: la elección. Pero aquí estoy,  para ello, para ayudar en lo que pueda a construir un ser racional para mi estado.- Las voces, a veces se sobreponían con cánticos antimilitares.- Estoy dispuesto a trabajar en Derechos Humanos para que:  ‘El verdadero hombre, no sea un ser fácil, embaucador, para ello he venido’. Les ruego me permitan ahora disfrutar con mis verdaderos familiares. . . ¡Hasta la victoria!


























ABEL, RETORNA A CÓRDOBA, ciudad breve, como los períodos de tiempo que se suman  y se restan para concluir en la neutralidad y así terminar su Licenciatura en Antropología. Demuestra que el desinterés por su captores de la niñez, fue quedando en el olvido. Su voluntad cobró fuerza de luz potente, siempre ayudado por su psicólogo en Montevideo. Esto abrió caminos nuevos y profundos. En el duro invierno cordobés, frente a tres profesores estaba rindiendo su último examen con un cuadro de exposiciones brillante sobre sociología.  Con ello demostraba a los catedráticos, la forma en que debe de pensar el ser humano. Por otra parte, ellos ya habían corregido su monografía en la carpeta final, él había demostrado que era cuestión solo de estudio y gran parte de genialidad.

Fue ese el momento tal vez inoportuno, pero real. Entró allí casi exhausta la Licenciada Mary Estevez, vieja conocida por todos en la cátedra. 

- ¡Disculpen ustedes! - Jadearon sus palabras y todos la miraron en un tono de inoportunidad - ¡Es que necesito hablar urgente con Abel. . .! ¡Por favor! - La mesa examinadora quedó boquiabierta y pensativa.

- Perdón, con Fausto Brown - Refirió la presidencia de la mesa

- Sí, sí. . . - dijo Mary temblándole la voz

- Es que estamos concluyendo el examen Licenciada. Déjanos disfrutar de la capacidad estremecedora del joven. 

- Abel, sabes que quiero informarte. . ., - Su voz ahora trémula se sobrepuso a la de todos

- ¿Cómo conoces mi nombre? - Interrogó el muchacho que al instante se paró caminó tres o cuatro metros, entrecerró la puerta y atendió a Mary por la hendija que quedó. Desde el pasillo donde ella se encontraba le habló algunas palabras al joven que los miembros del tribunal examinador no alcanzaron a escuchar.

- ¡Abel, Rosa me llamó por teléfono desde Uruguay y me contó todo. Estoy desenfrenada, mi emoción no tiene límites. Pero hay más. . ., los huesos. . ., aquellos que descubriste en las rocas de Cerro Largo cuando fuimos, los Departamentos de Antropología  y Medicina Forense de Uruguay junto con tus exámenes ADN cotejándolos pudieron dictaminar que eran los cadáveres de tus padres, Amaranto y Margarita - El muchacho, altiva su mirada, sus sentimientos encontrados, su ser atado a su firmeza, acarició por el espacio diminuto de la puerta, la mejilla de Mary, dio vuelta, miró al tribunal, se sentó frente a ellos. . . y lloró, exhaustivamente lloró.

- Hijo, damos por finalizada tu prueba  - Exclamó la presidente, a sabiendas de ser madre y de los comentarios ocurridos durante algún tiempo entre el profesorado de la Universidad sobre la veradera identidad de Abel - La certificación de Licenciado en Antropología, Sociología y Ciencias Sociales, la puedes recoger en bedelía, cuando allí te informen - Los catedráticos se pararon, todos le saludaron con un fuerte y emocionado abrazo, aunque sin decirle nada. . .  El último en salir, miró al chico fijamente desde la puerta que, apoyando sus lentes sobre unos libros, desató su sollozo en un viejo y vacío salón de clase pero donde entraba un aire fresco y liviano desde las hojas de la ventana entreabierta.

















      TRES AÑOS DESPUÉS, Abel revalidaba su Licenciatura   

      Universitaria en territorio oriental.

En al año dos mil seis trabajando siempre en el área social  y para los  organismos de derechos humanos, fue a presenciar y luchar junto a centenares de personas en el frente de los juzgados en la calle Misiones de la ciudad de Montevideo. 

Allí, detrás de los vallados especiales, permaneció parado y  hincado horas. En cada mano llevaba un cartel. En cada mano llevaba el alma y el espíritu combativo de Amaranto y Margarita.

Gritos al unísono escuchaba su ser acorazado de rebeldía y fortalecimiento familiar. 

Hacía dos años su abuelo Lisandro había recibido el título de Doctor Honoris Causa en el paraninfo de la Universidad de la República. Él, junto a su abuela y su tía lo acompañaron y lloraron de alegría después que el viejo general, ya desgastado por la lucha denodada en pro de la verdadera justicia social, leyó un mensaje al pueblo con una oratoria digna de un ser humano sin límites. En aquel momento se había referido a que: ‘La justicia social no es de derecha ni de izquierda, es la libertad de los seres humanos nacidos en cualquier lugar de nuestro territorio, con el compromiso ciudadano de crecer y vivir con dignidad, sin categoría’ Pero Lisandro ya no estaba. Hacía casi un año que había muerto. 

Abel vivía ahora con su abuela ya anciana. Ella también estaba junto él en la calle. Redimían espíritus sin precio y almas acongojadas. 

Pero de todos los violadores y asesinos que bajaron escoltados y custodiados por policías del Ministerio de Interior a declarar ante el juez, uno miró las luces que eran accionadas por los disparadores de las cámaras fotográficas.  En él se vio el esbozó de una muesca de sonrisa, la misma,  curvo su rostro, bajó su torso, sacudió la cabeza y el viento le voló el gorro.

Todos gritaron de forma conjunta: “Pajarito, hijo de puta, la puta que te parió” Desde otro rincón y por detrás de las vallas una mujer de las tantas que habría torturado, gritaba con constancia: “Pajarito, la vas a pagar”

Su abuela con las piernas endebles y los brazos arrugados de dolor, junto a su nieto enhiesto, se miraron. Después de años volvieron a escuchar ese diminutivo. Volvieron su rostro para mirarlo. Pajarito Saldaña, en medio del torbellino de policías, cayó al piso esposado. Los milicos no supieron a quien recurrir. Llovieron objetos y pancartas que tapaban parcialmente el presunto cadáver  del torturador que padecía cáncer hacia un año y medio. Volvieron a su casa con Margarita y Amaranto al hombro. Caminaron durante veinticinco cuadras hasta allí, de donde una vez habían sido extraído ambos. Entraron y al encender la radio, una estación anunciaba la noticia: “ Saldaña seguía viviendo, ahora con una hemiplejía que le había paralizado totalmente su organismo aunque sin perder su conocimiento” 

Abel, sólo le dijo a su abuela: “Los hombres libres, no pueden ser ni previstos, ni explicados”.










Colonia 2009

Edición Artesanal  e Independiente



 



















  

 

         






  



 


Horacio Santana

Novela


Él. . .López


El transcurso del tiempo quiso detenerte. La sensatez, abolió la pretenciosa historia de muerte y traición.

Las almas no se acallan con sobrepeso encima.






Colonia del Sacramento

Edición Artesanal e Independiente






















Para la presente edición

Diagramación total Gabino Santana

Diagramación de tapa Gabino Santana

Copyright Horacio Santana Él. . . López

Inscripto Biblioteca Nacional Lº 30   Fº 347a   

Impresión Artesanal  e Independiente

Depósito Legal N° 15315

Impreso en Rosenthal esq. Fray Bentos Colonia

Tel. 45224096

Email: lastejas@hotmail.com






















“. . .la realidad, es más rica que la frondosa imaginación del hombre. . .”

Eleuterio Fernández Huidobro

                                                                                     

                                                                                    5-12-2006

                                                    Canal TVEO Sodre

                                                                      Uruguay


















 







































 




  (. . .)



-    ¡Reacciona, hijo de puta! -  Lacónico y tirano el grito del médico deshollina paredes que no se habían pintado por años. No había tiempo para ello. Tampoco lo habría por muchos años  más.

-    ¡Déjenlo morir en paz!- Con aullidos, detrás de la pared de hilo arrugado, que los separaba, su esposa rompía en guerra intransigente contra el médico que arremetía con sustancias dentro del cuerpo de Amaranto.   

Ella sobrellevaba dolores sublimes del estado inconsciente, que consciente e instantáneamente vivía.

Tirados ambos y sus compañeros por docenas sobres camastros, deshacían días, horas, sueños, ensueños, dolores. . ., eran dominados por torturas. Ya casi expiraban, pero la vida es dura, métrica, dantesca, era verdaderamente recordatorio de últimos bocados de aire y el limbo mental los sustraía. . . 




















25 de octubre de 1966 


- Margarita. ¿Estaremos en condiciones de seguir nuestros estudios?

- Son años difíciles los venideros. 

- Sí, papá está por ascender a General de la División de Ejercito III, conduce a sus subordinados de una manera muy peculiar.

- Estimo Amaranto que, si tu padre se juega por una coalición de izquierda reflexionando sobre el eje temático y las disposiciones que legó nuestro prócer, nosotros desde nuestros lugares sociales, tú en Licenciatura sobre Antropología y yo en Ciencias Sociales, Abogacía, lucharemos de la mejor manera dentro del Movimiento al que fuimos reclutados a trabajar.

Ambos tomando un café con medias lunas en un bar de Mercedes y Olimar, entreverados entre olor a alcoholes de grapas uruguayas no muy bien destiladas en los alambiques de cobres que mal graduaron orujos y aguas azucaradas y olor de cafés colombianos que por entonces estaban de moda, molidos a la vista; aún no sabían que expondrían  sus vidas en Montevideo.

El Movimiento Revolucionario Oriental había nacido un poco con ellos.  Otros actores jóvenes, no descreían tampoco de la lucha revolucionaria que se estaba gestando. En  principio sobre papeles estudiados detalladamente y mas tarde sobre acontecimientos posteriores en los que empuñarían hasta las armas en forma defensiva, que era la forma de utilizarse, según el legado de la organización.













































( . . . )



- Mátenme hijos de puta. ¿En  dónde estoy? ¿Qué hago? ¿Qué haces dolor. . .? Yo seré. . . ¡Qué estúpidos. . .!  Híncale más milico perro, que tu  picana es muy superficial para mi endurecido cuero. . . ¿Ya has pasado líquido infernal, pretendidamente quemante de ideas. . .? Sí, soy yo. No otro. Mi movimiento serpenteante es lo que hay delante de ti, de tu genocida presidente. El Movimiento por ahora es el aire, moléculas trashumadas de colores, chocantes, que se posan dentro de mis pulmones y purifican el aire de mi república. Las venas hinchan y no deshinchan. ¡Padre prosigue tu lucha! ¡Despiértame! ¡No aflojes Amaranto, te lo pido yo mismo, por mí mismo, por la integridad Oriental!






















25 de octubre de 1966


- Sí Margarita, creo que es el lugar de trabajo - El humo del  café impregnaba el lugar, penetraba en los ojos. Sus manos entrelazadas a la altura de las cabezas y apoyadas en los codos, demostraban a un veterano sentado sobre un taburete del bar, que Amaranto y Margarita se amaban en la profundidad del ser sexual de cada uno de ellos. Mientras tanto las hojas de los árboles recién brotadas y con empuje desprendían la primavera y les golpeaban el vidrio como queriendo entrar - Me duelen las piernas. Estas cuadras desde Facultad me agotan, pero me devuelven el sentir de la sangre oriental dentro de mí, cuando nos reunimos aquí.

- ¿Dentro del gremio, crees que podremos reclutar a alguien para nuestra célula? - Preguntaba ella, mientras otro, sentado en un taburete, sorbía un trago de vino tinto que le teñía momentáneamente el bigote amarillo blancuzco con vetusto olor a tabaco. Luego, dormitaba recostado al mostrador de mármol. El mozo charlaba de la situación del país con el dueño gallego que hervía huevos para dejarlos duros.

- Alfredo, Alfredo es la persona indicada. Él estudia fervorosamente sociología, es inteligente y va de frente. En nuestro sector debemos de golpear duro contra este sistema perverso, demoníaco, que se encuentra en el gobierno.  Hablaré con él en Facultad, estimo que de acuerdo a sus estudios sabrá entender nuestro sistema y a que pretendemos arribar

Amaranto cambió de asiento. Junto a ella, miró el lugar anterior ahora vacío, apoyó primeramente la cabeza en el vidrio, se acercó, posó sus dedos calientes sobre la frente de ella y recorrió con sagacidad amorosa las mejillas. Entonces, los labios de Margarita mordieron los de él con fruición. Los ojos celestes y marrones se perdieron dentro de una fogata de sudor y semblanza pasionaria. El ventilador de hierro como armadura terrible y dura, sin embargo les aireaba la situación.

- Estaremos en condiciones de lucha, cuando el 

reclutamiento sea efervescente. Cuando el sistema celular corrija cuadernos mal redactados por los políticos al servicio de Estados Unidos, habiendo ganado la lucha.

- Sí amor. ¿Piensas que podremos ir a nuestro frente de 

batalla hoy? - Decididamente ella, enredó sus dedos 

finos, delicados, en el pelo de Amaranto mientras el    

vidrio también enfriaba su nuca.

El momento invitaba a ambos para ascender tres escalones del ómnibus número cinco con destino a Manga. Los dejaría a unas cuadras del norte montevideano. Casi escondidos detrás del Hipódromo de Maroñas, muy cerca de Avenida Cuchilla Grande, poseían entre los más desposeídos una pequeña habitación de bloques de hormigón, sin revocar y techo de zinc.  Ellos y las humedades penetraban las tardes, las noches y mañanas. De allí surgían estudios casi terminados, besos que circunvalaban desde zonas oscuras a senos febriles, desde dedos calmando dolores inguinales y acompañando erecciones súbitas por horas, a semen desparramado en partes interiores y exteriores ya mordisqueadas sobre muslos cansados. Allí dentro, el olor a guiso oriental, carrero, calmaba por instantes el hambre y devolvía energía para desatar un nuevo amor instantáneo, un amor de pareja joven. Pareja prometedora de estudios sociales orientales. Desde lo sepultado en nuestras tierras hasta los discursos defensores de derechos individuales. Así como la lucha armada, de armas defensivas, en salvaguarda de nuestra orientalidad. Todo se daba allí. La ventana cuadriculada de vidrios avisores delataba los movimientos del Batallón de Caballería, que por ella se dejaba ver.  Cuatro tablas oficiaban de estantería para libros de antropología, sociología, demografía, historia mal contada y de la extraída de diarios latifundistas y expedicionarios. También la verdadera, la que nuestro máximo General José Artigas, veía para el futuro oriental. Así como Códigos Tributarios, de Comercio, Civiles, todos eran mudos testigos y pacientes espectadores del arribo de Amaranto y Margarita en sus estudios universitarios. 

Porque amor y sabiduría confeccionan la patria. 


































( . . . )



- ¡Amaranto! ¡No te vayas a morir! ¡No por favor! - Suave 

y dulce, firme y gritona,  con sus finos dedos, la abogada 

rasguñaba las telas de lienzo de separación en aquel 

terrible hospital de sangre.

- ¡Ven conmigo señor! ¡Apiádate! ¡Este soy yo. . . 

Amaranto! ¡No aflojes carajo! No emitas juicio 

Amaranto. ¡Es un orden oriental! Prosigue callado. . .

No emitas palabra. . . ¡Tus palabras, pueden perjudicar al 

pueblo oriental!

- Sigues callado hijo de puta. ¡Enfermero! ¡Hágalo          

reaccionar. . .! - Se dio vuelta al irse, demostrando fiereza hasta con su túnica desvencijada y de perfil profirió gritos: - ¡Éste no emite palabra, pero qué le pasa. . .! ¡Párenlo! ¡Después. . ., inmersión!

- Doctor, pero es que hace cuatro días que está boca abajo  y con sus piernas hacia arriba. Sólo emite gritos desesperados diciendo que no va hablar. Desde que fue hallado hace un mes, de acuerdo a sus indicaciones ha comido en cuatro oportunidades y después. . .

- ¡Después que. . .!

- Sólo suero, doctor. . . en los momentos que lo permite, si no se lo arranca.

Se retiraba detrás de la orden genocida, cuando escuchó al detenido.

- Aguanta subconsciente. Estoy vivo y eso es un  privilegio de oriental bien parido. No existe sufrimiento. 

¡Escucha subconsciente! ¡Subconsciente de 

Amaranto: Tus torturadores están de orgía, están 

felices. Mírame a la cara y dime: ¡Aguanta 

hermano Amaranto! Y yo te diré: ¡No sé hasta 

cuándo subconsciente!

Y te diré también: ¡. . . estoy en el limbo. . ., estoy subconsciente. . .!

Volvió, su asquerosa túnica tapó el rostro del muchacho, escupió hacia un costado y le incriminó:

- ¡Párate hijo de puta!  

- ¿Dónde? - Preguntó el inconsciente.

- Ahí en el patio

- Hay sol. . . - Palabras huecas, casi dormidas fueron emitidas por Amaranto

- ¡Te voy a refrescar con agua de sal!

- No sé. . .

- ¡A ver enfermero!

- Sí, doctor. . .

- ¡Doctor Coronel!, Llévatelo al patio. ¿Y esta cretina de la cama 25. . ., averigua?

- Es la mujer  del que mandó de plantón. Del de la cama 20, señor.

- ¿Estás consciente conchuda?

- ¡Sí! - Enfática, ruda, consciente, hembra, original, quieta, no dejó amedrentarse. . .

- Encapúchala bien y ponla en el otro frente. ¡Entendiste, enfermero!

- Sí, doctor - El médico torturador se retiró del ambiente y el enfermero oye.

- Voy sola. 

- ¡No me comprometas, ponte la capucha!

- ¿Y el suero? - Aunque fuerte un dejo de resignación trasmitió la personalidad de Margarita.

- Ya te lo saco

Sabía lo que era esperar. . .













3 de diciembre de 1967


- ¿Amor, estás aquí. . .?

- Sí querida, en el baño - Gritó Amaranto. Su pequeña habitación, ya poseía un espacio de un metro veinte por un metro donde realizar sus necesidades y bañarse. Cuando habían ingresado, sólo poseían la pieza para dormir. Un antiguo tanque galvanizado para quince litros de agua caliente y una roseta que se abría con una piola, era la ducha.

- Sabes Amaranto, hace ya dos meses que no menstruo.

- Me embarga la alegría mi amor - Respondió él.

- Sí, vengo de la Sede del Movimiento Revolucionario Oriental. Conversando con Claudia que dio su examen final de medicina ayer y cree que aprobó, casualmente la pregunta final a defender fue, sobre las condiciones en que queda el sistema hormonal femenino en los momentos posteriores a la fecundización. 

- ¿Allí te enteraste? - La abrazó, la besó, sus manos recorrieron una y otra vez los vellos pubianos de Margarita y se echaron sobre la cama - Entonces seremos tres veces felices, los dos casi recibidos, nuestra República Oriental victoriosa socialmente y nosotros, orgullosos de nuestro embrión oriental.

- Sí mi amor - Mientras ella insertaba sus manos, aún pegajosas de sudor apretado, adquirido en los ómnibus, en los cueros de asientos y los depositaba sobre el cuerpo desnudo de su compañero recién bañado, proseguía diciendo - Cuando Claudia, me habló de su examen, recapacité y le pedí consejos. Me dijo que fuera a consultar con la compañera y Ginecóloga Dra. Benítez, militante de aquí muy cerca, el Barrio de Manga. Hablé con ella por teléfono y solícitamente me comenzará a atender en su domicilio.

- Con nuestro futuro hijo mi amor, trabajo social, estudios. ¡Ay Margarita, Margarita, cuánta felicidad! Estar en tantos frentes de batalla a la vez y que todo va surgiendo bien - El compañerismo matrimonial, militante, exuberante y parsimonioso, permitía el crecimiento del futuro oriental.

Esta vez un puchero criollo, levantó vitaminas de madre y padre. Dos días más tarde, Margarita comenzó a atenderse con la doctora Benítez. Fueron ambos. La compañera militante dio las primeras indicaciones y a la salida caminaron felices las calles de Maroñas. Se encerraron, el olor a humedad no los perjudicaba. Estudiaron sus últimos exámenes, mientras la ventana de vidrios cuadriculados seguía delatando al Cuartel de Caballería.

A la tarde del otro día, en la casa paterna de Amaranto, el futuro General del Estado Oriental y fundador del nuevo partido político de la nación Amplia Mayoría.  Lisandro López, recibía a su hijo, su nuera y su futuro nieto. Fue un momento de mucha distensión familiar, de armonía, paz y reflexiones hacia la patria.   

- Coronel no creo justo, pero sí necesario, anteponer un estado de ánimo que, fluye en algunos rincones orientales de mi cuerpo. Ahora con nuestro hijo dentro de mí, en pleno desarrollo y crianza, se retuercen temores, contradicciones, que como ser humano podremos fingir, aunque sólo en parte. Se hace imprescindible preguntar en este momento si: ¿Podemos dialogar sobre la objetividad de formas? - El Coronel escuchaba a su nuera con formalidad militar. Suponía  las preguntas de Margarita. Él, como viejo conocedor del ambiente político miraba la muchacha, como hija, nuera, militante, en su cerebro sostenía que ella hablaría respecto del pueblo, de progreso, de cambio de situación, de la justicia social. . . - ¿Coronel, siente corresponsabilidad entre su lucha interna y la nuestra como movimiento social? ¿Si así fuera entonces, cuando logremos el triunfo, no habrá sido en vano haber dejado atrás a mis familiares, a mi pretérita memoria de vida y será orgulloso el futuro en que, se reproducirá la historia de José Gervasio Artigas, de su Artigas, por el que usted se formó en su carrera militar?

- Sí querida, debo decirte que tu breve narración de preguntas, concuerda fielmente con mi pensamiento, el de mi hijo y de nuestra familia. Han crecido los momentos de lucha intensa dentro de mí y algunos oficiales superiores, creemos en la posibilidad de cambio. Jamás discuto el contenido de la propuesta nacional, tampoco atribuyo a alguien por falta de conocimiento el infortunio por la que pasa la masa social oriental. Entonces, nos hemos propuesto no ocultar nuestro dolor interior por los más jóvenes, los marginados. Vivamente y sin enojos, desde que emprendí la retirada de mi pueblo natal en Tacuarembó para iniciar el Liceo Militar, un matiz de causalidad y apreciativo para con mis gobernantes de turno y mis superiores, han conformado en mí un carácter de confesión muy marcado. Los pequeños momentos de desazón, han sido cambiados por ilusiones para  comenzar a estar junto a ustedes, de saberlos fuertes al calor del pueblo. No temas. Tu hijo vendrá a ser el nieto presentido hace años y el ser donde residirá vuestro sacrificio, el de nuestra familia, el de la tuya por que no, será el nieto enrostrado de claridad para las futuras generaciones - Ella y Amaranto, se miraron y estrecharon en un abrazo a Lisandro López, mientras tanto él proseguía: - Ustedes firmes en sus acciones, no pueden ni deben dejar de entender que este es un año clave para el pueblo oriental. Presiento que el actual gobierno terminará siendo un declarado enemigo y que nos están mirando de soslayo a algunos militares como renegados milicianos. ¡No olviden nunca, nuestra conducta se transformará en norma cuando, aprendamos a reconocer rigurosamente a los contrarios como tales. Así quedará consolidado nuestro polo de unidad. Hoy estamos con esmero y valentía transformando la historia, por qué hasta hoy día, los filósofos de la Historia Oriental, nos han mostrado pequeños “encuentros”, “episodios”, “asaltos”, “batallas”, desde sus folletines, han dejado de lado los copiosos derramamientos de sangre. Debemos de ser justamente nosotros, maestros, investigadores honrados, técnicos y el pueblo, quienes conservemos métodos de pureza. Estudios de los medios verdaderos, auténticos, son nuestra tradición desde sus orígenes. Debemos retornar a nuestra nacionalidad Charrúa, esa demostrada raza participante de la formación de este suelo patrio, esos conductores naturales de gesto adusto y serio pero, con cualidades innatas extraídas desde el tala, el coronilla, el molle, el cielo, el puma, el yaguareté, el ñandú y la naturaleza toda, desde su aprendizaje, debe de conformase el nuestro - Miró a los casi profesionales y padres y concluyó diciendo: - Debemos sentir respeto por la verdad, su carácter único y futuro devenir. Los grandes hombres deben ser mirados por la sangre, por el espíritu, por su educación. Se trata esta de una tarea muy seria, quizá. . ., algo trágica - Dándose vuelta, besó a Amaranto, estrechó en un abrazo a Margarita contra su pecho, luego tomó asiento en el sillón giratorio de su despacho contiguo al living, dio medio giro  y miró detrás de él, en suspenso la biblioteca. . . 

Amaranto concibió una mueca que se adentró en el ser de Margarita. Se paró, acercándose a ella le acarició el vientre, sonriendo y con ojos penetrantes, aunque dulces, como hijo oriental, fiel y caro a sus sentimientos, rozó la mejilla de su compañera, íntegra, fuerte, capaz, la besó en los labios 

finos. . .Muchas veces habían excitado sus nervios dentro de la sociedad inacabada, opresiva, repelente. Aunque la consideraban como un curso lúdico, con el pueblo dentro del juego, sabían que quien se escindía provocaba eso: “Que te miraran como estudiantes de escuelas selectivas”, sin entender que eran profesionales de profunda seriedad. No les importaba esto, aunque lo sentían dentro de sí. Lo que también sentían era que una nueva historia acaba de empezar, estará con plenitud terminada cuando dolorosamente la amargura de los sucesos por venir, sepan ser superados. 

Pidieron disculpas, miraron el reloj de ella, se excusaron de tener una reunión con sus compañeros y se retiraron después de besar a la madre de Amaranto. Deseándoles ella, buena suerte en el cuidado de los tres. 

Ellos, no visitaban muy a menudo a sus padres.

































( . . . )



- ¡Plantón, te dije. Hincado, NO!

- ¡Denme agua! - Suplicaba Amaranto

- ¡Cómo no! Denle agua - Ordenó el médico, mientras después de dos días la posición de su esqueleto era ya la de un viejo. Inclinado sobre sus huesos, atravesado por los rayos de sol oblicuos, así estaba incidiendo su persona sobre el pedazo de tierra que estaba dispuesta a acogerlo para que no sufra más. 

- ¡Toma, cretino! - Ésta última orden levantó espiritualmente a Amaranto que oyó de boca del enfermero, una pronunciación seca, pero a la vez débil, como codificándole el subconsciente nuevamente, como reforzándolo. Demostrativamente en su intimidad, un patio arrebatado de seres semidesnudos, medio muertos, esclavos de un médico atroz, conocedor de los límites infrahumanos, los recibía a veces frío, otras tibio, caliente. . . - ¡Bébela, te ordenó el médico! Acercó el recipiente a los labios y un trago salado descendió desde su lengua hasta su estómago. El dolor hiriente de los labios, el sudor interior, el sufrimiento ondulante del esófago terminó enmoheciendo la flora intestinal hasta secarla intransigentemente.

- ¡La puta que los parió, milicos paridos de las entrañas en llaga de sus madres putas! - Concluyó. Concluyó por qué el médico también sabía pegar. Asestó terrible mandoble en le plexo solar del indefenso, atado y maltratado hijo del Coronel Lisandro López.

- ¡No le peguen! Eran las palabras incandescentes pero apagadas de Margarita. Ondas de voces sueltas, dóciles, que ella transmutaba en amor, amor luchador hacia los demás, las que se percibían, desde casi cincuenta metros.

- Tráemela para acá, enfermero - Sacó el tirano de lo que parecía ser una vieja morgue, una camilla amplia. La llevó a su oficina, unos metros más allá. El enfermero aturdió por los gritos de Margarita. A empujones, la depositó en un rincón del lugar. El médico torturador, comenzó con frases dulces, enternecedoras. Se sentía seguro. Los guardias que no eran sólo hombres, pasaban a unos veinte metros de distancia, entretenidos en mirar el hacinamiento exterior. Faltaba cuidar el instinto del criminal. 

- ¿Dónde estoy? - La capucha debilitó aún más la voz punzante y suave de la muchacha

- ¡Aquí mi amor. Quiero escuchar tu voz plena, limpia! -Y le sacó la capucha. Ella comenzó su gritería sollozante. Pero impunemente, amordazó a Margarita. - ¡Tengo necesidades! - Ató sus manos que hubieran cometido un tajo rajante en su rostro. Ella se estremecía, inclinaba su mentón hacia uno y otro lado, como negando la situación. De pronto el dueño de la escena de los minutos atroces, desprendió su chaqueta, las sucias manos se movieron con una soltura degradante y luego de que, desde la bragueta un botón cayera al suelo, tomó su sexo, que había quedado al descubierto y se lo mostró impunemente. Hizo a un costado la túnica gris mugrienta y de un manotazo como estaba acostumbrado, bajó velozmente el pantalón de la muchacha. Con su cretina gallardía, penetró a la indefensa mujer. Ella se tensaba, pretendía erguirse, pero él triunfal, con un sudor jorobado e inundado de sarcasmo militar había terminado casi ya su tarea. Ella, con la luz azulada que le daba en pleno rostro, nunca cerró los ojos, por ellos corrían lágrimas duras, recorría paredes y con el pensamiento cortaba de un cuchillazo el cilindro carnoso que estaba erguido como una piedra casi torcida. De su lado cuando él se vistió, bajó de la mesa mortuoria a la muchacha y se la entregó pronta nuevamente al enfermero para que siguiera de plantón en el patio.





































24 de agosto de 1968


- Estos dolores. . .Amaranto ven,  mira en el inodoro, expulsé algo dentro de mí.

- Sí, amor es el tapón mucoso.

- Debemos de ir a casa de la doctora Delia.

El vientre de Margarita estaba  besado interiormente. Su hijo la acariciaba, posaba las yemas de sus dedos impregnadas de huellas digitales acunadas en entrañas maternas, durante nueve meses. Las últimas proteínas eran absorbidas por Abel, que desde dentro empujaba su ser existencial, nuevo. Estos habían tensado el cordón umbilical. La placenta despegaba centímetro a centímetro la vida misma. Una vida oriental, que pedía a llanto y risa su libertad exterior un veinticinco de agosto de mil novecientos sesenta y ocho.

- Jadea hija. ¡Puja! Contiene tu respiración que Abel está aquí en mis manos. ¡Respira hondo! Uno. . ., dos. . ., 

tres. . . Empuja, exhala lentamente aire - Dulcemente la Dra. Delia Benítez controlaba a la primeriza en su clínica domiciliaria de la curva de Maroñas.

- ¡Ay, los dolores! Son tremendos. Las contracciones 

Delia. Son muy fuertes arrítmicas.

- Siente mi mano, amor. Deja fluir tu hijo sin desesperarte. Cobíjalo entre tus piernas, mécelo de aquí para allá, ayúdalo y el devenir de Abel será promisorio. 

Con fuerza y amor alentaba Amaranto a Margarita, mientras secaba  con un algodón humedecido los labios de su luchadora compañera y apoyaba los suyos en la frente de la parturienta.

- Vamos a intentarlo de nuevo. Sopla. Aspira. 

Profundamente. ¡Exhala rítmicamente! Haz fuerza con tu abdomen hacia abajo. ¡Vamos princesa! ¡Fuerza! 

Uno. . ., dos. . ., tres. . . Ya viene corazón. Allí está. ¡Aquí entre mis manos, su cabecita arrullada de amor! Ya está. Última vez. . . ¡Uno. . ., dos. . ., tres. . .!

- ¡No aguanto más Delia!

- ¡Fuerza cariño! Nuestro hijo respira ya el aire, oxigena sólo, es hermoso. . .

- Sí, ya está conmigo. Veamos cortemos aquí. Golpéalo un poquito en su colita enfermera, para que llore. Eso es, bien. . . ¡Muy bien Abel!

- Si, pero yo no doy más. ¡Estoy extenuada!

- Ya. Ya. Te pido la última ayuda. El último pujo, la placenta está perfecta y todo salió de maravillas. Cómo esperábamos. ¿Verdad, papá? ¿Cómo si supiéramos?

Margarita esbozó una sonrisa. Se dormitó. Abel fue lavado por la enfermera. Amaranto se distendió y durante dos noches tuvo que dormir allí en la clínica. Delia intuyó que había realizado un parto para una trayectoria de miradas especiales, de fragor humano. Estando junto al abuelo de Abel, finas virutas de tiempo iban a transcurrir. El General Lisandro López y su familia, aún no sabía la noticia. . .

Margarita y Amaranto solían pasar días sin ir a la casa de ellos. Lisandro, ese criollo oriental, transportaba sobre sí ideales comunes a Delia que proseguirían  caminos de orientalidad. Después de recuperarse, llevaron a Abel a casa de sus abuelos. El patio pareció estremecerse, el ovejero alemán grabó en su hocico los mil olores del nuevo integrante. Los pájaros revolotearon en el árbol casi centenario dejando atrás en sus vuelos, algún balcón oxidado furtivamente en otros hogares aledaños. ¡Todo aquí era libertad!

El entrar, el abuelo preguntó: ¿De dónde viene y hacia dónde va este orientalito, Abel López? 











( . . . )



Su voz tenue emergida entre el inconsciente y el consciente dice: “Estoy tirado. Han pasado días. Aguas salobres. . . Quietud malsana. Aún estoy vivo. Recuerdo mi último examen de antropología. El tribunal me preguntó: ¿Cómo sería posible medir una verdad en la sociedad por la que transitamos. . .?

Sigo recordando. . .

Pasa un milico y me patea. Grita. . . ¡Son aullidos de carne viva, pútrida!

Respondo: Creo que la verdad la podría medir según las inteligencias unipersonales. Aunque deberíamos instruírsela a los más débiles, para que no se vuelvan locos. Jamás enseñársela a los malvados pues cometeríamos un pecado capital, con sólo un trozo de ella, podrían obtener fragmentos que destruirían a sus congéneres. Quisiera aprisionarla en mi corazón y mi mente para después, poder hablarla, enseñando mi humilde tarea.

Creo que en la fe de mi convencimiento, está mi sana arma de combate. En la creencia de estudio del ser humano, la fuerza para seguir adelante. Y en el silencio, este silencio oriental, mi coraza de amor y sabiduría  parta consagrárselas al prójimo. Y me consagraron: “Licenciado en Antropología” 

- Seguís en silencio - Agregó el doctor militar.












( . . . )




- Sáquenlo y me lo llevan a la camilla. ¡Suero con él! 

- Aquí está tu comida - Agravia otro enfermero - ¡Pon el brazo! - Y lo pinchó sin saber que hacía.

Amaranto era ya casi un cuerpo sin dinamismo. Experimentaba su infancia, la juventud y la vejez tirado sin lamentaciones. Pero dejaba de ser porvenir. . .

- Mi hijo. . . exclamó casi por última vez

- ¡Tu hijo. . .! ¡Tu hijo. . .! ¿Qué hijo. . .? 

Desde fuera con vestimentas de cortezas, cabellos enmarañados pero encaprichados, esa ermita humana sin pronunciar palabra de todas la pronunciadas hacia el Señor, se transportaba Margarita con sus pies ennegrecidos de coágulos. Su cuerpo tampoco existía. Los miembros parecían disecados por el soplo del viento, el chasquido de la lluvia y el calor del sol. Su esqueleto árido, seco,  tempestuoso, llevaba encima su piel momificada. No pudo ver el triste lugar. Sólo escuchó la voz de su marido, clamando por el hijo de ambos y su expiración. . .

No obstante ella, de acuerdo al hilo espiritual que los unía, recordó también en ese instante el día en que se recibía como Doctora en Abogacía y Ciencias Sociales. Se lo habían impuesto ambos, antes de que los destructores, los hubieran encarcelado. Ese pacto grabado, fue tal, que a sabiendas que la tierra estaría lejos, el espíritu y los años trabajados y estudiados, darían sus frutos en Abel. Para la familia, para la sociedad. . .  Sabían también que el cielo estaría mudo. . ., pero que como en un  desierto, desnudos, habrían superpuesto el sello del supremo sacrificio.

Luego del intento de sacarla de su éxtasis interior y por el término de aproximadamente cinco minutos después de que escuchara el final terrenal de Amaranto, se oyó: 

- ¡Nuestro hijo. . .! 

Y la misma traidora reacción de las implacables neuronas, mudas, pero de tez soleadas de patios polvorientos, la estrecharon en un temblor y escuchó:

- ¡Tu hijo. . .! ¡Tu hijo. . .! ¿Qué hijo. . .?

- No importa. Lo entenderán después de nuestra 

muerte. . .  

Sólo un lazo de exhalación fatuo, unió a dos seres que, unidos durante cierto tiempo, se aunaron para que otros seres en el futuro, entren con ellos en su luz celestial.

Arrastrando las capuchas y las esposas, esa pequeña multitud maligna, asesina, aterradora, llevaron sus cuerpos huyendo y sin dejar rastro. Los cadáveres de los compañeros cónyuges se hundieron en la tierra, sin enterrador, pero sobreviviendo en alguien. . . Ese suelo, donde cultos lunares y solares los harán brillar por la eternidad de sus espíritus, ahora libres.

























LISANDRO como épico generador de energía, nació junto a un candil, contiguo al pedal del fuelle que alimentaba de oxígeno a la fragua, donde José su padre daba comienzo a las jornadas de herrero. Los fardos de paja que las iniciaban, oficiaban de respaldo y apoyatura cobijando a María, su madraza, antigua paridora de hermanos. Un anochecer hecho noche, esperó a ella que sabía jadear, pujar, contener y exhalar el aire mezclado en combustión con carbones pétreos del Tacuarembó.

Josefa, con olor a ruda en su delantal blanco, había llegado en un charré con el que José había rodado ocho kilómetros para encontrarla. Eran tiempos justos, que combinaban él y su zaino para el comienzo de los nacimientos. Esas carreras, fueron catorce, en la que Lisandro ocupaba el lugar ocho. Todos los niños, exhalaron después de unos días de nacidos los perfumes de Valle Edén a unos kilómetros de la herrería, donde José y María los arrimaban a Josefa, para que la partera de campo diera el visto bueno del estado de salud de los pequeños.  

“La Oriental” se había concretado por oficio adquirido de los abuelos de Lisandro. Se estiraban rejas, enllantaban ruedas, se forjaban puntas, cortafierros y elementos para trabajar el campo y las canteras de piedra.

“A trabajo seguro, más Oriental, seguro” era el dicho de José. Desde distancia, se escuchaban a diario, trotes chasqueros y dos veces a la semana en mil novecientos dieciocho, año de nacimiento de Lisandro, el ruido a motor de las nuevas locomotoras arrastrando vagones en la línea del norte. Entonces, se alentaban sonrisas, en el domicilio López-Rodriguez. El ruido a metal, aumentaba el disfrute que a diario producía en José el saber que: “los hierros le daban de comer a la familia”. Eran épocas de fuertes nacimientos, también de dignos campos parcelados. Arroyos escrutados todos los domingos por la familia, los arrullaban entre declives pedregosos. Sabores ideales de un valor geológico, floral y donde la fauna entretejía mañanas y tardes, para un descanso nocturno, fueron testigos del crecimiento de Lisandro.

Junto a su hermanos, conoció de apretujones mañaneros, entrelazados brazos, pisotones, empapaduras y también furiosos barquinazos dentro del charré que los llevaba ala escuela.

Allí todos concluyeron en cuarto año. Después, irremediablemente debían de ir a la ciudad de Tacuarembó, distante cuarenta kilómetros. Sus padres, notaban certidumbre en las convicciones de Lisandro y austeridad en las lecturas del ideario artiguista. Cuando él las encontraba en su escuela, con el pedido correspondiente a su maestra, que también oficiaba de consejera y educadora de la orientalidad, llevaba los libros a su casa.

Supo del ordeñe, viendo llenar los tarros de leche. Rajó la tierra y ayudó a sembrar obsoletamente. Encorvó sus jóvenes años sin regaño, cuando las plantas de boniatos le hacían sangrar los dedos  con su leche vertida y potente. Él recogía zapallos al sol, recorría la quinta, regaba en los atardeceres iluminado Sirio y el lucero que brillaban sin entrar la noche. 

Seguro que esa iluminación le guió hacia un vagón de ferrocarril rumbo a Montevideo, cuando apenas tenía diecisiete años. La estación central inaugurada hacía poco tiempo, lo acogió. Con todos los recuerdos frescos, Lisandro contenía los hierros franceses a punto de desplomarse para él y de pie observaba las bombillas amarillentas y grandes. 

Hasta el amanecer declinó conocer la capital. El segundero del gran reloj de la estación acompasaba el albor del día. Cuando el minutero arribó a las ocho, se acordó del guardapolvo blanco, de la maestra empeñada en enseñarle la hora ocho años atrás. 

Entonces le urgió el deseo de llegar al liceo nocturno. El estado le acogería para un futuro sincero y real y él se acurrucaría a su amparo benevolente.  Ese año mil novecientos treinta y cuatro, huele otros aromas, turcos, africanos, suizos, norteamericanos. Aunque, nunca se le truncó el olor del sarandí, del ceibo, del espinillo. . . Sin embargo en la patria oriental otros hombres y el estado huelen a pólvora. Existían hombres más guerreros que honestos. En su ser comienzan a revolucionar ideas renovadoras. Es por ello que, aquellos días de todos los colores, utilizados para una pegatina frente a su liceo, lo hacen preso político menor aunque, sin motivo para  averiguaciones. Elementos que hubiera utilizado para destacar sus ideas orientales. En este devenir de tiempo fresco, va conociendo a profesores y alumnos nuevos. Le inquietaba verdaderos conocimientos. . . Un día, le plantea a un compañero: “Seríamos otros si defendiéramos la patria como lo hizo nuestro prócer”. Flotó en el cerebro del otro chico el beneficio de la duda. 

- Sabes, considero de valor tu sugerencia. ¿Pero, después de dos días de tu planteo, que ocurrió en ti? - Preguntó Ángel Bresciani a su amigo.

- Presiento que desperté en ti, el hervor de aquellos pagos rurales.

- ¡Despertaste tú también, Lisandro!

- Los engreídos orientales, llevan el infierno en la imaginación. ¡Observaste Ángel!

Mientras a Lisandro, desde su espíritu le comenzaba un poder apasionado y un encantamiento arraigado por la patria, dijo: “Faltan solo dos meses, terminamos este año e ingresamos a la Escuela Militar” 

Fue un pacto de honor juvenil y de por vida.









      ANGEL y Lisandro concluyeron su cuarto año en un liceo  

      de Montevideo, encontrando la fuerza de Artigas 

      concentrada en un edificio: “La Escuela Militar”.

Se recibieron de alférez sosteniendo sobre sus espaldas como hombres del interior del país los rasgos genéticos de razas laboriosas. Insistían, persistían, no haciendo del domingo un día santo y aburrido. Con ambigüedad estudiaron haciéndose preguntas sin prejuicios, algunas de las cuales podrían quedar para el futuro emulando a nuestro General Artigas: ¿Podremos desde dentro de la Institución acondicionar a nuestro pueblo? ¿Y el pueblo reaccionará con convicciones libertarias, democráticas  y antiimperialistas como lo había soñado él?

Entre los años mil novecientos cuarenta y mil novecientos sesenta y siete, año de la cumbre de sus carreras dentro de las fuerzas armadas, se formaron en cursos en diversos organismos nacionales e internacionales. En este devenir, murieron sus padres, contrajeron matrimonio, engendraron hijos. . .

Lisandro López y Ángel Bresciani calaron en las entrañas del máximo imperio estudiando “inteligencia” y “defensa”. Cómo si la inteligencia no fuese inherente a cada ser humano, cómo qué paradójicamente si no se nos enseñara a defendernos no utilizaríamos nuestra propia defensa, la innata y no la sobrevaluada. Sin embargo, ellos trabajaron en forma denodada en pos del mejoramiento de la sociedad oriental. En inundaciones, en observaciones y monitoreos de futuras represas para generar energía hidroeléctrica en nuestro país. 

Por concursos dentro de la fuerza, Ángel en mil novecientos sesenta y cinco y Lisandro en mil novecientos sesenta y seis arriban al grado de General en Jefe de las Fuerzas Armadas y de General de la Región Militar Nº 3, respectivamente. Después de dos años, Lisandro ejerce como General del Instituto Militar de Estudios Superiores. En ese mismo año muere el Presidente la República y asume el Vicepresidente en ejercicio. 

Ángel y Lisandro, solicitan la venia presidencial de pase a retiro en el otoño de mil novecientos sesenta y ocho. Desentonan con los ideales de lo que ellos estiman se esta gestando en el Uruguay. Una dictadura encubierta. Un golpe de estado a instancias del mismo presidente. Se revelan las masas por la intransigencia de algunos seres que arriban al gobierno sin orden, sin causa, sin cultura, tratando de dominar estos ciento ochenta mil kilómetros cuadrados. Es en la primavera de mil novecientos sesenta y nueve que se les concede su pase a retiro.

Lisandro ya conocía un nieto, un oriental de ley como siempre lo soñó. Entonces comenzó a disfrutar de Abel junto a su hijo Amaranto y a su nuera Margarita. Todos lucharon como pueblo, para el pueblo. Es por esas convicciones adoptadas, que en febrero de mil novecientos setenta y uno Ángel y Lisandro fueron invitados, junto a personalidades con varias formaciones universitarias socialistas de izquierda, a fundar y representar a la nueva coalición representativa del Uruguay, Amplia Mayoría. Desde allí se establecen los parámetros democráticos para competir con blancos y colorados.

Papeles que estaban amarillentos de tanta penumbra en la luz, otros ajados en los bolsillos traseros que se sesgaban en la cintura de miles de ciudadanos que querían un  porvenir nuevo para la patria, veían aclarar, un futuro ensombrecido. Empezaron a transitar junto a Amplia Mayoría kilómetros de caminos orientales forjando a golpe de pie, un movimiento antiimperialista.  Era la hora indicada y el momento justo. La coalición presenta sus listas en noviembre de ese año y logra un dieciocho por ciento del electorado. Con otra coartada política, los colorados quedan al tope del presidencialismo uruguayo. 

Desde mil novecientos setenta y tres y hasta mil novecientos ochenta y cuatro los dos amigos militares comparten el duro escollo de la cárcel. Habían sido “elementos perniciosos” para la sociedad. Pierden sus grados de generales, son proscritos en sus derechos políticos, aunque, no pierden conciencia. . .

Barrotes, frías paredes, ornamentos psicológicos no reproducidos jamás, sólo en este Plan Latinoamericano, el “Plan Cóndor” (el ave más grande que vuela), fueron testigos de un olvido que debieron de ejercer después de liberados de la dura dictadura.

En la oscuridad velada por recuerdos en aquellos momentos, Lisandro se escabullía por rincones mentales álgidos, sucios, embadurnados de lodo político que sus antiguos camaradas del ejército le habían impuesto. Siempre evocaba en su recuerdo tripartito a  Amaranto, Margarita, Abel. . .

Antiguas y oscuras fotografías se presentaban ante él, sepias, apagadas, entristecidas, presumiendo que sus huesos y carnes nuevas, entraran en el limbo consciente de un ser humano como él.

Por momentos, arañuelas dejaban telarañas carceleras. Por otros, moscas y mosquitos e insectos se suspendían de los techos. . . Se preguntaba: ¿Mis pequeños y medianos huesos estarán también atrapados por estas telarañas? No había respuestas. . . No había visitas. . .


















- ABEL, ven un momento por favor.

- Sí abuela, que necesitas.

- Querido, ten cuidado, se está tornando difícil salir a la vereda. Cuando lo hagas pídeme que te acompañe.

- ¿Abuela, cómo vamos hacer para que vaya a la escuela el año que viene? 

- Te llevaré y a la salida iré a buscarte.

Durante el día, una fuerza superior ejercía seguridad sobre Doris García, la Señora de Lisandro. Ya había transcurrido el tiempo suficiente para saber sobre el paradero de su hijo Amaranto y de su nuera. En el patio de su casa, los pájaros no cruzaban árboles centenarios y el ovejero había olvidado hasta su registro olfativo. Mal presagio. Sólo tenía el tiempo para dedicarle a su nieto, no había tiempo para más. . . De noche los pasadores roían los candados y las llaves, colgaban y se hendían en tajadas de aire a la espera de que al otro día, algún movimiento sacudiera su esqueleto oxidado.

Eran las tres de la mañana. Irrumpieron rompiendo silencios. A manotazo limpio, con uñas  sangradoras, Doris, no dejaba que se llevaran a Abel, pero eran más. . .

- Señora, nos tiene que acompañar - La voz arrogante,

necia, alborotada por conseguir el preciado mandado, roncaba gruesa. Se esparcía también por los bigotes untados de saliva. Esa voz, vaciaba aún más el aire puro de la casa de familia López-García. Seis personas de civil, más el arrogante, oficiaban de carceleros en un domicilio privado. Es que la libertad había salido de allí y aún no había retornado.

- El niño también va con nosotros - Inquirió el arrogante, que fue molestado por uno de los otros seis, que al escuchar un pajarito gorjear le dijo: “Tú  hermano está cantando su libertad sin barrotes” - ¡Cállate la boca hijo de puta!. Arreglaremos esto cuando lleguemos. 

- ¡El niño no lo lleva nadie! – Gritó la abuela,  casi enrojeciendo sus cuerdas vocales. Lo aferró a su camisón de dormir. Las blancas piernas sacudidas con toda fuerza de Abel en pijama y calcetas abrigadas, no fueron impedimento para que los usurpadores, se lo quitaran. Dos autos afuera estaban estacionados. Dejaron luces prendidas de la casa, puertas abiertas, revolvieron todo y un poco más e introdujeron al niño con tres de ellos en un automóvil. Su abuela subió a otro, ubicada entre dos, atrás. Después de tantas vueltas, perdió hasta su identidad. Doris lo sabía. Presentía lo peor.

- Sólo esta lámpara encendida. ¿Reconoces tu identidad? 

- No, no reconozco nada - Expresó Doris.

- Yo sí

- Tú eres un perro carroñero que escondes detrás de la lámpara en la oscuridad. ¿Crees que podrás conmigo?

- ¿Sabes donde estás?

- No importa esta negra noche, este negro trance, ni tu negra disposición para el arrebato. ¡Chorro, ladrón, genocida!

- No deberías de hablarle así a un custodio de los valores, la independencia y la libertad de la familia oriental, que quieren ser arrebatadas a nuestra patria! ¡Te arrepentirás Doris!

- ¡Sigues violento, gusano asqueroso! Tus compañeros y tú son la lacra que nunca deseamos. ¿Dime dónde está mi nieto y mi marido, junto a mis hijos, quizá?

- Te lo dejaremos ver si contestas algunas preguntitas

- Nunca. Jamás hablaré nada para ti - El silencio se hizo

carne en Doris, gritó, pidió de beber, de comer. . . Sola, encerrada con su lámpara y la oscuridad de las blancas paredes, adormeció el tiempo, sin que de nadie obtuviera palabra. Y ella tampoco la emitió, por que jamás volvieron a preguntarle nada. Un día, sin mañana ni tarde, con madrugada y noche, un día. . ., arribó a ese lugar un hombre con una capucha en la mano. Sólo dos orificios dirigieron el camino de Doris. Ahora era una mujer sin rostro.  . . Había pasado pensado en su callar tan silencioso y resquebrajadamente horroroso. Pero tenía vida. Y esta, la guió. Gritó sin escuchar, tirada en un asiento trasero de un automóvil. El hombre que ahora lo manejaba, sólo, jamás contestó. Se detuvo, abrió la puerta trasera, hizo que ella descendiera y la introdujo en un lugar amplio. Su olfato, rizó el espacio interno y familiar. A centímetros de la puerta, desabrochó las esposas del cuerpo inerte que la sostenía desde hacía días. Ella oyó que muy cerca, casi dentro de su ser, se cerraba un puerta pasándole llave desde afuera y escuchó. . .

- ¡Hasta luego! - Fue hueco, enmaderado, tieso. 

Cuando se sacó la capucha estaba en su casa, casi sin fuerzas, miro por la ventana, pero a lo lejos, solo la recortada figura de un auto negro incrementaba su ansiedad y locura.

Ahora sola, con hambre y sed de su nieto y sin él. . ., nunca supo donde estuvo, quienes eran. Sólo una certeza y un presentimiento. Nunca más saber de Abel y en su oído había quedado haciendo equilibrio un apodo: “Pajarito. . .”






















( . . . )



Algún tiempo después, el niño de apenas cuatro años, preguntaba por sus padres, sus abuelos, su familia. No conocía lugares. Su inocencia de época, no era la misma de un niño de cuatro años. 

¿A poco del comienzo del tercer milenio, en estas latitudes, se producirían cambios en la conciencia inocente de los niños?

Veía personas que nunca habían estado junto a su familia, sin embargo, conversaban con él de viajes, y de futuros lugares, le penetraban en el subconsciente, ruidos de motores de avión. . ., estos incidentes mayores le iban calando su intelecto.

Hasta que, él logró contarle a sus nuevos seres cotidianos, que un señor de bigotes y lentes oscuros, paseaba dentro de un avión en el que hacía un tiempo había viajado. Estaba siendo transportado, registró de su memoria, bostezos, gritos menores, hipos, risas. . . aunque todas calibradas, apagadas. Recordó que el señor al se le cayeron los lentes oscuros en una plaza por la que paseaban  en un momento determinado, ya no estaba más. Casi enloqueció. Pero fue allí, cuando sus nuevos seres cotidianos le recogieron, contándole que sus padres y abuelos habían muerto en un accidente de tránsito. 

Empieza su niñez una vida alternativa, cargada de circunstancias, hechos, injusticia, militarismo y con sus nuevos padres Roberto Brown y Ruth Smith, ambos descendientes de ingleses.

En Buenos Aires, capital federal, un día soleado, entran junto a él al despacho de un juez. El magistrado, autoriza que el niño lleve por nombre y apellido Fausto Brown. Lo legitiman en el juzgado Nº2 en lo Civil y Familiar en los Tribunales Federales de la ciudad porteña. De allí en más, vida nueva. A los seis años, la primaria lo recoge. Sus padres comerciantes y parientes de un mayor del ejercito argentino, habían procreado sin parto, un hijo, sin esforzar un esperma, ni un óvulo. Eso sí, habían dejado clavadas cruces uruguayas, en lugares insospechados pero cubiertas por moral oriental.


































( . . . )



Imprecadas filosofías comerciales, en un colegio privado, figurativo de la sociedad, comienzan a sustentar a Fausto.  Mientras un estado fascista, con libres contrataciones, da comienzo a la capitalista globalización y las máximas aberraciones que el ser humano pueda concebir. 

Pero a Fausto no le falta nada material. Estructuraron su entorno de forma certera, pero nunca podrán arribar a su intelecto. Fue creciendo mientras su inconsciente colectivo tejía y destejía una trama  en vano urdida años atrás. Sin embrago el cerebro  humano es displicente por momentos, los cursos  de música, de pintura, la escuela, el liceo, la fábrica. . .

- ¿Roberto, por qué trabajan tus operarios tanto con la pólvora?

- Es que necesitamos. . .

- Hemos empezado en tercer año a aprender que sirve sólo para confeccionar armas y explosivos.

- Sí Fausto nosotros fabricamos exactamente eso, somos dos o tres industrias en todo el país

- ¿No es muy riesgoso?

- Sí lo es. Pero alguien debe realizarlo

- ¿Y dónde lo vendes?

- Este producto se comercializa, para los días en que viene Papá Noel, en Navidad, cuando tu escuchas que tiran cohetes

- ¿Nada más?

- Vendemos a todo el país y a otros del exterior

- Así que tienes mucha ventas de algo que puede ser nocivo para el ser humano

- Bueno nocivo si lo empleas mal, pero. . .

- Los nuestros son buenos cohetes. . .

La empresa de Roberto y Ruth se traslada en esos tiempos de preguntas infantiles a El Dorado provincia de Misiones, allí lo que era una sucursal de Buenos Aires, pasa a ser una planta industrial de primera índole.

El niño nuevamente emigra. Junto a sus seres cotidianos, descubre el olor virginal del monte misionero y donde la pólvora se oxigena mejor en un diario convivir con la naturaleza.

Roberto, ya vende al ejército nacional argentino, los mejores elementos bélicos fabricados en su país.

Mientras el niño, surge como un verdadero ser diferente en la escuela de El Dorado. Inserta su ser en la primaria como un revolucionario con preguntas de bien, de buena forma, contagia e irradia la luz de su espíritu en las noches de verano con su canto y su piano. Pinta el paisaje colgado de los cerros entre la selva autóctona. Sus acuarelas y lienzos de nueve años son tempranas mañanas, del mañana. Levanta la niebla otoñal de los arroyos y riachos encajonados por entre las rocas de su ocasional provincia y piensa en esa existencia. . .





















EN LA MAÑANA del otro día, Fausto despierta. Dentro de su habitación redescubre el olor a pólvora. Eso, que tan pernicioso era para transportar sus emociones hasta creer descubrir su verdadero designio, también perjudicaba las adyacencias naturales que, como un ritual, dejaban un coloquio de pájaros y polinización de flores, cuando no se hacía presente.

Aquel olor nauseabundo, fétido para sus entrañas, había compuesto en su cerebro toda aquella imaginación y mucho más. Le repugnaba, pero agradecía de estar en una provincia como Misiones. Satisfacía su intelecto, la biblioteca descubierta después de varios meses de su permanencia allí. Comienza sus lecturas, con libros casi prohibidos para la época, a escondidas de sus ocasionales encargados de vida, llenos de amunicionadas monedas. Lo hace con la complacencia de la encargada de la Biblioteca de El Dorado. Vieja militante sindical de los maestros de Córdoba, había llegado allí inhabilitada por la dictadura. En la ciudad se la conoce por su cometido social y la reapertura de la biblioteca dejada en condiciones aberrantes. Ella encontraba y seleccionaba los libros para Fausto, aquellos que no se permitían leer en una dictadura tan brutal como la argentina donde la estructura, inteligencia y el poder demostraban su crueldad.  Efectiva, Laura proseguía su labor aunque en mil novecientos setenta y seis hubiese sido torturada en Córdoba. Después de estar casi muerta, en mil novecientos setenta y siete, a escondidas y con un nombre falso reorganiza al país cómo y dónde puede, viendo en Fausto un niño diferente, apuesta a ello, junto a él, desde su humilde lugar. Autores que habían estado caídos por los rincones de sótanos, son los destacados para él. Tal es así que descubre al existencialismo en Kierkergard, Gabriel Marcel, Sartre, Jaspers, Husserl, Heiddeger como así también a socialistas como Hegel, Marx, Engels, Weber, o a autores como Martin Buber o Niezstche y Joyce. En ellos descubre el ser humano filosófico en sí mismo. Pero son aquellos como los de Edouard Schouré o Lemersurier donde desata el nudo de la espiritualidad, de las razas y tipologías. No se conforma con ello que al leer poemarios y prosa de autores latinoamericanos, se encuentra con seres como Cortazar, Vallejo, Guillen, Martí. Entre otros ve la luz de los cuentos de Arltz, Benedetti, Galeano, García Márquez  Su figura de niño, hijo de un matrimonio a fin con la venta de pólvora, no encaja en el ajedrez de la naturaleza. Cuando dialoga con otras personas, deja ver su musicalidad y el conocimiento generado allí. 

- Laura, ha leído sobre existencialismo. Me encuentro que 

            fue tan abarcativo del ser humano que se remonta, tal                 

            vez. . . 

- Se remonta a varios siglos, como Gorgias, Protágoras, Platón y grandes sofistas que disertaban sobre el ser humano y su existencia, o como lo expresaba San Agustín en sus Confesiones.

- Claro, pero en realidad, podríamos decir que entre otros Descartes y Kant  dejaron el camino abierto para que el hombre creyera que si el mundo es absurdo: ¡Se debería  volverlo razonable!

- ¿Sí, pero quien autoriza a decir que el ser, es lógica pura? Fíjate, que Gorgias decía : “el ser no es”. Sin embargo, lo que es, sería contradictorio a lo que no sea.

- Permiso. Eso va en contra de experiencia inmediata, 

            indudable. Yo estimo que el ser, se lo experimenta.

- Así que, si tienes que elegir Fausto, eliges: 

      ¿existencialismo o racionalismo?

- Sin duda prefiero la doctrina existencialista. Entiendo    

que esta tiende a superar ese realismo-idealismo, y la

      base de su conocimiento es recurriendo a la fe pero 

      sobre experiencias concretas en el alcance del ser.

- ¿Pero entonces, una cosa no merece promesa alguna?

            Es decir, que por intermedio de un ideal es que uno 

            contrae un compromiso. Es como asumir un acto de 

            amor, propio de cumplir ciertos actos para interesar a 

            otras personas.

- Sabe Laura, de acuerdo a lo leído con seguridad, se

      destituye el carácter de las experiencias más elevadas  

            vividas por el hombre. Siempre creo que allí radica la 

            muestra de fidelidad y pureza del ser humano. También 

            estimo esa fe adquirida a través de ellas y veo de mal 

            manera a todo ser que se interponga en los ideales que 

            ello conlleva. Por ello creo en Dios, en el creador pero 

            el creador libremente creando desde un acto de total de 

            independencia.

- Perdón, debo de atender al recién llegado.

- Discúlpeme también usted Laura, pero debo de retirarme. Conversaremos otro día cuando venga a leer. Gracias.   

Se fue pensando en su fortalecida mente, sobre considerandos estudiados y, las piedras de callejuelas zigzagueantes, lo invitaban al recuerdo de las amarillas páginas: “Cuando me preguntó sobre el racionalismo, fue que pude descubrir en Hegel su dialéctica de tres tiempos, tesis, antítesis y síntesis. Y la contradicción con el existencialismo, donde ser un individuo no es ser un concepto. Eso es lo que importa describir, la existencia humana, las experiencias de un hombre son de la manera que él las ha vivido, del paganismo a la fe. Pero entiendo que la sagrada escritura, no es la base pura del existencialismo. Considerando a Kierkegaard al padre de estas ideas, este dinamarqués, debió esperar la primera mitad del siglo veinte, para que Husserl, con el método fenomenológico pudiera explicar los fenómenos que aparecen en la conciencia y con ello tomar la forma filosófica. Es allí entonces donde se rechaza todo lo abstracto, lo lógico, lo objetivo y se torna positiva la concreción de la existencia humana, en donde el método se verifica por un análisis descriptivo y claro.”

En cuatro días volvió y al entrar Laura fue directo al tema.

- ¿Es raro que a un jovencito le apasione un tema con tanta dificultad?

- Es verdad, lo reconozco, su benevolencia para conseguirme estos libros también determinó que entendiera que alguien es afín con mis lecturas.

- Gracias Fausto, comprendiste lo que es filosofía de la existencia y. . .

- Permítanme, esta última a la que usted se refiere, es cristiana o teísta, pero la existencialista es atea. ¿Esto significaría que tal vez podamos entrar en el campo de la política?  Yo estimo que sí. Sociológicamente dentro de la corriente existencialista en Francia por ejemplo se consideró a Sartre como izquierdista y a Marcel como derechista. Y en Alemania, a Heidegger como izquierdista y a Jaspers como derechista, todos editaron libros entre mil novecientos veinte siete y mil novecientos cuarenta y dos tratando la doctrina bajo diferentes perfiles. 

- ¿Y esto te apasionó?

- En verdad me pareció tentador eso de derechismo e izquierdismo. . . Disculpe, aquellos libros que me había ofrecido sobre trabajos para la escritura literaria rusa, “el estructuralismo”.  ¿Puedo ver alguno como de Roman Jakobson, Todorov, Eichenbaun, Tiniavov, Yuri Lotman? 

- Sí cómo no - Ella gira y desde muy debajo y por detrás de una estantería le alcanza algunos. El chico se retira a una esquina obtusa, detrás de otras bibliotecas altas, casi a escondidas, donde ella siempre lo ubicó. Esta corriente lo desborda, pero no se amedrenta y la estudia con detenimiento y futuro.














EN SU CASA, no le falta dinero. Tampoco un pasar lleno de esperanzas, según se lo inquieren los infaltables seres cotidianos. Él percibe por el entorno, que los seres humanos allí, aplastan, aprietan el dinero como la pólvora misma dentro de un cartucho pronto a impactar. En un momento determinado lo llevan en un viaje a Buenos Aires. Transitando kilómetros de mojones asfaltados, se da cuenta cada vez, que gendarmes que custodian la soberanía nacional, detienen el auto por  alguna razón, Roberto Brown al bajar el vidrio exhibe una credencial, con la cual prosiguen el viaje en forma amena. Se encuentra con seres inimaginables para su inocente pubertad. En ese año comienza su secundaria. Es dentro de la gran metrópolis que descubre la desigualdad imperante en el país. En determinado momento pasan frente a Fuerte Apache y siente que las lágrimas, corren por el borde de sus ojos iniciándose cada vez, caminos sociales en su cerebro. Son pautas de autoconvencimiento en soledad, donde un proceso de inserción social para con seres más desvalidos, da comienzo.  

El viaje de regreso se le torna frío y seco, escuchando siempre historias de trabajo de un valor intrascendente para él. Ojea, los libros adquiridos por Ruth, para no producir una impresión de desagrado. 

El Liceo de El Dorado es un instituto con una cantidad de capacidades precoces. Sólo que son acicateadas por ráfagas de estudios innobles, decretados por el gobierno militar de turno. Por otra parte el edificio sostenía sobre su esqueleto paredes viejas, obsoletas, pero con inquietudes de renovación. Así mismo la biblioteca de la ciudad, vieja forjadora de gente con pensamientos nuevos y cualidades innovadoras, siente en su interior, la presencia solitaria de Fausto, en aquel rinconcito escondido donde penetraba la luz, por una ventanuca del fondo en las tardes grises, otoñales. Allí concurría a leer y agradecía por el sol penetrante. Ella también, debía una reforma en su esqueleto edilicio. Un día de invierno apretujado en su lugar de lectura, arriba al lugar un señor alto, lánguido, al que Fausto reconoce. 

- Profesor Gutiérrez- Se da vuelta y al ver al chico, sus pasos se aligeran hacia él.

- Fausto, intuía que aquí, es tu lugar.

- ¿Por qué profesor? Creo ser un adolescente normal, solo que inquieto. Lo reconozco ¿Y qué lo trae por aquí?

- Mira estoy para dar comienzo a las mediciones para  reacondicionar la biblioteca - Gutiérrez era arquitecto y su profesor de física en la secundaria, la que había concluido hacía unos meses - ¿Quieres ayudarme en el sostén de mi cinta métrica?  

- Por supuesto con gusto.

- Veo que tienes interés por todo, pero especialmente por el hombre en su profundidad.

- Sí mire estoy para dar comienzo a una nueva etapa de mi vida. Debo de estudiar y va a ser sin duda sobre el ser, ese que no puede, o no lo dejan despertar de sus posibilidades.

- Nadie tiene su vida asegurada, Fausto.

- No es necesariamente eso profesor. 

- ¿Entonces será que pensamos igual?

- Usted estima que la ciencia es como una columna de hormigón la que no debe sufrir un pandeo para que su grado de esbeltez, sea demostrativo de la elegancia en el lugar del tiempo en que fue confeccionada. Yo creo que, las sobrecargas y el esfuerzo en sus hierros distraen un poco todo esto. 

- ¿De dónde conoces este léxico arquitectónico?

- De mis lecturas.

- Sabes que no. Es decir, sí, aunque todo ello dispuesto de tal manera que el futuro edificio sea cobijo para otros seres humanos más pobres.

- Es decir, un edificio que sea el andamiaje para la formación del ser humano como referencia de equidad e igualdad.

- Efectivamente.

- Profesor, si de edificios hablamos, el otro día fui con mis seres cotidianos, en auto hasta Buenos Aires. Me conmovió de sobremanera ver Fuerte Apache, un ejemplo degradante del ser humano, con carencias de fuentes de información. Ocupan un lugar que ya casi está concluido y que fue construido con el esfuerzo, quien sabe de cuántos ciudadanos. 

- Sí Fausto, aquí también en El Dorado, hay  viviendas con esa misma connotación. Mi idea, ya la tengo plasmada en un anteproyecto tanto arquitectónico como legal y es que el proletariado, la masa social, pueda acceder a ellas con un mínimo de inversión, con un plan regulador regidos por ellos mismos. Por medio de una cooperativa o en la que todos en asambleas populares puedan acceder y cuidarlas. 

- ¿Es usted comunista?- Aquella pregunta, en ese momento, realizada por un adolescente a un arquitecto, fue un replanteo instantáneo de ideas no tomadas al azar.

- Debo responderte. . .

- ¡Qué sí! - Enfatizó el joven

- ¿Tú tienes ese perfil? 

- Le contestaré. . ., que es interesante la doctrina - Pero le adquirió la idea del profesor Gutiérrez anterior y volvió sobre ella para que el mismo no le quedaran dudas de su pensamiento - Mañana lo invito para ir a la Intendencia de nuestra ciudad y le plantearemos al funcionario destacado para tal efecto su anteproyecto. ¿Qué le parece?- Su profesor de física, besó la frente de Fausto. Había recorrido sus emociones. Lloró. Restregó su nariz con el pañuelo y antes de girar para retirarse le dijo:

- Mañana a la hora catorce nos vemos en la intendencia. 

Al otro día con la excusa de ir a su biblioteca, se dirigió con gran determinación al encuentro con el arquitecto.  Al llegar, junto a él, estaba dialogando el director de urbanismo de la sede comunal. Demostró que su filosofía de vida no era con olor a pólvora. El tiempo, la sociedad, el intendente y sus asesores algún día, podrían pronunciar palabras en las inauguraciones de las obras agradeciendo el trabajo que socialmente había realizado Fausto y el arquitecto



































. . . EN UNA PELUQUERÍA santiagueña, chilena, donde hace muy poco un parroquiano, se rasuraba y recortaba el pelo, luego de agachar su cabeza para mejor limpiarle la pelusa inferior de su nuca, cuando levanta la misma, al mirar por el espejo reconoció en la vereda a dos reporteros que, alguna vez había visto por televisión. Había sido en una documental francesa.  Mirándola había comenzado a recordar la Operación Plan Cóndor, nombre dado por un uruguayo en honor al ave que vuela más alto. Luego se sabría que desde los aviones se arrojaban personas vivas a las aguas de ríos que nunca quisieron ser cómplices del ejercicio antinatural de los hombres. Hombres como el coronel Manuel Contreras, jefe de la DINA y que llevó a su lado a Mario Yáñez su mano derecha, hoy por paradoja director de un museo en Chile. Se podía matar en cualquier país. La gente que lo hizo no fue juzgada. Tampoco se saben 

nombres, no saben donde están enterrados . . .                  

Los periodistas, aguardaron con sus datos encima, apoyados con sus pies en el cordón de la vereda, como tratando de no perder el equilibrio. En el instante en  que se abre la puerta de frente para depositar al individuo en la acera, en un español afrancesado, la periodista, le pregunto a Julio López:

- ¿Señor, sabía usted que aquí, en este preciso lugar, en el año mil novecientos setenta y seis, dio comienzo el Plan Cóndor?

- Sí señorita. Me he enterado de que militares de cuatro o cinco países, desde aquí dieron comienzo a la tarea de torturar y desaparecer personas.

- O sea que el pueblo tiene conocimiento del genocidio  más aberrante que se hubo cometido.

Como si recordara bien los sucesos, Julio hizo un silencio profundo. Parecía que el pueblo entero sucumbía en las entrañas de la tierra, mientras él silenciaba. Cuando pudo 

emitir sonido por segunda vez, su voz, reveló una ansiedad profunda y reprimida. La misma que lo mantuvo cautivo. Y esa voz, hizo temblar el corazón de la cronista que  avizoró en su cuerpo, que la muerte había estado esparcida en este lugar chileno. Hoy, esta misma calle y número se habían quedado allí, desde aquella época y estampados en la memoria colectiva del mundo.

Toda Latinoamérica dividida, enterrada, sumergida hacia los océanos y ríos circundantes. Tufanadas de vahos enrarecidos y putrefactos marean las ciudadanías. Además los vapores agrios debilitaban aún los sudorosos presos políticos que después de mil novecientos ochenta siguen con sus esperanzas pausadas en sus respiraciones. No hay perdón ni olvido. Los malvados decretados por malvados, creen haber corroído los pechos de hielo que fueron forjados a fuego forzoso alimentado por los imperialistas. No obstante personas como Julio, llevan dentro de su hielo, el infierno en la imaginación y no decaen.

La civilidad, en todos los países, comienza a hacer temblar las riendas de las soberanías nacionales.





















(1985. . .)



LLEGÓ LA HORA, en Uruguay, los destructores de células, quedaron impunes. Los tradicionalistas, se aferraron a democracias despedazadas. Esos pedazos retaceados formaron filas y los caudillos políticos se quedaban políticamente con el país, sin importancia alguna de sus destinos. Los golpes sociales y espirituales fueron amortiguados por retazos de seres humanos que, en la mayoría de los casos, no habían participado del movimiento popular armado. La izquierda mientras tanto, en la nueva legislatura, profundizó en la formación de comisiones que sacaran adelante una luz sobre hechos acaecidos en la década anterior. Mucho el trabajo para descubrir. Sólo quedaron paños tibios, teñidos de colorado y esparcidos sobre cadáveres que no mitigaron su esfuerzo, aunque, permanecerían por años sobrevolando los expedientes de una sola ley que los tiñó de blanco, como para que nunca se coloreara alguna mejilla política de nuestro país.

Germán Araújo, diputado izquierdista, luchador social, viejo conocedor del Plan Cóndor,  integró la Comisión de Desaparecidos, dio comienzo a gestiones que después de veinte años, separó los colores y neutralizó la conciencia ciudadana oriental. Vivió su lucha sólo e integrado a las Madres de Plaza de Mayo en Buenos Aires. Pernoctó en noches de pensamientos incesantes y concluyó en un aluvión de desconfianzas para esclarecer a muchos chicos que habían nacido en los países, bajo ese maldito plan cruento y mortal. Su espíritu revoloteó en lo más profundo de las conciencias de esos chicos que habían pasado por varios nombres y muchos más apellidos. Esos nombres y el de Germán corroyeron las mentes y se clavaron en los corazones de los torturadores que quisieron despedazar las ideas que habían quedado colgadas del árbol de la vida. Frutos sanos, incólumes, con semilla potente, fértil, que nunca ninguna especie tardó tanto para que su tallo viera la luz, pero fertilizó, reverdeció. . .





































(1985. . .Misiones)



FAUSTO BROWN, había terminado su secundaria con honores dentro del Liceo Público, al que había decidido ir y donde se recibió de Bachiller en Humanístico.

- ¿Hijo, dónde asistirás en tu nivel universitario? -Preguntó Roberto Brown en noviembre de mil novecientos ochenta y cinco mientras cenaban en la casa quinta que los acogía dentro de la selva misionera, en las zonas aledañas de El Dorado.

- ¡Roberto, siempre apurado!

- Es que almuerzo y salgo urgente hacia la fábrica. Me esperan para el pesaje de la pólvora que debemos insertar en cada proyectil de mortero.

- Piensas que es más interesante el proyectil que el motivo de mi futuro - Le interrumpió con dura certeza Fausto.

- Es que nuestro pasar bien, se debe a las ventas que hacemos al Ministerio de Defensa Nacional

- Sí claro. Contestándote, pienso realizar Antropología Social y Sociología.

- ¿Pero eso. . ., dónde se estudia?

- Pienso realizarlo en la Universidad de Córdoba  

- ¿Te irás allí?  

- Ya lo tengo resuelto. De sobre manera, me interesan los temas sociales y más aún, la existencia del ser humano sobre el planeta y su filosofía de vida

- Bueno, no es . . . lo que pensabas que ibas hacer. . ., pero. . ., si te parece. 

- No es lo que me parece, es mi sentimiento, mi espiritualidad que me lo exige y goza al saber que podré realizar mis estudios al respecto.

- Bueno, mientras no sea para inclinaciones comunistas. Haremos un esfuerzo con tu madre para que vayas allí.

Con esa premisa expuesta, Fausto origina en su hogar un estremecimiento, que sin duda, llega a lo más hondo de los seres allí establecidos. 

Disfruta de los últimos días veraniegos en la selva misionera, visitando de vez en cuando a la biblioteca y a su vieja amiga Laura. En febrero se anota en la Universidad y comienza su hospedaje en Córdoba. Allí, destina un lugar en una pensión del centro de esa ciudad y se dedicó por varios días a conocer gente de esa nueva sociedad. Visitó pequeños bares con olores desconocidos, extraídos de licores extranjeros por entre los estantes. Así mismo, asimiló perfumes de las serranías cordobesas, invitándose a recorrer renglones en las mejores bibliotecas públicas. Admiró el arte, pero aborreció la intencionalidad con que se derrochó y se despilfarró el dinero colocado en los ornamentos de las iglesias del centro de la capital de Córdoba. Todo antes de internarse en el mundo de los estudios, monografías, copias, bosquejos y escritos que debería guardar en su memoria como un tesoro. Estaba convencido que volvería a su casa en Misiones, solo tres o cuatro veces en el año. Y cada vez que lo hizo, Ruth casi enamoradiza se acurrucaba a su lado, como cuidando su ser más preciado. Sin embargo Fausto, exclamaba:

- ¡Tranquila! Estoy bien, no hago, ni tengo problemas. Soy un ser en evolución.

- Pero es que nosotros, pensamos mucho en ti, amor. 

- Entiendo, desde mi perspectiva voy dándole soplos a la vida. El ser existe mirándose desde su interior. Nuestro yo, es quien guía al intelecto. Cómo nos desplazamos hacia el futuro, también depende de nuestra alma, el gen con que se nos conformó, moldea el espíritu, el alma y no nos deja o permite traspasar los movimientos ilógicos que la sociedad nos quiere imponer.

- Sí, pero recuerda. . .

- Recuerden que ustedes también están dentro de esa sociedad llegando de alguna manera a mis congéneres. En ese devenir, en ese transcurrir. . ., el tiempo lima, pule el estereotipo de cada hombre.

Con veinte años, culmina su tercer año de la licenciatura en Córdoba.





































(1988. . ., Misiones)


- ¡HOLA, HOLA! - Fausto arriba a su casa sin dar aviso previo. Para cada llegada Ruth, preparaba el entorno, la limpieza, los alimentos, la jardinería, los automóviles. Veía en el adolescente, cada detalle, perturbándose de que su futuro sería de un hijo pobre. Un hijo arrebatado por estudios sin origen cierto y de zozobras futuras.

- ¡Buenas noches hijo! ¿Pero qué es esto sin aviso? ¿Te agotaron los estudios y vuelves con nosotros? - Dirigiéndose a las personas allí reunidas - Vieron Fausto regresa pues es evidente que esas letras que eligió, lo saturaron, está impregnado de situaciones aterradoras leídas en los libros - Fausto dejó su valija y ella con paso apurado lo estrechó en un abrazo. Desde la cocina, los hirvientes olores la distrajeron para proseguir allí. Mientras los reunidos en torno de una enorme mesa, se interesaban en mirarse mutuamente, sin detener la conversación que mantenían con Roberto. 

- ¡Buenas noches! ¿Cómo están señores? - Fausto se

presentó, extendiéndoles la mano, palpaba en unos, los dedos como alambres de púas fríos, tensos, en otro gélidos, blandos, como hacendado de teclas de máquinas de escribir, mientras que en la mayoría sostenían en las palmas el roce continuo de tabacos importados. Viendo habanos y pipas por entre la humareda del lugar se presentó y saludó a Roberto:

- ¿Cómo estás querido? Dijo él, mientras besaba su       

mejilla, sin preocupación.

- Fausto, acércate a la cocina. Charlemos un poco. Acotó Ruth distanciando al chico 

- Hace más de cuatro meses que no venías – Gritó Roberto del living a la cocina. 

- Es cierto. ¿Cómo va todo?- Dijo Ruth

- ¡Siempre bien! - Rompía con sabiduría universitaria un tenso momento que se denotaba detrás de la puerta divisoria de las habitaciones. Ella, intentaba disuadir su inteligente emoción. Y decía:

- Tu papá, está tratando de abrir un nuevo negocio. Es de suma importancia para tu futuro.

- Sí. ¿Cuál?

- Le están ofreciendo la gerencia de un nuevo banco que se inaugurará entre Uruguay y la Argentina.

- ¡Qué bueno, para él!

- Te explicará mejor mañana 

- En realidad cuéntame algo tú, de manera que cuando hable con él conozca algo sobre el tema.

- Parece que el señor que fuma habanos gruesos, es el Embajador Argentino en El Vaticano. Allí hay mucho dinero. Justamente el Banco de esa República, adjudicará el dinero en préstamo para realizar transacciones comerciales.

- ¿Y cuáles son esas transacciones?

- Es el nuevo sistema de tarjetas de crédito que se instaurará en breve plazo. El Ministro de Defensa argentino recomendó a tu padre para que efectúa la presidencia para la zona norte argentina y como gerente de la sucursal de Posadas. 

- ¿Y el negocio de la pólvora?

- Sigue, sigue perfecto y ganando mucho dinero con ello. Papá también ejercerá como accionista del Banco Crediticio del Conosur. ¡Y tú serás el heredero!

- Bueno, la realidad me dice que hoy no me interesa el dinero. Mi acción está centrada en el estudio de la realidad del ser humano, de la existencia del mismo. Todo el proceso que deriva en la temporalidad del hombre. Creo que él está delante de sí mismo, está siempre por venir. 

- Claro mi amor, aunque el dinero no te interese, será siempre el factor de tu futuro porvenir - Lo había cortado abruptamente

- Claro, pero. . . estimo que desde el nacimiento, se crea una historia . . .

Ruth, estrechó sus hombros fuertemente y sus brazos escuálidos retorcieron los de Fausto como los de una madre. Ella nunca había zurcido medias, ni batido huevos con azúcar y cognac. Tampoco se había untado las manos de masa para freír en grasa. Nada de ello pasó por su ser. Solamente dentro de su cocina los olores percibidos eran de caldos ya preparados, polentas en bolsas, puré de papas extraídos artificialmente y comprados en los supermercados, salchichas, milanesas al vacío, embutidos eran su sello en aquel recinto. El crecimiento dentro de aquella propiedad de los Brown era económico. Tanto que, cuando ella recorría bancos para depositar dinero, dejaba boquiabiertos a los empleados y gerentes y hasta con una tos jadeante del olor a pólvora que emanaba de entre sus ropas. En sólo dos oportunidades pasó a las apuradas, de regreso a El Dorado por el pensionado de Fausto en Córdoba. Jamás miró de modo simple los muebles donde se cobijaba él. Ni siquiera de reojo oteó el corredor, las casas contiguas, las de enfrente, siempre le parecían viejas desde su origen. Jamás pensó en aquel barrio cordobés donde sus estudios proseguían con corrección de apuntes, deletreando textos y salvando exámenes. Sin embargo Fausto escuchaba a Ruth pero proseguía con el pensamiento que le había sido truncado por ella:

- . . . su historia, por lo que se refleja. Y donde se crea el conocimiento y la interpretación que da de su propio universo. ¿Te das cuenta, que nacemos sin haberlo querido y nos morimos de igual manera en la mayoría de los casos?

- Sí - Respondió ella y la luz del farol de la esquina que se había apagado, entró nuevamente por la hendija de la ventana como tratando de que ella se iluminara. Pestañeó, lo miró y no supo que decir. Fausto prosiguió:

- Piensa. Eso también es una libertad respecto del mundo. ¿Verdad? ¡Por lo tanto la libertad se ejerce por la elección del porvenir, de los actos a realizar. Así que más allá de ella no hay nada, es decir ninguna pregunta es posible. 

- Perdona, me voy a sentar hijo -  El hilo de luz volvió a apagarse. Ella sintió llevar el infierno en la imaginación.             

- Por último, quería aclararte, como te darás cuenta, el hombre está sólo, angustiado, radicalmente sin socorro. Pues sólo lo guía su lucidez. Todo es absurdo. Yo estimo que sin recursos, pero con mi pequeña lucidez sobre el imaginario, encontraré el camino que me descansará sobre la última palabra que algún día escucharás.































(. . . 1989)




- ¿HOLA, Facultad de Ciencias, Montevideo, Uruguay?

- Sí señorita. ¿Con quién hablo?

- Escuche, le estoy llamando desde la Universidad de Córdoba, Argentina. Habla la Licenciada Mary Estévez, mi intención es contactarme con la Licenciada Rosa Piñeyrúa. Ella, me ha llamado la semana pasada y no me ha encontrado.

- Le comprendo perfectamente señorita. La he visto pasar hace un momento por aquí. Aguarde en línea que voy en su localización al Departamento de Paleontología.

Dos años atrás, ellas se habían relacionado muy bien en un congreso en Buenos Aires. Allí, bajo la consigna la “Antropología Social y la Ciencia, con inserción en el Reconocimiento del Reino Animal”, estuvieron durante ocho días descubriendo la historia sepultada bajo la primera capa terrestre de hoy día.

En aquel momento teórico, ambas repasaron diapositivas, entornando ojos de cansancio. Discurrieron sobre cada una de sus respectivas áreas, Mary en sus estudios, había revisado huesos de diversos animales y su antigüedad. 

De igual forma, Rosa desde su Licenciatura en Ciencias y después de haber realizado su graduación de Magister en Paleontología, había concurrido a estudios de campo sobre fósiles de diversas eras geológicas. Habían intercambiado datos después de ello, en infinidad de oportunidades, por carta, vía telefónica, etc. Pero era la primera vez que se encontrarían después que Rosa la invitara para que viniese a Uruguay a profundizar sobre estos temas.

- ¿Hola, Mary? Qué alegría tengo de escucharte.



- De igual manera Rosa. Es un placer la invitación que me    

      realizas. Quería agradecértelo y decirte que cuando    

            pueda estoy allí. Junto a mí irán cinco o seis estudiantes    

            avanzados.

- Pero claro mujer, dejemos la formalidad de lado. Para no demorarte, tú tienes mi dirección en Montevideo. Acércate con los chicos, diles que después del arribo debemos de viajar al noreste del país, en la frontera con Brasil, departamento de Cerro Largo a quince kilómetros de su capital, Melo. He realizado un hallazgo impresionante y quiero compartirlo con ustedes. El empuje será para ellos sin dudas.

- Pues claro, por ello quiero llevarlos, el pedido frente al Decano ya lo he realizado. Te llamaré nuevamente para informarte el día que arribamos y a qué hora. Y ahora dime: ¿En Melo existe alojamiento y comida?

- Claro, como imaginas el trabajo es en el campo, pero dentro del predio de una estancia, y allí tenemos todo.

Después de casi una semana, Mary telefoneó nuevamente a Rosa, dándole las fechas y horas correspondientes al arribo, conjuntamente la lista de cuatro estudiantes que la acompañarían hacia el final de la primavera.

El día indicado, mochilas y caras cansadas sosteniendo lentes habían arribado desde Córdoba a Montevideo. Ella los había esperado en el puerto y los condujo dentro de un viejo ómnibus Leyland de las Compañía CUTCSA hasta su domicilio. Allí, al entrar, un tocadisco automático y viejo, molía el surco de una canción abolerada a medio volumen. Detrás de un viejo muro, ellas, se estrujaron en un abrazo. El mismo había sostenido una verja soportando una planta de alverjillas de antaño donde varios amores fueron perfumados en aromas y saturados de fríos, calores, rocíos y vientos rotados.

- ¡Qué alegría! Tengo todo organizado - dijo Rosa 

Mientras Mary presentó a Rocío, Fausto, Ezequiel y Juana. Sus alumnos. Todos estaban casi listos para terminar su licenciatura en Antropología Social. Ellos en el living de la casa vieron al baúl de hojalata temblar de frío mientras el ventilador  esmaltado con paletas de bronce, rezongaba su antigüedad en un acompasado tiempo a fines de septiembre.

- Bueno, espero que no tengamos inconvenientes para arribar a Melo - Expresó Mary

- No desarmen nada. Solicitaremos dos taxis e iremos hasta Avenida 8 de octubre y tomaremos la ONDA, que nos llevará directo hasta esa ciudad - Acotó Rosa.

Todos estaban más que interesados en el tema. Pero aunque siendo un grupo muy unido, alguien llevaba la mochila del temor, otro de la esperanza y otros ya parados a la espera del ómnibus interdepartamental transfiguraban su figura, como una persona más de esa sociedad montevideana.

- Allí viene la ONDA ¿Dice primer coche? Preguntó Rosa

Todos respondieron que sí. Entonces la mano estirada al costado del cuerpo, detuvo al antiguo carrozado Nº 322 marca GMC de la vieja compañía que unía rincones inhóspitos uruguayos.

Se ubicaron cada uno en sus asientos ya reservados. Pagaron su boleto al acercarse el guarda. Se estiraron y durmieron su cansancio prolongado.

Rosa y Mary dialogaron de temas comunes. El grito del guarda, despertaba a algunos pasajeros en cada localidad a que arribaban, transitando la Ruta Nº 8. Después de horas, el viejo autobús llegó a Melo.

- ¡De a uno por el pasillo! - Se escuchaba al guarda mientras querían descender todos a empujones y trataban de sacar su equipaje del espacio superior y contra el techo.

- Recojamos nuestros bolsos en bodega - Indicó Mary

- Yo voy a llamar por teléfono  aquí a una cuadra de distancia a la estancia para que nos vengan a buscar-  Dijo Rosa.

Al cabo de diez minutos regresó. Esperaron una hora sentados en la plaza del centro de la ciudad. En determinado momento arribó una camioneta con caja detrás. Subieron sus pertenencias. El hijo del dueño de la estancia se presentó a cada persona amablemente. Quienes iban en la caja, acurrucados, mirando por entre el equipaje, disfrutaron del entorno de las serranías aledañas a la ciudad que los llevaría hacia la frontera con Brasil.

- ¿Qué les parece?- Dijo Rosa - Siempre nos albergamos aquí cuando realizamos nuestros estudios. Ellos, los dueños,  están muy satisfechos debido a qué no rompemos nada en su campo cuando realizamos las excavaciones y les demostramos que hemos realizado, buenos descubrimientos. La familia estima que cooperamos con un aporte científico importante a la sociedad oriental. Lo sienten así y lo hacen saber. Ya conocerán a Luis y Ester cuando arriben del campo. 

Después de dejar sus pertenencias en un antiguo pero muy ordenado galpón en el que antiguamente se albergaba a la peonada y que hoy oficia de hogar transitorio para familiares y personas que como ellos se acercan a visitarlos, vieron que arribaban en una vieja camioneta de los años cincuenta los dueños, desde otra carretera interna del establecimiento. Ellos reconocieron a la científica uruguaya.

- Rosa, es una alegría enorme, verte otra vez   

después de algunos meses - Hablaba Ester casi a los gritos. 

Rosa, presentó uno a uno a los estudiantes y a su profesora. 

Los argentinos, devolvieron el saludo fraternalmente e 

hicieron hincapié emocionado de saber qué exista gente 

cómo ellos dispuestos  a colaborar con la ciencia de forma 

desinteresada. A partir de allí el diálogo durante el 

los días posteriores, fue con cordialidad.

- Chicos dispóngase de la mejor manera. Existen cuchetas,  

elementos para cocinar y el baño - Indicaba con gestos ampulosos Luis.

Hacia los laterales de la entrada se veían, apoyados sobre dos paredes, unos estantes de madera sosteniendo algunas carpetas donde en las tapas lucía la inscripción de las Facultades de Ciencias y de Humanidades. También huesos petrificados, piedras, y elementos encontrados por antropólogos, arqueólogos, paleontólogos, geólogos, científicos que de alguna u otra manera habían pasado por allí dejando el testimonio de que el sitio denominado “Estancia La Blanqueada”, contenía restos de importante valor para la humanidad.

Después de descansar, al otro día, el amanecer reconfortaba las piernas para los menesteres antropológicos y paleontológicos.

- ¿Mary, falta mucho para llegar? - Preguntó Rocío.  Luego de haber caminado casi cuarenta y cinco minutos, los chicos comenzaban a cansarse. 

- No, mira aquel estanque seco y ancho. Fíjate que el pequeño macizo rocoso aflora y deja en su interior, una especie de cueva. Bueno allí, están mis amores los pequeños reptiles, que he descubierto - Enunció Rosa.

- ¿Entonces, está usted haciendo referencia a que época, en el tiempo?- Preguntaba Ezequiel.

- En realidad son animales del período Pérmico, mitad del Eon Fenozoico, final de la Era Paleozoica. Una transición entre finales de la Era Primaria y comienzos de la Era Secundaria, casi unos doscientos noventa millones de años.

- ¿Licenciada y cómo lo ha determinado?-  Preguntó Fausto.

- El paisaje era desolado, tristemente desolado. No existía casi vegetación, sin embargo por su conformación yo estimo, que éste lugar parecía ser un abrevadero de animales durante ese tiempo geológico. Es más, lo es hoy día. En realidad, yo vine por primera vez aquí, pues llamaron debido a que de forma casual, un peón de Luis y Ester encontró huesos muy grandes de animales. Ellos se pusieron en contacto con la Facultad de Ciencias  y el Decano me envió a estudiarlos.

- ¿Y los encontró?- Reiteró Ezequiel.

- Bueno encontrados ya estaban - Risas - Ven estos huecos, excavados hace algún tiempo donde la tierra dura y casi pedregosa queda aún con sus huecos a la intemperie, bueno esos huecos, eran los enormes huesos que retiramos con mucho cuidado después de varios meses, te diría años y dónde hoy los estamos estudiando en Montevideo en Facultad de Ciencia, en el área de Paleontología.

- ¿Y a qué animal pertenecían? - Preguntó Juana quién aún no había intervenido.

- Mira, encontramos de varios animales, pero concretamente, eran de la Era Cuaternaria, y los pudimos identificar como de Lestodon, Megaterio, esta especie es la más grande del cuaternario, Esmilodonte o tigre diente de sable y algunos huesos pélvicos de Glosoterio. Estas especies estuvieron diseminadas también en vuestro país por supuesto. Te vuelvo a reiterar, aún se siguen estudiando.

Rosa extrajo fotos y comenzó a mostrarlas Y prometió que al regreso los llevaría al laboratorio de paleontología. También explicó el momento en  que encontró los huesos de lo que ella denominó más tarde Pelicosaurios. Decía: “Saben, debajo de unas rocas,  aquellas hacia nuestra izquierda, ven como sobresalen, bueno allí estaban sus grandes ojos, me miraban azules, por momentos rojizos, por otros verdosos, en fin me penetraban el ser, me daba vuelta y me volvían a mirar, eran animales tan diminutos, pero con un poder tan abrasivo de mí, que no me contuve de acariciarlos, de hablarles, seres vivos de la prehistoria. Pensaba ¡Guau!. No recordé mi familia, mis hijos, nada. Sólo miraba en derredor y quería más indicios y los encontré en las rocas, sedimentos, arcillas, en fin. . . Fieles testigos de la humanidad. Allí estaba el secreto, el basamento era del Período Pérmico, una gran inserción desde el suroeste del Brasil, fue bajando hasta quedar depositado aquí y en otros departamentos del noreste oriental. No obstante, sólo aquí los pudimos encontrar. Después de varios años de estudiar información paleontológica al respecto, encuentro que también fueron hallados iguales animales en África y en Rusia antes de producirse el Pangeo donde se separaron los continentes. Ya no había duda. Mis estudios los envié a Gran Bretaña a la Universidad de Oxford y a la Escuela de Altos Estudios de la Sorbona de París, dónde ambos me contestaron satisfactoriamente, y dónde deberé viajar para demostrar mi descubrimiento”.

En ello, un impulso superior hizo eclosión en el espíritu de Fausto que, no dudó. Esa luz resplandeciente, guió su carne corporal hacia un lugar entre unas rocas, a unos metros de allí. Sobresalía un hueso que no supo determinar. Cuando preguntó a Rosa, ella no dudó, la ciencia biológica no fallaba esta vez. Era un hueso distinto, normal, era humano. Mary miró fijamente a la bióloga que sin perturbarse demasiado, dijo: “Lo excavaremos y llevaremos al laboratorio de antropología forense en Montevideo. Allí sabremos con exactitud su procedencia”

Salieron para su aposento después de pasar todo el día en el campo. Dos días más estuvieron recorriendo la zona. Sin embargo sólo en estos dos sitios muy cerca uno de otro habían huesos que el tiempo los deposito allí como señal inequívoca de su existencia. Otra vez Ester y Luis, fueron depositarios de la nueva noticia. Y volvieron a esperar ahora, al Departamento Forense de Montevideo. Todos se fueron con un agradecimiento muy gentil para con ellos por las prestaciones que brinda su campo a la ciencia. 

Al mes recibieron a nuevos técnicos, absolutamente todos los restos fueron exhumados y sus estudios, deberían de ser conocidos por Luis y Ester y por los cinco argentinos que estuvieron de paso en nuestro país conociendo más de ciencia.












 LA PENUMBRA GENERADA en el cuarto por una luz tenue ubicada desde lo alto del espacio donde estudiaba Fausto se hacía casi imperceptible y casi no permitía deletrear los conceptos por él escrito. Cuando repasaba sus finas letras de grafito, encontraba escrituras como estas: ‘¿El conocimiento objetivo llega pleno al ser humano y define a la existencia como objeto mismo? No creo, pues caeríamos en una oscura senda individual. Siempre la razón y el pensamiento buscan aclarar un más allá impensable dentro de la esfera de la objetividad’ En otros renglones de un viejo cuaderno de anotaciones había escrito contestándose: ‘¿Cómo se revela esto? Por contradicciones, indagando el saber, términos que no pueden  ser conciliados por ningún artificio lógico, no obstante ello es sólo realizable por la existencia. Para poder indagar, son necesarios conceptos  y estos irremediablemente nos remiten a una experiencia que es propia de cada uno y llena el sentido. Vemos pues que, la existencia es posible para quien existe y trata de pensarse’

De sus estudios, él conseguía entender y anotaba que: ‘Existían experiencias oscuras y que con una intuición original y estrujando el pensamiento objetivo se puede llegar a la existencia de cualquier ser’ 

La tarde en que repasaba estos conceptos, estaba cargada de vapores emanados desde el centro de la ciudad. Por entre la rotura de uno de los seis vidrios de la ventana, la luz de esa hora penetraba escuálidamente. Golpearon a la puerta cuando había terminado de escribir su concepto personal sobre la vida donde explicaba: ‘No es más que una breve sucesión de oportunidades para sobrevivir’ Entreabrió la vieja y pesada hoja de viejo pino blanco de la puerta suavemente.

- Sí, buenas tardes -  Vio un hombre alto, tan calvo como las gotas de sudor de su frente

- ¿Fausto Brown? 

- Sí señor.

- Soy el telegrafista, por favor está certificado. Me firma por aquí.

- Con gusto - Fausto reveló con el rabillo del ojo en la parte superior del sobre, unas letras: Cámara de Diputados. Congreso Cordobés.

La bombilla de luz ensuciada por las moscas, fue testigo de lo recibido y aumentó la claridad del amarillento papel escrito por una máquina que rezaba: 

15- 12- 1989

Señor Fausto Brown

Comisión de Derechos Humanos.

Cámara de Diputados

Congreso de Córdoba

Citamos a Usted a comparecer el día 16 del corriente a la hora 16, a esta Comisión, por asuntos personales que serán para usted motivo de complacencia.

                                              Dip. Esc, Hugo González

                               Presidente Comisión Derechos Humanos 


Sólo un momento tardó en recapacitar lo ocurrido hasta aquí en su vida y aunque no tenía con quien hablar, ni rezongar, ni evaluar, por su esófago bajó por primera un vez, un trago de saliva dulce y alentadora. 

Al otro día, después de ascender al colectivo se preparó mentalmente para un motivo tan especial, del que ya estimaba los acontecimientos.

      Luego de esperar unos minutos sentado en un banco de roble y dentro de un pasillo marmolado, el portero quien fue su vocero al arribo, lo volvió a llamar. Lo condujo hasta una sala donde se encontraba sentado el Diputado Presidente de la Comisión quien se esmeró en el recibimiento. Desde un costado de la habitación alguien le estiró la mano. En ese momento, también lo abraza. El Escribano González entonces le dirige por segunda la vez la palabra.

- Estimado compañero, le presento al Presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados  del Uruguay, Diputado Señor Germán Araujo. La fraternidad, sacudió los huesos de los tres.

- Compañero, es una alegría poder estar frente a ti, después de haber viajado tantos kilómetros.  

- Gracias señores, pero no entiendo mucho todo esto.

- Querido, nuestro trabajo en la Comisión sobre personas físicas desaparecidas, durante esta terrible dictadura, hacen que hoy nos podamos reunir- Respondió Germán

- Sí, yo he escuchado. . ., es más cuando tenía tres o cuatro años, no recuerdo muy bien, aunque tengo imágenes borrosas. . . de una señora mayor,  y de algunos hombres. . . - Un largo espacio de tiempo con la cabeza mirando el piso lo mantuvo a Fausto un poco quebrado espiritualmente. Los diputados, respetaron esa ausencia de tiempo real hasta ese momento. Luego pudo proseguir - . . . de subir a un avión, más tarde de mis padres, inscribiendo mi nombre en un juzgado. . .

- ¿Quienes son tus padres, hijo?- Pregunta González. Germán hacía minutos que estaba con el rostro como perdido, en el suelo, pero lo miró atentamente.

- Mis padres son. . . - Su mirada sombría y tardía era vacilante y se perdía hacia un rincón. Entonces contesto: - Roberto Brown y Ruth Smith, viven en El Dorado, Misiones

- ¿Y tú estudias? - Refirió Germán

- Sí, estoy por concluir mi Licenciatura en Antropología Social en la Universidad. Vine sólo. Vivo en una pensión. Roberto me paga todo para mis estudios. Soy único hijo, aunque. . .

- Mira, debes saber que junto a la Comisión de Derechos Humanos . . .

- Sí, es lo que no entiendo muy bien - Interrumpió Fausto

- . . . de ambos países, Uruguay y Argentina estamos haciendo un trabajo de seguimiento hacia chicos que fueron extraídos a sus padres o familiares en la dura época militar - Afirmaba Germán Araujo

- Mi panorama está más claro ahora - Dijo el chico

- ¿Acerca de que detalles en particular? - Preguntó Germán, mientras González recibía tres cafés que había solicitado al ujier.

- En principio algunos sucesos que nunca me habían cerrado. . . - Su rostro comenzó a tejer telarañas de arrugas juveniles y de envejecimiento a la vez. Su corazón latiendo le decía que la vida dura lo había invadido. Cuando volvió a hablar mientras los presidentes querían escucharlo con ansiedad, esa misma ansiedad era contenida por los tres recordando la represión. Reveló su voz toda la existencia suya. La existencia subrayada desde el nacimiento, esa que ahora develaba de frente a autoridades internacionales y desconocidos, aunque francos merecedores de llamarlos compañeros de toda una vida. - ¡. . . Estos padres míos! ¡. . .y su pólvora. . .! ¡. . . y su Banco! 

- Explícate. ¿Qué pólvora? ¿Qué Banco? - Inquirió 

González

- Desde que tengo uso de razón, Roberto, fabrica 

      elementos con pólvora para el ejercito nacional    

      argentino. Pero hace poco fui a Misiones y en casa  

      estaban reunidos gerentes de Bancos. Le ofrecieron una 

      gerencia en Posadas. No entendía nada. También 

      siempre me pregunté: ¿A qué se debe y qué me une a la 

      Antropología Social? 

- Sabes Fausto, nosotros estudiamos tu caso y llegamos a    

      la conclusión que tu verdadera familia está en Uruguay.

- ¡Pero cómo no lo entendí antes!

- Fausto, queremos que nos acompañes. A cuatro cuadras, está la filial Córdoba de Madres de Plaza de Mayo. Ellas te están esperando - Dijo Germán Araujo. Caminaron bajo el sol tratando de jerarquizar otros temas de viejos dirigentes izquierdistas. Pero el joven Fausto, que socialmente comprendía el panorama y evaluaba cabizbajo que, la vida es solo continuas vivencias y oportunidades donde las debemos dejar transcurrir, ardía interiormente. 

Al arribo, la Presidenta de Madres de Plaza de Mayo y dos psicólogos lo recibieron. Emocionalmente, se sintió bien. Durante tres días los profesionales evaluaron sus sentimientos, emociones, temperamento, comportamiento y todo aquello que hiciera que el joven estuviera contenido. A su costado Germán, González y Madres eran un solo órgano. Todo iba encauzándose hacia la realidad. Las Madres destrozadas por las pérdidas de sus hijos sacaban fuerzas de parimiento, para rescatar al chico en cada palabra que le proporcionaban. Los psicólogos después de toda la evaluación, tuvieron la ardua tarea de explicarle que su identidad había sido negociada. Quienes eran sus padres Roberto y Ruth frente al estado argentino, lo habían adquirido como un bien más, por intermedio de conocidos dentro del ejército al que le fabricaban la pólvora.

- ¿Cuánto tiempo hace que no tienes contacto con ellos? - Le preguntó uno de los psicólogos

- Aproximadamente unos diez días que hablé por última vez con Ruth.

- Bueno es ingrato todo esto,  pero debemos anunciarte que ellos, están en estos momentos encarcelados por defraudación de fondos públicos en Buenos Aires.

Fausto no conocía aún esa frontera, esa divisoria de nombres, apellidos, de dos naciones para con un sólo ser. Un solo ser, que a partir de este momento comenzaba a reconocerse cromosomáticamente. Sólo, junto a sus nuevos y ocasionales compañeros y custodias de la salvaguarda de vidas humanas se dirigirían a Buenos Aires. En esta ciudad que antes visitaba de paseo, hoy trataría de explicarles a Roberto y Ruth, sólo en media hora y en el Penal de Olmos, toda esta inquiriente novedad.

- ¿Tomamos un café en algún bar?- Preguntó una de la 

Madres, quienes ahora eran protectoras de aquella juventud oriental, tratando de quitarle tensión a una situación, más que apremiante para el chico. Después, dos Presidentes Parlamentarios, dos Madres, dos psicólogos y él, caminaron por tres cuadras hasta el penal. Por algún breve trozo de tiempo, hacía ya años, el chico había sentido tan íntimamente el despojo, pero hoy lo vivía en carne propia. Ese despojo tan decididamente histórico. En ese dolor, pudo saludar al aire sano, al aire oliente a café, a moka, a chocolate. . . y al humeante candor que desprendían cinco personas cobijando su alma y las de quien sabe cuántas más, indefensas, inconclusas de su propio ser, de su propia humanidad, allí dentro del bar.

      -    Fausto, en realidad tú eres legalmente, una persona de  

            nacionalidad oriental - Rompió el silencio el otro  

            psicólogo

- Entonces, no soy el ser que figura en mi documentación 

Argentina

- Después de haber realizado todas las investigaciones 

      pertinentes, tú eres Abel López, hijo de Amaranto  

      López, Arqueólogo y de Margarita García, Abogada,  

      militantes de izquierda orientales que desaparecieron en  

      mil novecientos setenta. Tu abuelo es General del 

      ejército oriental Lisandro López y uno de los creadores 

      de la coalición de izquierda Amplia Mayoría junto a 

      otros militantes, pero especialmente a su lado otro  

      General Ángel Bresciani. Ellos, siguen esperando tanto 

      para su patria que la entrega ha sido total, hasta de 

      familia. Es por ello que nosotros estamos aquí, para 

      continuar en defensa de sus ideales.

- ¿Entonces. . .? 

Los adjetivos que iba a pronunciar Abel, cruzaron la calle tomados de la mano junto a las demás pautas ortográficas de los luchadores sociales. Entró al penal acompañado por ellos. Al salir, su figura parecía haber sido trastocada por una energía cosmogónica, emanada de los rincones más recónditos de quién sabe que sistema galáctico   

- Queremos que viajemos todos juntos a Montevideo, para tomar contacto con tus abuelos y que te reconozcan, después de años. . . - Dijo pausadamente el psicólogo como tratando de que Abel no sufriera el caos hasta ahora cometido por sociedades perniciosas. 

- Debería pensar, déjenme evaluar. Repasar, unir. . ., unir una separación en dos, dos familias, dos países. ¡Por favor. . .!



































HOLA. . ., es la sede de Madres de Plaza de Mayo en Buenos Aires - El atardecer devoraba bosques en Misiones.

- Efectivamente, señor. ¿En qué podemos ayudarlo?

- Señorita, quisiera hablar con la Presidenta o la Señora Secretaria de la Institución, de parte de Abel López.

- Un momento por favor.

En un rincón de los salones de la vieja casona de la  Asociación, Germán, González, Hebe y Laura, esperaban ansiosos una llamada de Abel. Él durante la noche anterior, había viajado desde Buenos Aires a Misiones. Veinte horas de mirar al sesgo, el tiempo.

La llave de la puerta de su casa, se introdujo como tantas veces en el orificio de la cerradura. Taío, su doberman casi lo desconoció. Sus gruesos caninos, se mostraban sigilosos y su nariz hocicuda, de poco olfato, tampoco había detectado a su hermano de crianza. Retiró ropas, algunos enseres personales y textualmente sobre la mesa del lujoso comedor, dejó escrito:

“Los límites, esos absurdos absolutistas personales, pretenden que la trascendencia  sea la existencia absoluta. Ustedes y yo somos el objeto de una experiencia directa. Pero el tiempo, ejerce en cada uno, la idea de revelación y, los elementos de autoridad no limitan la libertad interior de la credulidad. Por ello, siendo enteramente libre, asumí el compromiso de una existencia y allí encontré la veracidad de los hechos. Agradezco la seguridad y el respaldo que, sólo tuvo sentido en ciertos planos de vuestro hogar. Sin embargo mi yo creyente, me absorbió en su comunidad, me suprimió los riesgos, me acrecentó mi audacia personal y me ayudó a definir el otro ser, él que no es comparable a nada. Mi verdadero ser, el que no posee cantidad, ni necesidad, sólo cualidad y libertad. Hasta siempre. . ., Abel López”

- Señor Germán, disculpe usted. . .

- ¿Qué ha pasado hijo?

- Es qué. . ., estoy en Misiones, debía regresar en búsqueda de algunas pertenencias, dejar algún mensaje sobre la mesa y mañana estoy en Córdoba para solicitar una licencia especial en mis cursos de facultad para pasado mañana a la noche estar allí.

- Bien querido, te aguardamos aquí en la Sede de Madres.

- Tengan fe, allí estaré.

La seguridad de sus actos, demostraba la seguridad de su ser. Después del reencuentro con sus nuevas madres, quedó dispuesto a nuevas tareas sociales profundas.

En cuarenta y ocho horas, sin límites, el pueblo oriental, repasaba en su memoria, esa línea que un día cruzara Abel en brazos de los que habían pretendido borrar su intelectualidad. El Río de la Plata extendió los suyos.  Mientras, una gigante empresaria naviera, como bolsa dislocada por la finanza, depositaba a cinco personas en el puerto de Montevideo. 

Desde la puerta trasera de un taxi negro y amarillo descendieron enmarañados en el lugar indicado. En el asiento delantero, uno de ellos pagaba el importe del viaje. Momentos antes de entrar, en las escalinatas desgastadas de suplicios, en el Palacio Legislativo Oriental, una pequeña muchedumbre entre los que se encontraban organizaciones de Defensa de los Derechos Humanos estaban agolpados en forma de flor. Más allá un cartel en forma de pasacalle era portado por seis personas. El mismo agradecía y daba fuerza a Abel y era firmado por Familiares Desaparecidos Orientales. Luego, con cánticos, emocionaron de tal forma  al muchacho que no pudo contener sus lágrimas. En las personas allí apretujadas, no existían perfumes franceses, pero sí esas tufanadas de olor a seres humanos, exhaladas por el pubis, las axilas, las plantas de los pies y el cuerpo todo. El Palacio Legislativo oriental, abrió sus pórticos sórdidos, y recibió a Abel, Germán, Hebe, Héctor y Laura, a abogados y psicólogos orientales. A partir de ahora, no había descanso. Él mismo, no se lo permitiría. Lo recibieron  en la Comisión para los Derechos Humanos, quedando para una fecha a confirmar, una visita a la sala de sesiones.

Al salir, las escalinatas sintieron con rigor el aplauso emanado de palmas rojas, de los familiares que no habían podido entrar. Todos seguían a cinco seres humanos, que ahora se dirigieron aun ómnibus que los esperaba. Dentro del mismo quienes pudieron ascender, junto a los que estaban, nunca se volvieron a olvidar de aquellos olores. Perdieron hasta los sentidos del salado de las lágrimas, del agrio del sudor, el fétido de algunos alientos y hasta los agridulces de las alpargatas. Se reconocieron,  se hastiaron de besos, caricias, mimos. Y entre idas y venidas, recorridas por diferentes entidades trataron de llegar a Plaza Libertad. Antes del arribo y por los lugares que concurrieron, lo hicieron a la Facultad de Humanidades. En el laboratorio el Licenciado en Ciencias Bernardino Bertalot, de forma conjunta con el Magíster en Antropología Gonzalo Fagúndez y la Doctora en Antropología Forense Marina Sánchez, le realizaron estudios de muestras sanguíneas, capilares y de mucosa bucal para un estudio de ADN que estaba dispuesto a realizarse para su verdadera identidad. Sin lugar a dudas que la revelación sería exacta. Los resultados de los estudios realizados y entregados a los cinco días fueron fehacientes. Abel era nieto de Lisandro y Dora e hijo de Amaranto y Margarita.

Ahora más que nunca, habían dejado el lugar impregnado de libertad.
















ABEL COMENZÓ ENTONCES, a conocer por medio de sus intercomunicadores, esos peleadores de la libertad irrestricta de los hombres, a nuevos seres. Sus abuelos iban a terciar con su lucha interna. Ciencia Médica y Familiares fueron un conglomerado pétreo de voluntades para emprender la búsqueda de sendas de otros seres que como él debían de conocer la verdadera verdad. 

Cuando llegaron a Plaza Libertad, otra multitud y la misma que se traslado hasta allí, lo esperaban. Corearon su nombre, el de su padre, el de su madre y el de su abuelo, viejo general formador de intelectos. Entre la muchedumbre, contiguo a la estatua de la libertad a la que se le había cortado el tránsito como rindiéndole honores, otro descolorido ómnibus acababa de apagar su motor.

      El estrado estaba preparado, los parlantes también.

      Desde un lateral entre la multitud, Germán asió por el   

      hombro a Abel, quien se dio vuelta. 

- Ven por favor

- ¿Dónde vamos?

- Aquí a este descolorido y viejo ómnibus - Cuando la puerta se abrió, casi cayéndose por la escalerilla, su abuelo gritó: ¡. . .Abel! Por detrás Dora su abuela desmayándose, se ahogaba en llantos.

- Nieto mío, tantos años - Las abuelas y madres de Plaza de Mayo junto a las orientales que hacían lo suyo desde este territorio como Familiares Desparecidos, Serpaj y otros, junto a los médicos de las organizaciones,  miraban con preocupación y desenfado a la familia reencontrada.

- ¡Este es mi calor! ¡Cuánto necesitaba este abrazo, abuelos! Ayudado por Germán, su sostén, pudo ascender al ómnibus. Cuando lo hizo, gente ahogada en llanto, sin bronca, con moral, dieron comienzo a un grito ensordecedor: ¡Abel!, ¡Abel!. Su abuelo entonaba el himno nacional, todos se acurrucaron bajo su voz. Todos eran familiares directos e indirectos de una ausencia reencontrada.

Desde los altos parlantes colocados sobre los plátanos y árboles de la plaza, una gran parte de Montevideo supo que: ¡Se mató por descaro! Con bronca contenida y satisfacción emocionada el general López y su esposa, apretaban a Abel, que hizo uso de la palabra después de los representantes de de Familiares de Detenidos Desaparecidos, de Derechos Humanos de nuestro suelo, de representantes de las organizaciones argentinas y de Germán Araujo. 

Cuando pudo hacerlo, expresó:

“Hermanos, todo lo que es mera posesión, está sujeto a cambios - Los aplausos, derrotaron la tarde – Hemos asistido en estos años duros a tormentos corporales y anímicos. Más allá, están los valores espirituales. ¡Se habían olvidado de ello! - Nuevamente el león ronco de las voces del pueblo, rugió - ¡¿Ustedes creen que una persona puede ser representada o sustituida por otra?! ¡Jamás hermanos!

Cuando dos seres, viven un auténtico amor, lo viven para siempre. ¡Y yo soy el fruto de ello! Mamá y papá supieron de ese amor hasta en la muerte. ¡Por eso el amor es eterno. Germán, Hebe, los compañeros Héctor y Laura, junto a todos los orientales compatriotas que se destacaron por este gesto de búsqueda incansable, siguen en la búsqueda de la verdad eterna. Ahora, se suma uno más para ello. Porque el valor de verdad eterna también es obra del hombre del bien. En este sur del continente americano, ha habido verdades subjetivas que se quisieron hacer pasar por eternas- Un abucheo generalizado de ¡Milicos asesinos!, dejaba que el aire penetrara en su interior - Sólo el tiempo, el después, han hecho comprender y han descubierto que eran errores que creíamos verdaderos - Las nubes casi grisáceas, armonizaban al cielo que por sobre el coro de voces de la Plaza Libertad, instauraban el clima allí dominante - Una institución pretendidamente legalizada en la vida social de un país y en el estado, quiso trascender al mundo como categoría dominante de posesión de sus integrantes. Todo es en vano, acaece todo en la voluntad de posesión, inspirados en razones económicas, en la compra y ventas de armas, en la guerra. Pero el único deseo de los corazones de mis padres y el mío, fue y es entender el valor espiritual de la persona sin condiciones. Y ayudar para que el postulado de la capacidad sea: la elección. Pero aquí estoy,  para ello, para ayudar en lo que pueda a construir un ser racional para mi estado.- Las voces, a veces se sobreponían con cánticos antimilitares.- Estoy dispuesto a trabajar en Derechos Humanos para que:  ‘El verdadero hombre, no sea un ser fácil, embaucador, para ello he venido’. Les ruego me permitan ahora disfrutar con mis verdaderos familiares. . . ¡Hasta la victoria!


























ABEL, RETORNA A CÓRDOBA, ciudad breve, como los períodos de tiempo que se suman  y se restan para concluir en la neutralidad y así terminar su Licenciatura en Antropología. Demuestra que el desinterés por su captores de la niñez, fue quedando en el olvido. Su voluntad cobró fuerza de luz potente, siempre ayudado por su psicólogo en Montevideo. Esto abrió caminos nuevos y profundos. En el duro invierno cordobés, frente a tres profesores estaba rindiendo su último examen con un cuadro de exposiciones brillante sobre sociología.  Con ello demostraba a los catedráticos, la forma en que debe de pensar el ser humano. Por otra parte, ellos ya habían corregido su monografía en la carpeta final, él había demostrado que era cuestión solo de estudio y gran parte de genialidad.

Fue ese el momento tal vez inoportuno, pero real. Entró allí casi exhausta la Licenciada Mary Estevez, vieja conocida por todos en la cátedra. 

- ¡Disculpen ustedes! - Jadearon sus palabras y todos la miraron en un tono de inoportunidad - ¡Es que necesito hablar urgente con Abel. . .! ¡Por favor! - La mesa examinadora quedó boquiabierta y pensativa.

- Perdón, con Fausto Brown - Refirió la presidencia de la mesa

- Sí, sí. . . - dijo Mary temblándole la voz

- Es que estamos concluyendo el examen Licenciada. Déjanos disfrutar de la capacidad estremecedora del joven. 

- Abel, sabes que quiero informarte. . ., - Su voz ahora trémula se sobrepuso a la de todos

- ¿Cómo conoces mi nombre? - Interrogó el muchacho que al instante se paró caminó tres o cuatro metros, entrecerró la puerta y atendió a Mary por la hendija que quedó. Desde el pasillo donde ella se encontraba le habló algunas palabras al joven que los miembros del tribunal examinador no alcanzaron a escuchar.

- ¡Abel, Rosa me llamó por teléfono desde Uruguay y me contó todo. Estoy desenfrenada, mi emoción no tiene límites. Pero hay más. . ., los huesos. . ., aquellos que descubriste en las rocas de Cerro Largo cuando fuimos, los Departamentos de Antropología  y Medicina Forense de Uruguay junto con tus exámenes ADN cotejándolos pudieron dictaminar que eran los cadáveres de tus padres, Amaranto y Margarita - El muchacho, altiva su mirada, sus sentimientos encontrados, su ser atado a su firmeza, acarició por el espacio diminuto de la puerta, la mejilla de Mary, dio vuelta, miró al tribunal, se sentó frente a ellos. . . y lloró, exhaustivamente lloró.

- Hijo, damos por finalizada tu prueba  - Exclamó la presidente, a sabiendas de ser madre y de los comentarios ocurridos durante algún tiempo entre el profesorado de la Universidad sobre la veradera identidad de Abel - La certificación de Licenciado en Antropología, Sociología y Ciencias Sociales, la puedes recoger en bedelía, cuando allí te informen - Los catedráticos se pararon, todos le saludaron con un fuerte y emocionado abrazo, aunque sin decirle nada. . .  El último en salir, miró al chico fijamente desde la puerta que, apoyando sus lentes sobre unos libros, desató su sollozo en un viejo y vacío salón de clase pero donde entraba un aire fresco y liviano desde las hojas de la ventana entreabierta.

















      TRES AÑOS DESPUÉS, Abel revalidaba su Licenciatura   

      Universitaria en territorio oriental.

En al año dos mil seis trabajando siempre en el área social  y para los  organismos de derechos humanos, fue a presenciar y luchar junto a centenares de personas en el frente de los juzgados en la calle Misiones de la ciudad de Montevideo. 

Allí, detrás de los vallados especiales, permaneció parado y  hincado horas. En cada mano llevaba un cartel. En cada mano llevaba el alma y el espíritu combativo de Amaranto y Margarita.

Gritos al unísono escuchaba su ser acorazado de rebeldía y fortalecimiento familiar. 

Hacía dos años su abuelo Lisandro había recibido el título de Doctor Honoris Causa en el paraninfo de la Universidad de la República. Él, junto a su abuela y su tía lo acompañaron y lloraron de alegría después que el viejo general, ya desgastado por la lucha denodada en pro de la verdadera justicia social, leyó un mensaje al pueblo con una oratoria digna de un ser humano sin límites. En aquel momento se había referido a que: ‘La justicia social no es de derecha ni de izquierda, es la libertad de los seres humanos nacidos en cualquier lugar de nuestro territorio, con el compromiso ciudadano de crecer y vivir con dignidad, sin categoría’ Pero Lisandro ya no estaba. Hacía casi un año que había muerto. 

Abel vivía ahora con su abuela ya anciana. Ella también estaba junto él en la calle. Redimían espíritus sin precio y almas acongojadas. 

Pero de todos los violadores y asesinos que bajaron escoltados y custodiados por policías del Ministerio de Interior a declarar ante el juez, uno miró las luces que eran accionadas por los disparadores de las cámaras fotográficas.  En él se vio el esbozó de una muesca de sonrisa, la misma,  curvo su rostro, bajó su torso, sacudió la cabeza y el viento le voló el gorro.

Todos gritaron de forma conjunta: “Pajarito, hijo de puta, la puta que te parió” Desde otro rincón y por detrás de las vallas una mujer de las tantas que habría torturado, gritaba con constancia: “Pajarito, la vas a pagar”

Su abuela con las piernas endebles y los brazos arrugados de dolor, junto a su nieto enhiesto, se miraron. Después de años volvieron a escuchar ese diminutivo. Volvieron su rostro para mirarlo. Pajarito Saldaña, en medio del torbellino de policías, cayó al piso esposado. Los milicos no supieron a quien recurrir. Llovieron objetos y pancartas que tapaban parcialmente el presunto cadáver  del torturador que padecía cáncer hacia un año y medio. Volvieron a su casa con Margarita y Amaranto al hombro. Caminaron durante veinticinco cuadras hasta allí, de donde una vez habían sido extraído ambos. Entraron y al encender la radio, una estación anunciaba la noticia: “ Saldaña seguía viviendo, ahora con una hemiplejía que le había paralizado totalmente su organismo aunque sin perder su conocimiento” 

Abel, sólo le dijo a su abuela: “Los hombres libres, no pueden ser ni previstos, ni explicados”.










Colonia 2009

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